El sobresalto agridulce de vivir en Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Vivir en Cuba es estar en agridulce sobresalto permanente, que lleva a la felicidad si encuentras ¼ de mantequilla tras recorrer con ese empeño cinco establecimientos de venta; que regocija al saber que el país dispone de más médicos per cápita de los que tiene el gigante brasileño; que te aprieta las entrañas cuando descubres que en menos de 10 segundos murió un centenar de personas por avionazo en las afueras del aeropuertos José Martí de La Habana; y que deprime al pasar casi 20 días bajo lluvia, sin ver el Sol que siempre abunda, después de varios años de sequía imperturbable.

Vivir aquí es ir de un extremo al otro cada día, de la propaganda triunfalista a la realidad de la escasez repartida entre muchos, de la iluminación y los colores brillantes, al ocre de las jornadas húmedas. Es levantarte cada mañana con el reto de llegar a tiempo a donde vayas porque los medios de transportación no alcanzan; es aguardar porque llegue la materia prima al muelle, a fin de que se produzca después la pintura que te urge; es saber que el médico lo tienes gratis al alcance de tus urgencias, aunque no siempre sea garantía de profesionalidad el que te toque por el barrio.

Vivir en esta isla es complicado, es una aventura, un viaje infinito a lo desconocido, es una sinfonía de elementos de la que nadie escapa. Ni el campesino que por los aguaceros vio ahogada su cosecha, ni el esposo que perdió a mujer e hija en el avionazo, ni el vecino de la calle Jovellar que sufre por el agua que se filtra desde el techo, sin posibilidad de vivir seco.

Nadie escapa, ni Miguel Díaz-Canel , que se ha estrenado como presidente con una catástrofe aérea de grandes proporciones, de cuya investigación el país sigue pendiente, no solo para conocer por qué el desplome de ese avión de pasajeros, sino para saber si además de desperfectos técnicos u otras causas, hubo negligencia en la contratación de la pequeña compañía mexicana Global Air dueña del avión colapsado . Se ha estrenado Díaz-Canel en la isla de las sorpresas con casi 20 días de lluvia ininterrumpida, descomunales en la región central del país, donde las presas están vertiendo agua en abundancia, donde ríos y cañadas fueron desbordados, y hubo que proteger a la carrera a más de 40 mil personas, sin que de momento haya que padecer otro muerto.

Aquí, nadie escapa ni a los extremos ni a las sorpresas. El Consejo de Ministros ha vuelto a sesionar de urgencia, los medios se saturan de reportes que conmueven, nada se ha vuelto a saber de la única sobreviviente del desastre aéreo por el José Martí,  y la vida continúa, como deber ser o como necesitamos que sea para no quedar eternamente encasquillados. Pero al menos, por favor, que alguien nos prenda el Sol.

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