Tontos descafeinados

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tomarse un descafeinado con leche en la última playa de la isla africana en la que vivo es una cosa pero degustar un güisqui en una terraza desértica que se mete en el mar por un lado y en las montañas por otro, es otro cantar. Odio beber solo. Odio a los cuentistas cavernícolas y suprarrenales que invaden la vida. Entiendo que haya mentirosos profesionales (algunos periodistas) pero me cuesta un Golgota aceptar a un individuo socialmente triunfador que quiere venderme la bolita que el trilero siempre esconde.

Estoy por la verdad dicha con parsimonia, sin exageraciones ni demasiados ocultamientos. Porque la verdad sin hielo ni Perrier puede provocar heridas graves en la sensibilidad.

Este año, no sé por qué, todos los que no estuvieron en Mayo del 68 hablan de Mayo del 68. Es el quiero y no puedo de gente que no sabe dónde se sitúa su mano derecha con relación a la izquierda revista y corregida por la izquierda militante empinada junto a la momia de Lenin o de Stalin, o el Papa Faustino XXIII. Que para el caso es lo mismo.

Yo, io, llo, viví el mayo de 1968 de París, el único, el auténtico, cuando los estudiantes se echaron a la calle y sin ningún miramiento, que para eso la mayoría eran señoritos, arrancaron los adoquines de donde los había puesto con el amor que todos los artesanos ponen en sus cosas, incluso para beberse un vaso de agua. Y arrancaros aquellas piedrecitas cuidadosamente juntadas hasta formar algo diferente, que quizá hubiera firmado Dalí, solo con el objetivo de pegarles pedradas a los gendarmes, hombres en su mayoría también de condición humilde en su origen y que estaban formados especialmente porque en Francia desde 1789 rebelarse es cosa de hombres, de ocasión y de malandrines. Total, una pelea entre obreros y niñatos.

Una parte de esos que “vivieron” Mayo del 68, como si vivir consistiera en darse un paseo por el Barrio Latino y alojarse en un hotelito cutre pero recomendado por las agencias de viaje del Barrio Latino, tal vez vivieron algo. Otros, para eso están las librerías. Cuando aquella pataleta comenzó ya hacía años que yo había residido en la Rue Mouffetard, que los turistas del 68 seguramente conocieron paseando entre dos visitas al bulevar donde los gendarmes se enfrentaban con los revoltosos. Ahora que lo pienso, el Ayuntamiento debería haber puesto sillas como en la Semana Santa andaluza para que los visitantes hubiesen podido admirar las pedradas de los estudiantes y otros profesionales de la agitación junto con las bombas de gases lanzadas por los cuerpos más que especializados de la gendarmería. Tengan en cuenta que en 1968, estos gendarmes ya habían conocido y combatido a los manifestantes que pedían una Argelia libre de franceses.

Total que como era mayo, cuando el tiempo es más bello en París, cuando las hojas de los árboles de la Place de la Concorde parecen bailarinas de un Degas enamorado. En esa bella, romántica, sensual hasta el orgasmo plaza inmensa donde dejaron sus cabecitas de chorlitos los nobles y menos nobles que después de la Revolución francesa tuvieron la pésima idea de jugar al héroe, lloras, copulas o te desesperas.

Lo que yo recuerdo con más angustia de aquel mes es que trabajábamos como condenados, la actualidad mandaba, es que nos tenían que dar adelantos en caja porque los bancos estaban cerrados (hasta los cabrones de banqueros se unieron a la fiesta) y que ya nos conocíamos el camino de la frontera belga, por la Nacional 1, para comprar gasolina y patatas. No me pregunten por qué faltaban patatas en París. Quizá los huelguistas que se enfrentaban con las fuerzas del orden pensaron alguna vez en utilizarlas como armas contundentes.

Pero la mayoría de la gente que a mi alrededor, vivo en una isla africana con el sol que se me pone al sur de España y los deseos de homicidio que me rondan por la cabezota, pretende haber “vivido” esa revolución de opereta que duró el tiempo de un mes, el tiempo que el general Charles de Gaulle los asustó desapareciendo en un helicóptero y luego invitándoles a la calma con su lúgubre voz a través de la radio.

Ahora todos estuvieron combatiendo (no se sabe qué combatían porque todo lo que querían los estudiantes era hacer el amor sin preservativo y sin papá y mamá detrás de la puerta). Yo ni me enteré, para qué voy a decirles. Estaba de luna de miel y, ya les he dicho, en París mayo lleva orgasmos en el aire.

Cuando Mario Vargas Llosa consiguió el Nobel de Literatura, que tanto alarmó a algunos cuando a Barack Obama le dieron el de la Paz por no haber hecho más que la guerra, le crecieron “viejos” compañeros periodistas que afirmaban haber trabajado junto a aquel pozo de luces.

Un día, una televisión francesa me interrogó y les dije que Mario y yo habíamos sido compañeros en la Agencia France Presse, aunque les oculté que el gran aprecio que sentíamos por él radicaba en que su esposa, una hembra de Miraflores, casi tía suya, con la que se había casado contra viento u marea, tecleaba por debajo de nuestra Redacción de la Agencia France Presse, lo que nos daba la ventaja de verla cruzar las piernas, operación que conseguía mejor que Sharon Stone sin bragas y sin complejos y soñar en que pudimos casarnos con ella en lugar de que el elegido fuera Mario.

Al día siguiente surgieron muchos pseudo periodistas que dijeron haber conocido al Nobel en el momento clave de su vida, cuando era redactor de la AFP. Hasta esas estúpidas altitudes llegó el director del diario más importante de España, que se inventó haber trabajado con él en el Desk Amsud, el que yo fundé con gente que ni tenía idea de la existencia del peruano, un anarquista español escapado de la Guerra Civil de España, Antonio Tellez y un par de españoles más que tampoco habían tenido conocimiento del genio de Lima.

Pero está visto que los tremebundos cuentistas siempre están presentes aunque sepan que solo les espera el ridículo.

Palurdos, recuerden que en París siempre es Mayo. Hay constantes manifestaciones, quizá más duras que las de Mayo del 68, a las que se han agregado los ataques terroristas, que policías, gendarmes y tropas combaten como se debe. Pero París sigue resistiendo. Como resistió a grandes reyes, a mediocres reyes, al cardenal de Richelieu.

Y en cualquier parte del mundo siempre hay un mayo sin importar el año. Echen un vistazo a Venezuela, a Nicaragua y al resto de Europa…

Autor entrada: onmagazzine