Ulises encontró su Penélope

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era el frente de los magníficos en la terraza del Café Esperanza, bajo la sombra cegadora de un verano que ya se metía en las carnes ateridas por miles de años pasados en el norte de Europa. Por eso habían emigrado hasta estas costas llenas de sol ramplón y cegador. Sol casi todo el año, una copa de vino por menos que nada y ya estabas en las Bahamas del pobre. Ulises miraba a sus contertulios, cuatro varones llegados un día de patraña y desesperación de Finlandia, Noruega o más allá aún, allí donde algunos dicen que está el centro de la tierra. Apenas hablaban. Era la tertulia menos jocosa del mundo. Tomaban la copia de alcohol barato y fumaban, con los ojos metidos en la silla de enfrente. De vez en cuando alguien decía algo, alguien pedía otra copa, alguien se acordaba de su tierra. El silencio de los magníficos, cuajados de la angustia de los miedos del no sabe qué. Entre las risas de los indígenas ellos se chupaban sus recuerdos, aunque algunos preferían no tenerlos. Y hablaban de la Fiesta de la Morcilla, a punto de abrir sus puertas en un pueblo cercano. De algo había que hablar y la sangre del cerdo debidamente preparada era un tema tan intelectual como el último libro del primo de la tendera, que vendía tomates al por mayor para editar sus elucubraciones. Quería ser el Fernando Pessoa de la costa, aunque nadie había sabido nunca que leyese algo del portugués.

Le llamaban Ulises, aunque en su casa era Manolo, porque una vez que se apuntó a un viaje organizado a Grecia, el guía debió tomar más ouzo de la cuenta y como los doce viajeros que acompañaban tampoco estaban muy claro aterrizaron en una isla llamada Ítaca. Allí supieron que aunque no estaba en las rutas turísticas baratas, era este lugar donde Ulises el viajero, el héroe griego, había sentado sus reales y tenía un palacio donde su esposa, Penélope le espero durante veinte años.

Cuando Manolo regresó había cambiado. La gente decía que había algo de feroz en su mirada y ya no aceptaba más que bebidas nobles cuando se reunían en el Café Esperanza. No volvió solo. Se trajo una novia griega. Contó a los más íntimos que durante el mes que pasó en Ítaca la conoció en una playa a Penélope –nombre muy corriente en la islita—y subrayó que fue un enamoramiento casi mágico.

Penélope era morena como las aceitunas chiquitillas y apretujadas que se encontraban debajo de algunos olivos de la isla. Los ojos eran enormes y negros como el fin del mundo. El pelo rizado y también negro componía un conjunto impresionante. Tal vez se creyera la verdadera Penélope, la que después de veinte años Ulises tuvo que volver a conquistar rompiendo la cabeza y sacando los hígados a los cuarenta pretendientes que aguardaban en un salón de la planta baja que ella se considerase definitivamente viuda. Les había prometido que abandonaría la soltería estricta que mantenía desde que Ulises salió a los mil mares cuando acabase de tejer una alfombra. Y todas las noches, cuando los mozos pretendientes y pretenciosos que se emborrachaban con la esperanza de meterse un día en su cama, caían rotos por el alcohol, ella deshacía lo tejido. Y así durante veinte años.

La Penélope de nuestro amigo el Ulises andaluz era muy reservada y como si hubiese sido la verdadera tejedora de la paciencia se pasaba el día bordando primorosos pañuelos de seda que al llegar la noche desbarataba. Y en cuanto amanecía volvía a su ingrata labor.

Nadie se enteró de nada o casi nadie. Al cabo de dos meses, Penélope desapareció. Lo único que quedaba de ella en una mesa del bar era su último pañuelo bordado, que no había deshecho como era su costumbre. Ulises-Manolo no dijo nada. Se fue a la playa y cuando volvió preparó sus cosas. Estuvo toda la tarde bebiendo ouzo sin cruzar una palabra con nadie. Ni nadie se atrevía a hablarle.

Por la mañana, a la hora del desayuno, ya no estaba allí. Un pescador que volvía de una noche buscando el sustento comentó mientras se tomaba un coñac local que de madrugada le habían visto embarcar en una barca grande. Iba solo, precisó el hombre, pero su barco avanzaba como impelido por un viento que no existía mientras él contemplaba las olas alzado en la proa como si esperase la salida de Neptuno del fondo del mar.

Supimos en invierno que Penélope había sido vista en el barrio de los pescadores. Salía de una casilla donde vivía con un viejo patrón de un pesquero. Dicen que fue la primera vez que la vieron sonriente y con apariencias de felicidad.

De Ulises-Manolo nunca nadie supo nada. Ni veinte años después. La alcaldía, no se sabe muy bien por qué, decidió hacerle un busto que colocó en la plaza de la Iglesia, donde los turistas despistados depositaban ramos de azucenas.

Autor entrada: onmagazzine