Cuba, DDHH y disidencia

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

En cualquier parte, tomarse en serio este oficio abre y cierra puertas, te pone al habla con presidentes, mafiosos, científicos, deportistas o artistas renombrados. Descubre el mundillo de los ágapes diplomáticos, los congresos, las rutinas políticas, el drama de la guerra. Sin buscarlo, lleva a escudriñar lo que está mucho más allá de las creencias propias y seduce al punto de poner la vida en riesgo. De ahí que hoy, cuando el gobierno cubano acaba de someterse a otro escrutinio de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, me inclino por uno de esos temas tabú que acompañan la cotidianidad cubana: disidentes, opositores, contrarrevolucionarios, mercenarios. Porque entre todos esos calificativos andan quienes aquí o allá dicen que hacen “oposición pacífica a favor del cambio de régimen”, algunos de ellos presentes también en Ginebra en busca de respaldo.

No escribo de oído ni con el discurso oficial marcando pautas. Si lo hiciera no respetaría esta profesión en la que todavía creo.  Pero sí dejaré correr lo que siento, tras cubrir por calles de La Habana marchas de las Damas de Blanco; luego de reportar un congreso opositor realizado al sur de la ciudad, cuando Estados Unidos iniciaba su invasión a Irak y en Miami el exilo pedía que después prosiguiera con Cuba, que arrancó con un grito revelador, “¡Viva Bush, abajo Fidel!”. Conversé muchas veces con Guillermo Fariñas, quien transformó en arma política sus huelgas de hambre, siempre bajo atención médica en el principal hospital público de su ciudad, Santa Clara, y cuando alcanzó notoriedad internacional fue a fotografiarse en Florida con Luis Posada Carriles, un ex agente de la CIA que según documentos desclasificados por esa entidad, citados por un medio estadounidense anticastrista, “era tan peligroso que la propia agencia lo tenía estrechamente vigilado. Lo entrenó y lo utilizó en sus planes para derrocar a Fidel Castro pero también para que espiara a sus amigos, otros exiliados cubanos anticastristas. Y cuando explotó el avión de Cubana de Aviación en Barbados en octubre de 1976 –murieron TODOS sus pasajeros y tripulantes-, un acto del cual el gobierno cubano siempre lo ha responsabilizado, la CIA estuvo muy preocupada de que su relación con él se hiciera pública”.

Han sido muchos años reportando esa realidad, entrevistando y tratando de entender a esos compatriotas, incluso a quienes fueron excarcelados antes de cumplir sus sanciones –presos políticos se les denominó siempre- y paradójicamente, con ayuda del gobierno al que se oponían –y se oponen-, viajaron a otros lares con sus familias completas, algunos de ellos escribiendo después desde Madrid exactamente lo contrario de lo que aseguraron en La Habana. Tengo presente el velorio público del líder disidente Oswaldo Payá –murió en accidente de tránsito- ,  cuando una entonces poco conocida Yoani Sánchez se acercó a ofrecerme “agua pura”, porque según dijo en aquel lugar –una iglesia católica-, hasta el agua estaba contaminada por el gobierno, y recuerdo desde entonces a Rosa María Payá, -hija de Oswaldo- quien reside entre La Habana y Miami , y el miércoles estaba en Ginebra –una ciudad cara- “para denunciar los esfuerzos del régimen cubano por burlarse de nosotros, de los ciudadanos cubanos y del proceso” de rendición de cuentas en la Comisión de DDHH.

Los partidarios de la revolución y el gobierno consideran a estos cubanos “mercenarios a sueldo de Estados Unidos” y no les dan ningún espacio porque dicen que sería “facilitar la creación por una potencia extranjera de una quinta columna interna”, cuando su enemigo principal sigue siendo el mayor imperio militar del planeta.

Creo en el derecho a disentir, a sostener opiniones contrarias a los establecido, pero en las condiciones sui géneris de Cuba siempre me ha llamado la atención que en ese sector, con poquísimas excepciones, imperara el rechazo al diálogo entre Washington y La Habana iniciado por Barack Obama –los que no asumieron esa posición hicieron campaña después en EU por Hillary Clinton en las últimas presidenciales-; que casi todos consideren que el bloqueo estadounidense de más de medio siglo a este país  es “necesario para debilitar al régimen”; y que la mayoría apoye a Donald Trump.

Entonces, en la hora del recuento en Ginebra, no me dicen mucho los informes ni a favor ni en contra, porque la sublimidad de los ddhh es aspiración real o ficticia de cada país, y sospecho de la honestidad política de esa autodenominada “oposición pacífica” que dice querer lo mejor para la nación, coincidiendo o asociándose con quienes a lo largo de la historia han buscado maniatarla.

En tiempos de Fulgencio Batista oponerse al régimen costaba la vida; decirse revolucionario, socialista, anarquista, comunista era ponerse la soga al cuello, de verdad; cuando se buscaba asilo era en sigilo, por lo general con el bolsillo hueco; ni la ONU ni Washington ni París habían levantado la bandera de los ddhh ; no se hacía oposición en hoteles cinco estrellas en busca de apoyo financiero internacional “para proseguir la lucha”. Cuba era entonces el traspatio de descanso e inversiones del país norteño.

Este asunto es tabú, porque aquí lo medios no le dan da bola –“si perdemos la unidad interna, esto se va al carajo”, dicen los que mandan- y fuera del país estos opositores han recibido buena acogida en los grandes medios al punto de que un día, un amigo vasco de visita en La Habana, me preguntó bajando la voz, hablando casi en susurro por si la policía secreta nos escuchaba, que cómo podía contactar a Elizardo Sánchez, uno de los voceros de la disidencia, y quedó perplejo cuando le respondí, “espérate un momento que voy a buscar su número de teléfono y después si quieres podemos llegarnos hasta su casa”. Por todo lo leído, mi amigo suponía que Elizardo se oponía desde la clandestinidad, jugándose el cuello, como ocurrió aquí cuando Batista o en España durante el franquismo.

Respeto a los que disienten y creen en lo que dicen, aunque cueste caro. Los misterios de esta profesión me llevaron a conocer a Eloy Gutiérrez Menoyo, el único comandante guerrillero que nunca se subordinó a Fidel Castro en la lucha contra Batista, quien en los años 60 del siglo pasado se fugó a Miami. Desde allí continuó la lucha armada contra Castro, resultó detenido al infiltrarse por Oriente y condenado a larga pena –a solicitud de su adversario le conmutaron el fusilamiento que dictaminó el tribunal-, fue excarcelado, y promovió los primeros diálogos entre cubanos de allá y de aquí. Solicitó y Fidel lo autorizó a volver a radicar en la isla y murió en La Habana creyendo y actuando a favor de una especie de ideario social-demócrata que compartía, criticado tanto por el exilio radical  y la “oposición pacífica”, como por los revolucionarios cubanos. Respeto, sí, pero al mismo tiempo expongo lo que creo, mientras sigo en el ejercicio de esta profesión grata e ingrata.

Autor entrada: onmagazzine