Sea perdedor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En lugar de empeñarse en aprender a escribir en cómodas lecciones bien remuneradas para los presuntosprofesores, déjese de chistes porque está visto, comprobado y certificado por el Angel Pituso que la escritura es un don que unos tienen, unos pocos, y del que la mayoría carece, aunque lo certifiquen con un máster adobado con un diploma de la Universidad Pontificia de Billabo, localidad conocida hasta ahora por sus perritos calientes. Fábrica de perritos calientes de la que fue propietario en su tiempo el papá de Jean Seberg, que desde los 18 años anduvo por los mejores restaurantes de París huyendo de esa porquería tan rica.

Con mi experiencia de cincuenta años y un día, la cadena perpetua se evitaba entonces, puedo asegurarles que nunca aprenderán a escribir porque nadie puede aprender lo que es un don de los dioses, de cuando Ulises andaba por los catorce mares del Apocalipsis y Penélope se hacía polvo las yemas de sus delicados dedos tejiendo una alfombra culebrina para no ceder a la tentación de los veintidós novios enfervorecidos por su virginidad voluntaria que le esperaban en el gran salón de su palacio de Ítaca.

Les aseguro, les certifico, que nunca aprenderán a escribir sino saben escribir. Pero lo que si les recomiendo es que sigan cursos por correspondencia para en unos meses estar en condiciones de presumir de perdedor, de looser. Y créanme que esta es una carrera que tampoco es nada fácil.

Perdedor es la negación de todo, la afirmación de todo, el estado catatónico por el que se pirran las mocitas en edad de merecer, y hasta sus madres. En ciertos casos también los papás.

El perdedor da lástima, desarrolla el instinto materno y puede llevar a algunas universidades a concederles un diploma de medicina tropical por pena y resabio.

Perdedor es el que pudiéndolo tener todo no tiene nada porque una tarde, una mañana o a las cuatro y cuarto del meridiano de Sebastopol, olvidó vivir como el resto del mundo, aceptando convenciones, hincando el espinazo ante las autoridades y rezando al diablo, el que tiene una d mayúscula. Aquel día le dijo a su esposa (puede ser también madre, sobrina o perrito que no me ladre) que no quería más espaguetis con dulce con leche que comía desde los nueve años. Y cuando se tienen 52 ya cuenta.

Y ella le echó de casa, le condenó al oprobio, como un peón recogedor de racimos en “Las uvas de la ira”. Entonces, él dijo: “Soy perdedor, looser, o como se diga”.

Jesús el Nazareno fue un perdedor nato. Desde la carpintería de su padre, el amable José, fue unos años después a conocer un triste y patibulario individuo llamado Poncio Pilato, romano de nacionalidad, al que no le gustó su manera de vivir (decía que quería salvar al mundo) y mandó crucificar, como siglos después se haría más o menos con los negros del sur de Estados Unidos.

Pero si Jesús fue un looser, seamos todos looser y y probablemente nos ganaremos el cielo.

Ernesto Hemingway fue el rey de los perdedores. Llegó al periodismo por vocación, poco después de que su padre, un reputado médico de Oak Park, Illinois, EEUU, se volara la cabeza por no se sabe muy bien qué razón. Durante su carrera simpatizó con la gente que quiere y no puede y así nacieron esos maravillosos personajes suyos que han acompañado a muchos de nosotros desde la adolescencia. Le premiaron con el Nobel de Literatura después de que describiera al más bello de los perdedores, el pescador cubano que en “El viejo y el mar” (solo 127 páginas para una obra maestra) trata de pescar un tiburón maldito, tan huidizo como el destino.

Nunca lo pescó. Hemingway tampoco.

Luego, antes y después, todos los hombres y mujeres que salían de su pluma fueron perdedores natos, es decir personas predispuestas para perder en la vida aunque les haya tocado el gordo de Navidad. Su yo de “Fiesta” es el más doloroso de todos.

Pero él vivía una vida tan contraria a su filosofía que casi nadie se creía que fuese un perdedor, un puñetero looser. Y lo tomaban sin ninguna razón por un gordo feliz al que todo le salía bien. Hasta que un día imitó a su padre, pero con una escopeta mucho mejor, como si hubiese querido demostrar que realmente era el rey de los perdedores.

Porque perdedor no es un ser desgraciado y agobiado por el remordimiento o por la culpa de un personaje de Tolstoi. Perdedor es un señor corriente y moliente que un día decide ser perdedor, pero con fuerza, sin pamplinas, no para arrepentirse al otro día y casarse con aquella prima hermana tan escultural y modosita y que además de ser inteligente tiene doce mil olivares como herencia. Eso no vale. Eso es jugar con cartas marcadas.

En la lección cuarta y hasta la décima le enseñarán que perdedor es un acto de contrición, hay que quererlo profundamente, y no dejarse tentar por la facilidad de un empleo bien pagado y fácil o por éxitos amorosos sin el menor esfuerzo.

Hay que sufrir para ser perdedor. Estar eternamente enfadado con el mundo, aunque el mundo les sonría y les esté invitando todos los meses a Viña del Mar para tomarse un güisqui seco en lo alto del Machu Picchu. Empiece por perder toda noción de geografía y de buenos modales.

Me está resultando difícil explicar lo que es realmente un perdedor porque es más un estado de ánimo que una verdadera carrera universitaria. Suponga que es usted escritor, buen camino para ser perdedor, pues procure que nadie quiera editarle sus elucubraciones y que, además, le critiquen lo poco que salga a la luz. Hay que mortificarse, flagelarse, no permitirse el menor resbalón, ni siquiera un desliz con esa muchacha tan rica ella, algo más que agraciada y de un talento infame para todo que bebe los vientos por ti.

El verdadero perdedor tiene que llevar una vida de abstinencia provocada por un defecto físico, una vaquilla que en una borrachera le averió con sus cuernos el aparato reproductor que nunca reproducirá nada. Nunca puede sonreír más que como castigo para su ego y en presencia de por lo menos 500 personas y en un mitin del extremo centro, nunca ni de izquierdas ni de derechas, eso es muy vulgar.

Y una vez conseguido, espere que el destino decida. Porque el destino, tan incierto y tan alocado, es probablemente el mayor de los looser.

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