La Estación del Libro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Siempre había un tren que a mí toda la vida me había parecido de palo. Gente del campo amable capaz de darte las sencillas alegrías que pide un niño, cariño y buenas sonrisas.En realidad había más de un artefacto de aquellos que rodaba por las vías con una precisión inalterable. Recuerdo el ruido pero no el humo. Seguramente el humo que yo tengo en la cabeza el de las  películas de Sergio Leone, con el rostro bonito de Claudia Cardinale, que lo mismo se metía en una película del Oeste que aparecía deliciosamente refinada en “Il gatopardo” de Luchino Visconti.

Y la armónica, la maravillosa armónica animada por Ennio Morricone, que nunca conseguí aprender a tocar pese a que de jovencillo me habían regalado el Rolls de las armónicas, un instrumento que hasta tenía cambios.

Ahora que lo pienso no me hubiese extrañado tropezarme en esa Estación de mi otra vida con el monumento de humanidad que parecía ser aquel Sergio Leone que revolucionó el cine arrancando por el género más noble del cine norteamericano.

En aquel lugar llamado La Estación, a dos pasos de Archidona, en la serranía de Málaga, cursé alguna de mis universidades, aunque mis clases las tomaba preferentemente en Calle Carrera, pista de tierra y hoy desfigurada por absurdos automóviles y por algún que otro destripe arquitectónico.Volví a la Estación de Archidona muchísimos años después, hace un rato como quien dice, cuando, con una generosidad muy digna de agradecer, me dejaron participar en un encuentro literario denominado Los patios, que creo ya llevaba cuatro o cinco años de andadura.

Volví a disfrutar de la inteligencia de un puñado de vecinos que acudía gozoso a estos encuentros, escenificados como una verbena modesta y callada, con el silencio de la misa, al lado de la iglesia, en un callejón casi de los milagros por donde paseé un día en un Egipto imaginario con el escritor Naguib Mahfuz.

Se trataba simplemente de leer cosas, lo que cada cual escribía, publicaba o quería publicar, y los vecinos participaban como si hubiese sido una de esas elegantes universidades de verano que por estas mismas fechas se deletrean en la cornisa cantábrica.

A la Estación no nos llegaba el olor a canapés elegantes ni la brisa del mar cantábrico y, en realidad, teníamos que lidiar con cuarenta grados a la sombra. Y los grados en los olivos tienen mucho talante. Pero valía la pena. Leíamos cuando ya habían caído las sombras de una noche cerrada que nunca sabes lo que te deparará, porque cuando se va el sol se abre la vida de par en par y nadie es capaz de adivinar qué ocurrirá.

Este año ya no ha se han celebrado los Encuentros Literarios Los Patios. El alcalde pedáneo había dimitido y la Autoridad cultural de Archidona aparentemente no ha tenido el menor asco en borrar esa orgía nuestra del mapa de la provincia. Ojalá me equivoque y la Autoridad me desmienta.Se entiende que el Comandante mandase parar. A mí, la verdad, me había parecido un poco exagerado, al borde del delirium tremens de la permisividad que dejaran que hubiese una actividad cultural en un lugar que, pese a quien pese, está más hecho para meditar, hablar en voz baja, decir cosas que nunca dirías cuando el sol te señala con el dedo del calor.

Pero, claro, camaradas de todos los recuerdos, tengan en cuenta que lo esencial en la vida no es hablar de cultura, de literatura, de libros que los demás no leen y que da envidia y casi pesar porque eso de la cultura se lleva muy mal, es casi un insulto a la estupidez ambiente reinante en el mundo entero donde ya el lema es haga la guerra y déjese de paz.

Creo cada vez más en esa inutilidad de leer desde que una pitonisa de tres al cuarto de cualquier canal de televisión decía muy pancha ella: “No se aprende leyendo… Ni estudiando”.

Ya ha salido el sol y los pensamientos son feriantes. Pero algún día volveremos a la Estación y cometeremos de nuevo la infamia de hablar un ratito de cosas escritas, de cosas que se pueden leer. Pero para poder leer, dijo aquel poeta a quienes le iban a lapidar, hay que saber leer. Y aseguró antes de su último suspiro que la lectura no deja ciego, aunque a él le costase la vida.

Entonces el que lapidaba con la alegría babosa del deber cumplido prefirió olvidarse por un rato de las piedras con las que se había hecho un hombre y montarse en el cacharrito jamás visto antes de la feria del pueblo.

Ave, César. El tren va a salir.

 

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