Miedos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llegó un momento que ya no quería ni que amaneciese. Desde que había terminado el invierno, el sol era embustero. Te engañaba con una bonita sonrisa después de una noche de mil mentiras y doscientos mil ensueños nefastos que hubieran provocado una indigestión a todos los que tenían la caradura de decirte cómo ser feliz soñando. Antes, el amanecer era promesa, o hasta media promesa si ustedes quieren, de que el día que llegaba era una puerta abierta a algo mejor. Hasta que cuando ya las calles se abrían y el tráfico de autos y transeúntes se reanudaba, las puertas, las que podían contener los miedos permanecían cerradas. Pero nadie sabía en qué momento podían abrirse y descargar sus millones de miedos en la calzada. Y pobrecito el que resbalara.

Porque los miedos no tienen ninguna apariencia. Los sientes cuando al entrar en una tienda y pedir un artículo comprendes que no puedes hablar. La lengua se te agarrota, el rostro se enrojece y crees que te vas a desmayar. Hasta que una dependienta te sienta en una silla y te da una bolsa para que soples.

Están por todos lados, invisibles, pero los que los conocemos por sufrirlos sabemos dónde se encuentran y si te van a asaltar.

Un profeta llegó a la ciudad proclamando urbi et orbi que a los miedos había que asustarlos con los propios miedos que nos asustaban a nosotros, que, aseguraba, se mostrarían feroces y los hundirían en el mar, donde las medusas carabelas portuguesas, que adoraban este bocado, los devorarían en un santiamén.

Pero cambiaron los vientos y las carabelas tomaron otros rumbos. No había parapeto. De vez en cuando por los alrededores del malecón asomaba un tiburón despistado. Y en cuanto veía a un miedo, a los que les encantaba tomar el sol como cualquier turista noruego, salía corriendo hacia alta mar.

Poco a poco, los miedos fueron apoderándose de la ciudad. No había Richard Widmark disfrazado de oficial de Sanidad que pudiese ayudarnos. Todo el mundo los rehuía, pero era inútil porque ellos sabían escoger sus víctimas.

Un sabio explicó que la culpa de todo la tenían las religiones y las sociedades que nos inculcan el sentido de pecado y el sentido del castigo por las culpas. Pero nadie ha creído necesario enseñarnos cómo deshacernos de esos miedos que a veces nos prometen el infierno de forma apocalíptica.

Aquella isla africana acababa de salir de una guerra larga y especialmente tremenda, una guerra civil. Los perdedores habían dado con sus huesos en prisiones infames y los vencedores celebraban todos los días el triunfo en palacetes dejados como una herencia sin herederos por gente del pasado y de otras guerras más lejanas.

Mandaban aquellos guerreros sin el menor rubor, a sabiendas de que todo tiene un tiempo y de que un día se les acabaría aquel chollo que aprovechaban para amontonar bienes fuera y dentro de la isla.

Un sociólogo exiliado en un islote pretendía que aquella guerra civil la habían ganado los miedos, aliados sin razón precisa de los militares. Los miedos son totalitarios, asegurara en un susurro cuando sentía que ya estaban preparados para echárseles encima una vez más.

Estudios realizados por él mismo y por otros eruditos a través del mundo no se ponían de acuerdo sobre aquella alianza extraña. ¿Por qué los miedos iban a aliarse con gente que no los necesitaba para imponer sus voluntades?

Mientras la isla se hundía cada día más en el silencio profundo del horror, los miedos cumplían sus obligaciones y seguían reinando por encima de toda consideración política o religiosa.

Un estudiante en teología había sido detenido por pretender haber encontrado la manera de vencer a los invasores. Para él estaba claro: “Cada cual tiene que apañárselas para dar miedo a sus miedos y hacerlos retroceder hasta desaparecer”. Lo encerraron en un manicomio donde murió descuartizado porque las rejas le impidieron huir de sus miedos.

De pronto una avalancha de psicólogos y psiquiatras cayeron como una nube de golondrinas sobre la isla. Venían escapados de países sudamericanos donde dirigentes militares poco creyentes habían desterrado el uso de la psiquiatría calificándola de brujería que podía conducir al cadalso.

Y los miedos redoblaron. Ahora fueron ellos las víctimas de esos fantasmas y durante un tiempo los habitantes de la isla vivimos más tranquilos. Hasta que el Coronel que mandaba la plaza militar decretó la ejecución de todos los psiquiatras y psicólogos de la isla. Cuando la última salva sonó en el camposanto, todos notamos que los miedos habían desaparecido. Se los habían llevado los psiquiatras y los psicólogos.

En un gesto que fue saludado gratamente hasta por el Vaticano, el Coronel dispuso imponer a los muertos la máxima condecoración isleña, por considerar que ellos habían vencido a los miedos, cuando en realidad no habían hecho más que llevárselos para quizá otra experiencia en otro mundo.

Autor entrada: onmagazzine