El presidente y yo

Vivian Núñez | Maqueta Sergio Berrocal Jr

¡Al fin un presidente más joven que yo! Y no es que importe mucho y a él de seguro no le importará nada, pero a mí me deja una sensación como de futuro en momentos en que no trato de pensar demasiado en que son más los años vividos que los que me quedan por vivir. Cuando Miguel Díaz-Canel nació yo tenía cinco años y pesar de esa diferencia de edad tuvimos casi las mismas experiencias. Los dos fuimos a escuelas públicas donde saludamos a la bandera y aseguramos que “Seremos como el Che”. Vivimos similares escaseces y militamos en organizaciones partidistas de base, en las que yo me quedé mientras él subió escalones hasta llegar a donde está hoy.

También fuimos diferentes. A él le gustaban el rock y los Beatles, mientras yo prefería el son (más tarde llamado salsa) y Los Van Van; él se casó dos veces, yo una; él llegó a la cima cuando yo me encuentro en edad de jubilación.

Y no es que Díaz-Canel sea un muchacho. Es 24 años más viejo que Fidel Castro cuando este comenzó a dirigir los destinos de Cuba, el 1 de enero de 1959. Ya tiene un nieto. Pero es también 29 años más joven que Raúl Castro, su predecesor.

Y más que eso, está despejado de leyenda y de mitos; de intocabilidad a riesgo de traición; es, pues, más alcanzable pero también más vulnerable.

Es civil, va a las elecciones vestido de manera informal –generalmente muy bien combinado- y de la mano de su esposa, quien lo ha acompañado en varios de sus viajes al exterior como primer vicepresidente. Quizás sea ella la “primera dama” visible en un país en el que, hasta ahora, las mujeres de las máximas figuras públicas generalmente están ausentes de los focos –pero no las llaman “primera combatiente”, menos mal-.

No es simpático Díaz-Canel. A pesar de su altura, de su físico agradable, de su pelo canoso bien cortado y de su perfil -para algunos “romano” para otros coqueteando con el apelativo de narizón- no es especialmente carismático el nuevo presidente, ni tiene oratoria encendida ni verbo fácil.

Dicen los que lo conocen que es sencillo, educado, sensible. Los que no los conocemos personalmente lo vemos un tanto gris, despojado a estas alturas de la aureola de desenfado y casi rebeldía que llevó cuando era un treintañero y dirigía una provincia cubana, durante los años oscuros –literalmente, la mayoría del tiempo había cortes eléctricos- del eufemísticamente llamado Período Especial, cuando la Unión Soviética se cayó y tras ella casi nosotros.

Ha asumido una presidencia diferente a la que se ofrece como modelo; no gobernará solo ni será el máximo decisor; dirigirá una sociedad envejecida en más de un sentido, y es para parte de los cubanos una figura que ofrece más preocupaciones que certidumbres.

Pero, al menos a mí, me da una sensación como de futuro, de mirar hacia adelante, aunque poco importe.

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