Cuba: el mambo de los homos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Todos hemos, tenemos, o tendremos una tarde de perros, lo que vulgarmente se conoce como una tarde de mierda, porque los astros así lo han decidido. Era en 1975. Al Pacino, magnífico, joven con inmenso talento, se metía en una aventura dirigida por el inefable Sidney Lumet. Una aventura que entrañaba riesgos. Los homosexuales y menos aún los aspirantes a transexuales no estaban muy bien vistos, sobre todo en el paraíso de las apariencias. No me atrevo a medir lo que hubiese pasado si esa película se hubiese rodado ahora, en plena guerra de las feministas contra todo lo que les parece mal en el mundo de los machos. Y todo les parece horrendo.

Unos amigos necesitan dinero para que uno de ellos pueda cambiar de sexo. Tan simple como eso. Hoy este guión lo rechazarían casi seguro por lo sencillito y normalito que es. Vivimos otros tiempos. Tiempos de permisividad en sentido único.

Preparan, por decirlo de algún modo, un atraco que se convierte rápidamente en una pesadilla. Al Pacino, el magnífico, trata de luchar contra los vendavales como puede. Lo peor es que lo tomen por marica, cuando lo único que quiere es ayudar a un amigo de su amigo. Lío, confusión, andamos al borde de la tragicomedia pero a nadie se le ocurre caerse en ella.

Me estoy dando cuenta de que no es mañana para hablar de Al Pacino, que en esta película es un monstruo de interpretación, toda en encaje de bolillo para no espantar a las fieras. Pero es que invariablemente, por muchas vueltas que le doy, aterrizo en La Habana de 1993, donde todavía la homosexualidad no era del todo bien vista. Y fue entonces cuando un tipo con un coraje bárbaro, Alfredo Guevara, patrón del cine cubano, daba la sorpresa al plantarse en el cine Carlos Marx con una película que rompía todos los credos hasta entonces respetados. Ser homosexual era malo, un pecado marxista si se quiere, indeseable e incomprensible.

Para entonces ya habían aparecido los primeros casos de SIDA en Cuba y rápidamente se organizó donde agrupar, lejos del mundo, a los portadores del virus.

Entonces, sale Guevara y manda proyectar “Fresa y chocolate”, película con título que podría ser de comedia hollywoodense si no hubiese sido el alegato más realista, fuerte y valiente contra la persecución de los homosexuales. Y no se anduvo por las ramas, ya que colocó al frente de la historia dos muchachos igualmente agradables, uno homosexual del té de las cinco con 35 grados a la sombra y un machito de las Juventudes Comunistas, para quien aquello era una aberración. Ellos eran Jorge Perugorría y Vladimir Cruz.

Detrás de esa realización que dejó a muchos sin aire en los pulmones estaba, como siempre en las grandes cosas de Cuba, Fidel Castro, unido a Guevara por una viejísima y purísima amistad, desde los tiempos en que ser revolucionario era andar con un revólver por las calles de La Habana rezando para que un esbirro batista no te pegara un tiro antes de que tú desenfundases.

Recuerdo ambas fechas, 1975 para la primera y 1993 para la segunda, con emoción muy parecida. Y poco tiempo antes de viajar a La Habana para asistir a lo que fue un acontecimiento mundial ya que llegó hasta el corazón de los miembros del comité del Oscar de Hollywood que la designaron rápidamente para competir en la sección extranjera.

Y como tercera pata de esta trilogía yo citaría “Antes de que anochezca” (Julian Schnabel, 2001) maravillosa película en la que el español Javier Bardem hacía una de su mejor interpretación, convirtiéndose en el cubano Reynaldo Arenas, homosexual y escritor, que huye de Cuba y encuentra la muerte horrenda en esos Estados Unidos que él vislumbraba como la emoción del renacer.

Son demasiados recuerdos, demasiadas emociones para una sola mañana.

Todavía recuerdo cosas que me dijo Alfredo Guevara al día siguiente de que la “Fresa y chocolate” que había mandado componer a Tomás Gutiérrez Alea y a Juan Carlos Tabío al final, con la conformidad total de Fidel Castro.

Pero ¿para qué contar que Guevara veía la película como algo muy necesario, que la lucha entre el joven comunista y el homosexual le parecía ejemplar, ejemplarizante?

En este 2018, Cuba ha entrado en otra galaxia. El bloqueo económico y político de los Estados Unidos sigue en vigor aunque ahora dejen que los turistas norteamericanos vayan a aprovechar las playas, el clima y la gentileza de una isla que ellos siempre maldijeron desde el momento en que le pusieron el estigma de socialista-comunista.

En Cuba, me dicen amigos de los que me fío, ya no se persiguen a los homosexuales como cuando podían acabar en un campo de concentración en la isla de Pinos. Pero lo que no me imaginaba en 1993 es que un día hubiese una parada del orgullo gay en Cuba. Y ahí está, en este florido mes de mayo de 2018. Y al mismo tiempo los homosexuales cubanos ya piden libertad para casarse. Casp nada desde 1993.

Seguramente es cierto que estamos lejos de la época en que se prohibió “PM”, un documental de quince minutos sobre la vida nocturna de La Habana que, contaba Nestor Almendros, “recoge fielmente toda la atmósfera de la vida nocturna de los bares populares de una gran ciudad. La cámara bisturí se traslada como un noctámbulo incansable de Regla, en la lancha, al puerto de La Habana y a los cafés de Cuatro Caminos…”. Un cine del que el mismo Almendros dijo todo lo bueno que puede decirse de una obra cinematográfica. Y sin embargo, fue prohibida severamente en 1961. La habían filmado Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez.

Cuenta Pio E. Serrano que se consideró que el filme “era licencioso y obsceno y que, para mayor escándalo, difundía imágenes del pueblo trabajador dado a la bebida y a la francachela… Mirta Aguirre, crítico del diario Hoy, denunció el inocente experimento cinematográfico con el terrible estigma de “contrarrevolucionario”, sin dejar de recordar que “debilidades como aquellas habían propiciado aconteceres reaccionarios como los de Hungría…” Poco después Fidel Castro fijó la nueva política cultural del proceso: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución todo; contra la revolución, nada”.

Estamos lejos de 1993, cuando “Fresa y chocolate” parecía haber sellado una época nada reluciente.

Me dicen que Cuba ha cambiado mucho y no solo ideológicamente.

Pero en mayo de este año, durante la presentación de la película “Sergio y Sergei”, de Ernesto Daranas, en el Festival de Málaga, su protagonista, Héctor Noas, declaró al digital Noticine.com: “La censura en Cuba existe”.

Pero ha habido parada gay, por primera vez en toda la Revolución. Y eso es lo importante.