Aprender orinando

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hubo un tiempo en que adentrarse en un urinario público podía suponer un comienzo de licenciatura de ciertas Humanidades. Hasta los años ochenta reinaban en París las vespasiennes, artilugios con cierto caché de escultura moderna donde en cualquier medio de la calle se podía hacer un alto para desembarazarse de las líquidos que nos sobraban. Ya entonces aprendimos que esos lugares eran también aulas donde se impartían clases particulares. Los más experimentados no vacilaban en comunicar su saber a los más jóvenes. Y aunque estábamos todavía lejos de aquellos cartelitos de Mayo del 68 que ordenaban “prohibido prohibir”, la verbena sexual continuaba. Entrabas y si no salías corriendo era porque ya habías aceptado la enseñanza.

Y, qué quieren que les diga, las vespasiennes se convirtieron en un burdel al aire libre reservado únicamente a los varones.

Por lo tanto, yo, viejo parisiense amargado, esta mañana del milagro de todas las lenguas sabía que internarse en un urinario podía ser una aventura. Y me dispuse a afrontarla con toda la entereza de Tintin en cualquiera de sus queridos Congos, aunque muchos piensas que las vespasiennes tampoco le hubiesen desagradado.

Tuve una necesidad en una estación de Madrid y al internarme en el túnel que conducía a los meaderos me cortó el paso una mesita plegable con un platillo de plástico blanco y detrás un señor mayor y sonriente vistiendo elegante bata blanca. Le pregunté muy poli si podía pasar y acentuó la sonrisa con unas palabras que me parecieron familiares: ¿Es usted italiano?, le pregunté amablemente.

-No, soy moldavo y Dios me ha traído a este puesto.

-¿Y habla usted español?, me exclamé con el entusiasmo de la primera vez.

-Qué va. Estoy hablándole moldavo. Pero el español y el moldavo es lo mismo ¿o acaso no nos entendemos perfectamente? Usted y yo estamos hablando moldavo.

Me sentí maravillado. Ya antes de orinar había aprendido una lengua, y que ni siquiera estaba en mi referente de cosas por hacer.

-Llegué aquí – agregó—procedente de Moldavia en un autobús. Me bajé en Málaga pero Dios me dijo que tomara otro autobús para Madrid. Y aquí estoy.

Me limpió amablemente el baño que me estaba destinado y cuando salí quise saber algo más sobre mi ilustre profesor con el que había aprendido instantáneamente una lengua que hasta ese momento ni siquiera la había oído. Ni en la Biblia.

Cuando me acompañó a la salida, mi compatriota moldavo refrendó mi propina de dos euros con otra sonrisa y una explicación:

-Sabe usted, Dios me puso en este puesto y aquí estoy. Debe de saber que todo lo que me den a mí (supongo que se refería a las propinas), Él lo devolverá. Con Dios no se pierde nunca.

Cuando regresé a la mesa donde almorzaba con unos amigos, les anuncié orgullosamente:

-Hablo moldavo.

Me miraron con cierto asco y siguieron engullendo.

Una vez en casa consulté Google. Mi nueva patria lingüística se encuentra en Europa entre Rumanía y Ucrania y cuenta casi tres millones de habitantes, incluyendo a mujeres con las que practicar mi moldavo.

Estoy muy feliz.

A la mañana siguiente, apenas me había sentado en el sillón de mi habitual tertulia del Café Esperanza en mi isla africana conté a mis contertulios mi aventura lingüística. E incluso les hice una demostración de mis habilidades con mi nueva forma de expresarme. Quedaron muy impresionados y poco a poco fueron desapareciendo, bastante antes de lo habitual. Seguro que corrieron al urinario lingüístico.

Debo de decir que no supieron contestarme cuando les lancé largas parrafadas en moldavo en las que hablé de Dios y sus designios, de la vida espiritual vista por el Caballero de Eon y otros elementos bíblicos. Agrego que mis interlocutores son todos intelectuales, uno de ellos hasta estuvo a punto de conseguir el Nobel de Literatura. Pero falsificó su nombre y lo descalificaron.

Soy muy feliz.