Adorable gordita

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Siempre me han gustado las mujeres rellenitas – de raza le viene al galgo, porque en mis buenos tiempos de periodismo me llamaban Gordo o La Sultana – y confieso que a estas alturas de la película si me lo pide Bridget Jones, con sus mofletes de niña inocente y atrevida, me enamoro de ella en un periquete. Vamos, lo que se dice ya. La adoré en una sala de cine de esta costa del Mediterráneo frente a África, donde no me dejaban tomar mi descafeinado con leche y me lo cambiaron por agua sin gas acompañada de palomitas. La veneré y me rendí a sus pies como Marco Antonio cuando Cleopatra quiso comprarlo con todos los oros de la leyenda.

Pero de Bridget hace ya mucho tiempo. Se acabaron sus películas y ella, me dicen los entendidos, se cambió un poco la cara. Qué más da. Yo sigo soñando con ella.

Bridget Jones, The Edge of Reason es una película con ramalazos de mal cine y momentos de buena comedia como les gusta a los ingleses. Al otro lado de Notting Hills es el mejor ejemplo que se me ocurre en esta mañana de misa dominical. Pero como en cincuenta años de crítica cinematográfica me he dado cuenta que nos revientan los taquillazos, no tengo la menor intención de juzgar este filme descosido, con zurcidos apresurados pero eficaces. Me importa un rábano. Yo quiero hablarles de ella, de la protagonista, de la gordita Bridget Jones, que por cierto es tejana y lleva el impronunciable nombre de Renée Zellweger. Y decirles sólo que en este delirio en 35mm la acompaña un excelente Colin Firth y un Hugo Grant que parece extraviado en una lavadora automática de sentimientos. Los años, el tiempo. El desamor.

Pero no me distraigan. Ella era (¿o es?) la loca y mofletuda periodista de la primera parte, a la que en su segunda película la metían en algunos momentos de cine delirante, de surrealismo de los Hermanos Marx con Max Linder como guionista. Reivindica sus kilitos con más orgullo que otras enarbolan ansiosamente la bandera maldita de la anorexia. Está enamorada con las ansias que solemos tener los gorditos. Tiene que probarse que gusta y que vuelve locos a los hombres. Y atraviesa la película por momentos a 200 por hora, con unos diálogos que por instantes son rutilantes sin censurar alguna palabrota que llega a tiempo o una reflexión desesperadamente feminista que se le ocurre.

Sigo insistiendo en que la película me importa tres cominos. Su gran virtud es que me deja ver a Renée en todas sus truculentas pantomimas y vivencias, que viene a ser lo mismo en la vida de todos los días para ser la más guapa, la más amada y la más respetada profesionalmente pese a esos quilos de más.

Dejando aparte el canto a la igualdad, de la embestida alegre y contenta que le pega a los prejuicios que querrían convertir a la gente femenina en anoréxicas profesionales, la película discurre por un delicioso mar de banda sonora compuesta a base de grandes éxitos que todos y todas, y a veces juntos, hemos tarareado más de una vez: Think de Areta Franklin, Misunderstood en la voz de Robbie Williams y tantos otros recuerdos de inacabables guateques en los que allá por la Place de la République en París se amaba sin distinción de kilos o de sexo.

Renée Zellweger me ha recordado tantas cosas pero no solamente a mí. Una acomodadora de este multicine baila desaforadamente mientras desfilan los créditos de fin. Tiene diecinueve o veinte años y probablemente todavía no la ha machucado la vida. En la calle, unas señoras entraditas en kilos están en la gloria. Sonríen perversa y atrevidamente. Una me guiña un ojo y yo se lo devuelvo con intereses. Todavía no hemos llegado a la terrorífica inquisición de calificar el menor piropo de acoso sexual.

Con la alocada Bridget Jones salimos a pasos rápidos de la talla 38 y volvemos a aquellos dulces tiempos en que las modelos de los grandes maestros de la pintura posaban desnudas dejando que sus grasas naturales, blancas y apetitosas se resbalaran de la cama.

Renée me ha enamorado como Madame Arnoux al infantil Frederic, al que propinó una magistral lección de educación sentimental que no olvidaría en su vida. Eran tiempos también de señoras que dejaban que sus senos se desbordaran por el escote.

Es maravilloso ver a la inefable Bridget Jones – volvemos a la película – cuando en una cárcel de Tailandia en la que la han encerrado como supuesta mula de cocaína pasma de admiración con su exuberante pechuga a las otras presas tailandesas, de senos minúsculos, a las que termina prestándoles su enorme y acogedor sostén.

Hace años en Francia se pusieron de modas las gordas, tanto que el cine empezó a sacar películas que cantaban las bondades de la grasa bien repartida y clamorosamente aplicada en el cuerpo frente a la frialdad de las delgadas sin puntos de apoyo. Las señoras rellenitas volvieron a mandar como la Reina Margot en la época de los espadachines y de los complots palaciegos. ¿Qué me dicen de Silvana Mangano en Riso amaro? En aquel año 1948 lucía sus cálidos y bien criados muslos por debajo de un pantaloncillo erótico para reventar. Era una delicia ver cómo las mujeres gozaban de sus grandilocuencias físicas. Federico Fellini puso a la moda el encanto de las carnes con gracia y talento. ¿Quién no se acuerda de Anita Ekberg, suntuosa de feminidad y desbordante de vida, ante la que el anémico Marcello Mastroianni parecía un famélico perrito frente a un pantagruélico manjar allá por la fontana de Trevi? Eran tiempos en que los gordos nos sentíamos amados. Pero no pasó mucho antes de que los inquisidores de la moda decidieran que era políticamente incorrecto.

El fotógrafo Roy Stuart, que la revista francesa Lui presentaba como “maestro del erotismo absoluto”, afirmaba que “la gente cree que el amor va a resolver todos sus problemas, sin darse cuenta de lo diferentes que son los hombres y las mujeres. Nunca entienden por qué se enamoran aunque saben por qué se atraen sexualmente…”