I Love You, compañero Donald Trump

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Huele a polvo, polvo, angustioso, pesaroso, desde que nos hemos bajado del tren. Y no estamos en una estación de la serranía sino en Madrid, que esta semana ha cambiada de orientación política. España es de nuevo socialista. Maravillosos tiempos aquellos en los que todos los problemas los resolvías con una poción mágica, o que nos lo parecía, el Prozac. Ahora hay tal cantidad de ansiolíticos, tranquilizantes y otros pastelitos del mismo calibre que ya no sabes qué escoger para arreglar o aplacar lo que en el siglo XIX se llamaban las dolencias del alma. Sigmund Freud conocía esa farmacopea como nadie, aunque a veces se le iba la mano con la cocaína. No era para menos. La histeria, como se denominaba antes a todas nuestras locuras, estaba al día en aquella Viena que no solo valsaba.

Es como con las mujeres. Antes, y siempre han mandado ellas pero ningún hombre se atrevía a admitirlo en voz alta y ellas eran suficientemente finas como para ejercer su tronío calladitas y sin desfiles por alfombras rojas o calles mugrientas. Sigue oliendo a polvo agrio, polvo con relente a viejo.

Ahora ellas siguen mandando pero aparentemente no lo saben porque tienen que proclamarlos en múltiples manifestaciones.

La vida, que sin el Prozac de los años sesenta no eres nadie, compañero. Ah, olvidaba las legiones de psicólogos que hoy se lanzan sobre cualquiera que tenga cualquier problema y sin la sabiduría de un psiquiatra ni el talento de un psicoanalista experimentado. Como “Los pájaros” de Hitchcock.

La locura es el mal de nuestros años en los que no reina más que la fuerza, sin ni siquiera un cachito de piedad. Hay gente que pide por la calle y otros, la mayoría, que no les da el alma para pedir. Se van conformando, aturrullados por la fuerza que todo lo manda.

Donald Trump, que Dios bendiga a Donald Trump, llegó a ser Presidente de los Estados Unidos como la sorpresa que nadie hubiese querido tener. Pero sigue en su puesto, mandando, ordenando a todo el mundo, al mundo entero. Nunca el poder del más fuerte ha sido tan evidente. Ya ni siquiera se oculta el poderío absoluto con fotos agradables como aquellas con las que John F. Kennedy embobó al mundo. La pequeña Carolina corriendo como una muñeca por el despacho oval, el lugar donde se decide la vida y la muerte a nivel mundial… Jon, el hijo, haciendo cosas de niños.

Y Kennedy tenía sus cosas, Marilyn Monroe, el feroz FBI que ahora pasa por ser indispensable para la calidad de vida a través de interminables series televisivas en las que los buenos parece los más malos, con sus demenciales armas que hacen pensar que somos tan tarados, tan perversos, que no se nos puede tratar con la parsimonia que lo hacía aquel inefable Koyak con su chupachús. Ni siquiera con la lógica de teniente Colombo.

Han cambiado los tiempos. Koyak hoy sería un fracaso porque no es suficientemente fuerte. Y están todos esos filmes de héroes, de gente invencible. Meten miedo. Como Trump pero los aceptamos. Hasta los niños. Superman hace tiempo que se fue porque ahora también haría el ridículo. Lois Lane, su novia de siempre, se murió hace poco. Pero están esos invencibles todopoderosos que de Washington a Moscú dirigen el mundo como si fuese un teatrillo de títeres de aquellos que ví alguna vez en un jardín de los Campos Elíseos.

Ya ni se guardan las formas. Con Kennedy, la esposa, la Jackie, nos la vendían como el prototipo de la mujer ideal, con la que más de uno soñaba, aunque ella sabía que menos que un magnate griego o un escritor de renombre no valía la pena. Y seguía en la casa Blanca, sin hacer ruido, siempre primorosa, hasta el empacho, siempre tan decente, tan maravillosamente vestida. Y así hasta que un día en Dallas tuvo la mejor actuación de todas cuantas había tenido en su carrera presidencial. Kennedy era asesinado de un balazo, a lo tejano, en un automóvil descubierto. Y ella, sin siquiera pensar en el exclusivo modelito que llevaba puesto, se lanzaba sobre el cadáver del esposo.

Jackie daba ganas de rezar, de ser bueno, de comprender incluso que su marido quisiera invadir Cuba, destrozar a Fidel Castro y cosas así. Tiempos por los que ya había pasado el siniestro Henry Kissinger.

Pero hasta los malos tenían caras que a rato podían agradar.

Quizá la ventaja de estos 2018 y suite sin la menor música, sin el menor allegro que llevarse al paladar del gusto musical, es que todo está claro.

Tuvimos en tiempos del Prozac aquella guerra fría entre el Este y el Oeste en que era fácil elegir. O estabas con los soviéticos y sus aliados (los malos, claro, para eso estaba el Prozar y los recuerdos del Acorazado Potemkine) y los buenísimos de la muerte, los norteamericanos y sus aliados, que éramos nosotros, bueno, eso es lo que me dijeron. Pero es cierto que en aquellos tiempos mi uso y abuso del Prozac lo justificaba todo.

¿Y no se acuerdan de aquel teléfono rojo que unía, al menos así te lo hacían creer, a Washington con Moscú? Qué maravilla. Los embajadores servían para comunicarse la guerra y hasta la paz o para decir que estaban enfadados. Todo con clase, chaqué y buen afeitado con aquel Floid para aliviar las quemaduras de la navaja o de la maquinilla eléctrica. El Emperador de Japón no se inmutaba ni cuando le metían las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Eso era vida.

Oigan, oigan, ahora hasta podían prescindir de los embajadores, aunque es cierto que siempre están muy chulos en las recepciones por la fiesta nacional y esas cosas. Pero ya no sirven para nada. Ahora todo se decide por twist u otra mensajería. Y te puedes declarar la guerra al vecino gratuitamente, sin necesidad de gastarte tu dinero en mandar una carta certificada como se hacía antes.

Donald Trump, que Dios siga bendiciéndolo hasta el final de los tiempos, amén, gobierna mandando mensajes y con el mismo gracejo le advierte al norcoreano que le va a pegar con su última bomba en la cara. O va y le cita para una cumbre, así de sencillito.

Dios te bendiga, Donald Trump, por habernos probado, por haber probado al pueblo norteamericano, a tu pueblo, que somos todos unos imbéciles y que los listos también lloran aunque sea porque se le han acabado las hamburguesas.

Señor, más Prozac y menos mensajitos. Porque tu pueblo Señor, Señor Trump, se está volviendo majareta. Le dejan escribir cualquier tontura y ellos, los cretinos que están a todas horas dale que te pego a la tecla, se creen inteligentes. Ni se dan cuenta de que les engañan como a aquellos chinitos con coleta del Poney Express, que los obligaban a trabajar hasta reventar para mayor gloria del pueblo norteamericano.

Es la vida. C’est la vie, sonaba la canción.

Autor entrada: onmagazzine