Sin mitos no hay paraíso

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ni los santos más santos han podido resistirse. Necesitaban un mito, un guía, para poder seguir viviendo. Y Santa Teresa de Ávila, la erudita, la mejor de las hijas de la Iglesia según sus contemporáneos, se exclama en unos versos que han atravesado tiempos y conciencias:

Vivo sin vivir en mí

Y tan alta vida espero

Que muero porque no muero.

 

Y al final, desesperada porque Jesús todavía no ha acudido a su llamada –las monjas se unen simbólicamente a Jesús—implora:

Acaba ya de dejarme

Vida, no me seas molesta;

Porque muriendo, ¿qué resta,

sino vivir y gozarme?

 

Porque aún dentro de la santidad, saber a qué agarrarse es esencial. A ella le han prometido la atención de Jesús, pero no ve a Jesús, su mito irredento, y entonces pide la muerte para poder alcanzarlo. Vivir sin un mito es “morir porque no muero” porque todos necesitamos saber que hay alguien o algo que nos proteje, al que seguimos, el que se ha convertido en un espejo en el que deseamos vernos en todo momento de nuestras vidas. Empezamos en la infancia. A veces el mito es el padre, la madre, pero la mayoría de las veces un personaje fuera de serie que solo se encuentra en general muy lejos de nuestro entorno familiar, en el cine y en las novelas. Buscamos y por fin encontramos el que mejor se adapta a nuestra forma de entender lo que debería ser la vida y lo que nosotros querríamos ser.

Aquel mosquetero llamado D’Artagnan al que Alejandro Dumas dio la vida de la fantasía honesta y pura ha sido el mejor de los amigos, el mito, de millones de niños. Cientos de miles de ellos seguirán conservándolo de mayores. Porque cuando se crece, se entra en la edad reflexiva, la necesidad de tener alguien al lado es más imperiosa. El mundo se hace más difícil y la vida más cruel a veces. Llegamos a los treinta, cuarenta años y todavía nos sorprendemos recordando a aquel Zorro con antifaz y espada que en una comarca de México luchaba sin que ello le reportase nada por la libertad, la justicia, por cada uno de nosotros.

Pasan los años y vamos a veces cambiando de mitos porque necesitamos alguien más recio, que nos aguante en nuestras desesperaciones.Puede ser que a D’Artagnan lo tengamos siempre a mano pero necesitamos algo más tangible. Y entonces nace el mito religioso o el político. Cada cual tiene su historia, cada cual ha seguido un camino pero, seguro que hay muchos puntos comunes entre tantas historias. Jesús El Nazareno, el perdedor por excelencia, el looser que aparentemente y extrañamente Ernest Hemingway nunca conoció, fue mi primer mito ya de mayorcito y sigue siéndolo.

Entretanto, en París la actualidad que venía de un país muy lejano, una isla, con eso ya se lo he dicho todo, de América Latina, fijó nuestra atención. Hasta entonces no recordaba muchas cosas que hubiesen podido impactarnos. Hasta que un día me llegó a las manos una revista con la foto, entre marcial y pícaro, de un tipo llamado Fidel Castro, que vestía un uniforme verde oliva y una gorra que nada tenían que ver con las de nuestros militares europeos, que solían ser de plato.

Claro que aquel tipo con los ojos llenos de orgullo y un poco creído de sí mismo no era un militar. Se había puesto el uniforme, colegimos, porque probablemente le era más fácil para combatir a los soldados del tipo que en aquellos momentos mandaba como un dictador de opereta en la isla de Cuba un tal Fulgencio Batista. Era el malo de la película. Me recordaba a algunos de aquellos hacendados malvados a los que Zorro trataba de meter en vereda con su espada infalible.

Aquel hombre de extraña gorra, que se la ponía como si se hubiese tratado de un actor de Hollywood, con socarronería y gracejo, pronunciaba larguísimos discursos y un día, en un documental vimos cómo dos palomas se le habían parado en los hombros durante un acto multitudinario.

Nada sabíamos entonces de santería ni de dioses alados que bajasen a ayudar a los buenos a luchar contra los malos.

Los más escépticos concluimos que aquel tipo que no soltaba el puro casi ni para hablar y cuyos ojos brillaban siempre, se había agenciado un excelente director de efectos especiales. Pero en la lista de mitos, muchos de aquellos jóvenes que como yo luchábamos por convertirnos en periodistas de película, siempre el cine, –teníamos ventipocos años, la edad en la que uno cree que podrá con todo, no había manera de salirse de ahí, Fidel se había puesto en el primer puesto de nuestros héroes favoritos, de nuestros mitos.

Y empezamos a indagar sobre aquella revolución que parecía tan jodidamente romántica y en la que de vez en cuando aparecían mujeres preciosas, alegres, mujeres de película, que equilibraban nuestro sentido de las cosas. Porque teníamos que encontrarle una pareja, una mujer, a aquel mito que ya nos rondaba por la cabeza.

Cuando muchísimos años después, hace cuatro días como quien dice, supe que el primer decreto, o el segundo, de la revolución cubana había servido para crear una infraestructura cinematográfica, comprendí por qué aquel tipo con barba y habano era nuestro héroe. Él mismo se había metido y sacado de una película.

Fidel había sido el único líder, por lo menos que conociéramos, que había pensado en el cine como prioridad nacional. Él sabía que la magia cinematográfica es tan necesaria como el pan y que es la única manera de que la gente se cree sus propias leyendas y busque y encuentre a sus propios héroes. Y probablemente fue en los documentales en los que él también salía donde se creó o se fortaleció su propia leyenda.

Ya hace un ratito que Fidel accedió al paraninfo de los héroes donde seguramente se tropezaría con el sheriff Gary Cooper, que más de una vez estuvo solo ante el peligro, Errol Flynn, el pirata de todos los mares enamorado de todas las mujeres, y tantos seres míticos que todavía hoy tienen su lugar destacado en nuestras personales mitologías.

Y le echamos de menos. Cuando por las mañanas leo “Granma”, uno que no tiene nada de comunista ni siquiera de socialista, o al revés como deseen, piensa: “Qué lástima. Él habría reaccionado así…

Fueron muchos años en los que el mito de Fidel Castro me acompañó. Y cuando en 1985 tuve oportunidad de visitar brevemente La Habana sentí miedo. Porque uno nunca sabe cuando te enfrentas con esa persona a la que llenaste de valores y de virtudes, por mucho que sepas que no pudo ser santo. Fue una semana loca, en la que creo que no entendí nada durante cuarenta y ocho horas porque no comprendía cómo viendo y sabiendo de las necesidades fundamentales en algo tan indispensable como la alimentación, toda esa gente podía estar con Fidel.

Ahora Fidel ya no está y solo me queda Jesús. Con él estoy tranquilo. Lo mataron una vez, nada menos que crucificado, pero resucito y todos los días hablo con él varias veces. Aunque él no me conteste. Pero tiene los mismos ojos de aquel guerrero que en 1993 pude tener por fin frente a mí y con el que pude hablar un ratito. En el Palacio de la Revolución.