Gaza, la paz de los cementerios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Me hubiese gustado tomarme, chupetear un güisqui con Perrier en Jerusalén, en la lujosa embajada de la discordia, de la carnicería y el pataleo que la imbecilidad que Donald Trump ha plantado donde no tenía que estar.Pero, ¿qué saben de cosas diplomáticas los palestinos, que llevan años infinitos buscando, suplicando alguien que les reconozca sus derechos y que no les trate como derviches giradores de la política internacional en Oriente Medio, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido?. Imagino a James Bond, el de los buenos tiempos de la guerra fría, ahora andamos por la guerra más caliente que imaginar se pueda, pidiéndole a un palestino del servicio de camareros de la bella embajada un Martini helado.

Hace calor en la calle. Se oyen berridos en medio de una zarabanda de disparos, gritos y órdenes, como si la guerra hubiese vuelto. Vienen de Gaza, a más de setenta kilómetros.

En la embajada, Ivana Trump toma el lugar de su madrastra, la bella y sufrida Melania Trump, y sonríe a unos y a otros. Un latinoamericano, fugado de un país de aquel continente que han decidido seguir los pasos de Estados Unidos, qué menos, compañero, y poner su finquita de embajada del tercer mundo a una respetuosa distancia de la de los Estados Unidos, que se han trasladado de Tel Aviv a Jerusalén.

Sigue el griterío, pero la música agradable y civilizada de los salones de la representación, flamante y lujosa, de EEUU, lo hace más llevadero. ¿Por qué gritan esos malditos?, pregunta un jefazo de la CIA, que ha venido desde Washington para tomarse una Coca Cola en el lugar más cálido del planeta en ese momento. “¿Ha probado usted estos canapés de gacela del desierto? Sencillamente deliciosos…”

La guapa Ivana no deja de sonreír, incluso cuando oye cuchichear al jefe de la CIA con uno de sus subordinados.

No me he podido tomar mi güisqui de los martes en la embajada de EEUU en Jerusalén porque la verdad es que nadie me había invitado.

Los otros siguen festejando. ¡Qué triunfo el del estadista Trump! Ha conseguido que las poderosas fuerzas armadas que en Israel son con la pasta que generosamente y regularmente, que no falte una bala, que siempre sobre por lo menos un cohete teledirigido, qué carajo, compañero, les envía por la Western Union la Casa Blanca se hayan entrenado sin empacho con palestinos que corrían en todas las direcciones. Algunos observadores dicen que los pobrecitos míos apenas alcanzaban a lanzar unas cuantas piedras antes de que una ráfaga de la última ametralladora llegada a Tel Aviv desde Washington DC hiciera que los periódicos del mundo entero hablaran de matanza de palestinos.

¡Qué exageraciones! Ya lo explicó la guapa representante de los EEUU en las Naciones Unidos, ese gigantesco edificio, esa organización desorganizada para no hacer nada, el “machin” (la cosa) como la llamó el general Charles de Gaulle, que no sirve exclusivamente para nada más que para que los norteamericanos lo manejen a su antojo. Ah, sí, la embajadora estadounidense explicó que la acción de los israelíes (a ellos no les gusta la simpática y romántica Intifada, que consiste en hacer la guerra a pedradas y prefieren cañones de metacrilato) había sido comedida, que los israelíes, Dios les tenga en su santa gloria, no se habían excedido en ningún momento.

¿Qué había habido casi 60 muertos y algo así como dos mil y pico de heridos en Gaza? ¡Qué exageraciones! Y, además, la guerra está hecha para matar, qué diablos.

¿Pero qué son cincuenta muertos, por mucho que se cuenten y recuenten, al lado de la paz de los cementerios que imponen Estados Unidos y sus más íntimos amigos desde que el mundo es mundo, desde que enseñan a los demás la democracia que ellos tienen solo para consumo interno? Señor James Bond, ¿nunca visitó el penal de Guantánamo? Dicen que los norteamericanos lo han conservado tan bonito que no quisieron cerrarlo cuando el entonces presidente Barack Obama anuncio urbi y orbi que una de sus primeras acciones sería desbaratar ese lugar de tortura donde por lo visto todavía quedan algunos desgraciados acusados de terrorismo. No cerró nada pero a él le dieron a toda prisa el Nobel de la Paz, que desde entonces se ha convertido en el premio del hazmerreir.

Les cuento este cuento de gigantes y cabezudos a unos seis mil kilómetros de Jerusalén, en una isla africana, muy lejos de esa Palestina que hizo soñar hasta a los ingleses, lo que ya es decir.

Les cuento este cuento de David y Goliat desde una terraza que da al mar Mediterráneo, donde nuestros palestinos son los africanos que cruzan el mar en barquitos medio hundidos creyendo que aquí, en el Primer Mundo, tendrán más posibilidades. Y no saben los pobrecitos míos que la mayoría de ellos serán devueltos a sus países de donde son oriundos. Y otros se ahogarán en el mar antes de que los servicios de salvamento tengan tiempo de llegar.

Y a mí me han dado el puesto de observador de tanta desolación, que te llega hasta tu ordenador, televisor o celular. Y nunca son buenas las noticias ni bellas las imágenes. Son como la vida misma. Espectacularmente siniestras.

A punto de cerrar esta nota, me llega una noticia todavía más horrible que las de Jerusalén, Gaza o las del fondo del mar donde residen los ahogados de la libertad. El padre de Meghan Markle, que fuera por lo visto actriz norteamericana, no podrá asistir a la boda de su maravillosa hija con el pelirrojo príncipe británico Harry. Eso es desgracia y no lo otro.

Vuelvo a mi güisqui con Perrier y hielo porque como siga se me calienta. Que sean felices, aunque cuando pienso en la pobre Meghan no tengo más remedio que recurrir a mi pastilla contra los escalofríos de angustia.

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