Ultimo tren para Locura City

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El tren de las seis menos seis no sale esta mañana. Los revolucionarios en pijama han quitado las vías y se las comen como si fueran churros en la cafetería del hospital donde las mojan con delicia en espesos chocolates fabricados con plástico donado por la firma Dupont &Dupont. Es un alimento más nutritivo y adictivo porque contiene hojas de coca molidas. Los fabricantes, todos loqueros de barrios ricos, tienen que experimentar para que luego podamos tener aspirinas sin agujeros en el estómago, pero qué se cree usted. señora de la bata blanca y de la cofia rosa, ¿qué estamos locos?

Los pasillos nunca, jamás pero que jamás, conducen a Roma, y menos a Via Veneto donde aquella mañana el ocupante de la 323 tenía una cita con Yvonne de Carlo. Para cuando llegue la habrán reemplazado por la Anita Ekberg esa que no habla más que sueco pero a él le da igual porque no piensa hablar con ella. Esperará el tren bala de las 12.22 para salir hacia Osaka y poder comerse una deliciosa ensalada niçoise con arenques del Báltico recién pescados en la primavera de 1942 y gambas recogidas en un lago de Chernobil donde los supervivientes de la catástrofe nuclear improvisan risotadas de meriendas campestres que adoraría Renoir.

Las ensaladas cocidas por el reactor nuclear número 3 según se entra por la puerta de servicio, están deliciosas y dan un tinte a la piel que es un primor. Todas las muchachas las comen para estar más bellas. Lo malo es que la psoriasis convulsiva no las deja crecer y todas terminan en un circo de enanos que Madame Soraya Rubinstein tiene en su piso de la calle Valentin Petain número 13, Berlin Este de cuando Hitler manos arriba, esto es un atraco. Los enanos están de moda, explica la Madame del tugurio, son más pequeñitos, comen menos y para besarlos es más cómodo. Para lo demás, hay para todos los gustos. La Madame asegura que la próxima vez comprará gatos monteses que venden en la taberna de Juan de Borbón donde el acetileno tiene un gusto exquisito. Los clientes ya no quieren champán de Champaña sino acetileno de Acetinilandia.

“Guarden silencio”, dice un cartel. La puerta del retrete escupe de vez en cuando algún viejo que ha aprendido a mear y a callar, que meando no se habla. Vieja escuela rumana del siglo XV, de cuando los vampiros chupaban la sangre y otras cosas de la moza de la pensión donde el doctor Frankestein tenía un cuarto oscuro para daguerrotipos en tres dimensiones. Era un adelantado.

Todos somos plantígrados y andamos arrastrando los pies que a veces para qué os quiero.

Autor entrada: onmagazzine