Los gambones de la Revolución

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tenía los ojos de un verde tristón y aunque aparentaba unos cuantos años menos que yo, sabía lo que de verdad es la vida de una mujer en la Revolución cubana. Seguro que Adela no tenía los mismos sueños trasnochados por Walt Disney que los que pensábamos que cincuenta años de esfuerzos y desilusiones cuajadas de llanto, no eran nada, aunque sabíamos que era toda una eternidad que podía llegar a la frustración. Cincuenta años, todos los años en que nosotros, los europeos visitantes, admiradores pero no participantes en nada, pintábamos la Revolución color de rosa, sin el menor rubor, porque nos parecía más bonito y muchísimo más agradable.

Los que hablábamos ya en los años ochenta con tanta soltura y alegría de la Revolución cubana éramos los típicos europeos desilusionados de otras revoluciones que no merecían ni la erre minúscula. Éramos unos pobres diablos en busca de algo que justificase nuestras vidas sin demasiadas estrecheces, a veces ninguna, y todos habíamos coincidido en La Habana, en estupendos hoteles, comiendo más y mejor de lo que una dieta sana y equilibrada recomendaría.

Caprichosos europeos en busca de emociones fuertes, aunque a veces podías caer en la trampa y enamorarte de una forma de vivir, de una forma de ser que nunca aguantarías desde por la mañana hasta por la noche a menos que tuvieses un billete de avión y un pasaporte que garantizasen la huida. Porque hasta los paraísos pueden cansar, sobre todo cuando no lo eran tanto y correspondían más a deseos de una mente deseosa de satisfacer vacíos políticos y humanos.

La mujer de los ojos verdes, felizmente casada como se apresuró a advertirme la amiga cubana, la única que yo había tenido hasta entonces en La Habana, sabía lo que significaba poder tener aquella noche ricos manjares. Era ella la que procuraba que uno no hiciera demasiado el ridículo con mi tremendista admiración papanata. Para mí, la Revolución Cubana había sido en sus comienzos los noticiarios, los reportajes perfectamente dirigidos de la revista Bohemia y la necesidad de abrazar una causa que huyera de los manglares de la política europea.

Habíamos vivido Mayo 68 sin más, como una obligación de la que no habíamos sacado nada. Y entonces algunos creíamos que la solución a todas nuestras angustias estaba a ocho mil kilómetros de París.

Estábamos metidos en una fiesta por todo lo alto y por todo lo oído del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que había servido de tarjeta de visita a la Revolución para la gente que acudíamos a paladear películas que no podían verse en Europa.

Aquella noche era el ron el que mandaba. El son sonaba fuerte en la piscina del Hotel Nacional, de frecuentación restringida en aquellos años ochenta. El agua que reflejaba el cielo parecía engalanada como si Esther Williams, otro de los falsos fetiches de nuestras vidas, hubiese estado a punto de lanzarse desde una de las ventanas del hotel con su escuadra de nadadores olímpicas. Al lado un Xavier Cugat con más acento cubano que catalán y más chihahuas que el original, hacía bailar a todo el mundo.

Pero eran tiempos difíciles, muy difíciles para la Revolución y, sobre todo, para los cubanos. Años difíciles como los han sido todos los que han transcurrido desde que Fidel mandó parar, Batista se fue y todo el mundo se creyó libre. Libre de una tiranía con pan para unos pocos, pero no libres de pasar las calamidades que entraña cualquier desequilibrio político que en un momento rompe la monotonía de buenos y malos y hace que los países de los que dependes se pregunten qué diablo pasa allí. Ah, es una revolución. No, mi amiguito, es la Revolución.

Uno se había paseado por La Habana y nadie le había pedido un pedazo de pan, aunque intentasen venderte habanos de dudosa procedencia o aquel medicamento, el PPG, que se convirtió en uno de los mitos de La Habana liberada de los norteamericanos. Pero no entrábamos en las casas de la gente a la hora del almuerzo y de la cena. Mucho mejor, nuestras conciencias estaban tranquilas aunque en el Hotel Nacional le soltábamos alguna observación a la camarera porque el pan que servían aquel día era malísimo y negro. Ellas sonreían cariñosamente, pero supongo también que con rabia.

Gracias al magnífico libro de Manuel Juan Somoza, “Crónica desde las entrañas”, puedo saber qué ocurría en las casa de la gente en la que los turistas no entrábamos, aunque ya ven cuántos años después: “…Llego a la Ciudad Deportiva y, por reflejo, tomo el carril de la derecha, Martilla el ultimátum de mi suegra Cheché, la reflexión sin afeites de mi esposa Silvia y el conocimiento de que Ariel lleva una semana desayunando infusiones de hojas de naranja agria, porque la crisis aumenta, la leche no alcanza para los niños de su edad y él rechaza el “cerelac”, una alternativa nacional de emergencia como suplemento alimentario que no conquista el gusto ni de sus propios creadores”.

Otro cacho que sale desde las entrañas: “Dice comprender (mi suegra) las causas de la crisis…pero la abaten la imposibilidad de alimentar al nieto y las enfermedades que amenazan a una población hasta ahora sana…”

Tremenda fue aquella fiesta cinematográfica, y me alegro que entonces no hubiese podido leer el libro de Manolo, porque es seguro que no le hubiese encontrado el mismo gusto a los enormes gambas y a otras exquisiteces con que nos obsequiaban y el delicioso ron que se despatarraba por las paredes de mi vaso ancho y profundo no me habría sabido igual.

Ese, el de las gambas, gambones monstruosos, y el ron, del mejor y a profusión, era nuestro ideario revolucionario.

Esta crónica no es una historieta más o menos glamorosa. Es un mea culpa, por haber cerrado los ojos tan fuertes que no veía más que lo que quería ver.

Porque la realidad, aunque sea veinte años después, tiene la virtud de curarte de tus romanticismos de europeo. Lo único que queda son los gambones. Ni siquiera los ojos verdes, aquellos ojos verdes que me acompañaron toda la vida en mi peregrinar. Porque probablemente eran negros. Todo es o parece mentira. Hasta la verdad.