Política, seducción y Díaz-Canel
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Manuel Juan Somoza

La Habana

En esta isla nacida de la profundidad del mar para ponerse en el camino de los huracanes, la política sobra, sale por los poros en el dentista y los mercados, nubla las entendederas, solo a veces las aclara, y desborda las pasiones. Es como la mujer que siempre se necesita bien cerca para sentir y discernir, para amar u olvidar, para estar vivos o creer que los estamos. Y ahora que hay un nuevo jefe en una de las dos sillas del poder, vuelve la política a envolverme, casi con la misma felina seducción con la que me atrapó aquel enero de 1959, cuando a los 14 años nada se sabe de política y mujeres.

Es así, aunque queramos ser apolíticos, aunque juremos que nos tiene hasta los güevos. Sin ella se anda a ciegas en la aldea que nos tocó, buena, mala o regular –es lo mismo en cualquier parte-; sin ella dejamos que los bichos de la política, los que hacen carrera a nuestra costa –“porque eso no me interesa”, como diría Julián-, nos suban los impuestos de a poquito o nos obliguen de un tirón a apretar un poco más el cinto.

Aquí sin embargo, como está por todas partes, hay cierta inmunidad a la bobería o al despiste, y lo mismo en el dentista que en el mercado cualquiera tiene una opinión fundamentada, a su manera, si, pero con el contenido sabio que comienza siempre de las calles, de los campos, de la ciénaga o de las lejanas montañas en las que desde hace 59 años se conoce el cine y el helado.

“Lo nuevo es que el que manda se quedó en el partido (comunista) y a Díaz-Canel le tocará la candela del gobierno”; “lo nuevo, me parece a mí, es que ahora son dos los que tendrán que cargar con lo bueno y con lo malo, y no uno como ha sido siempre,”; “no hay nada nuevo, el cuartico sigue igualito”; “que al fin nos toca a los jóvenes irnos haciendo cargo del negocio”. Y entre lo que se escucha hoy en el dentista, en el mercado, en el taxi colectivo o en la cola (fila) para comprar el pan de la mañana, porque aquí también hablamos para que se enteren todos, apunto otros dos razonamientos.  “Prefiero a uno conocido, que a otro por conocer, o que me impongan de afuera”; “coño, ojalá que en la economía se planifique tan bien como en la política”.

Claro que los medios dicen otra cosa -¿no es igual en cualquier parte?-, los de aquí alabanzas sin matices “por la unidad nacional” , los de acullá fuego sin contemplación “porque el castrismo sigue vivo” 59 años después. Es la otra cara de la política –bueno o malo, patriota o traidor, a favor o en contra, blanco o negro-, es la otra mitad de esa señora imprescindible que nos arrulla o nos sacude.

Hay en Cuba un nuevo presidente con el que se está o no a favor, según la interpretación de cada quien. ¿Será mejor, será peor que lo de antes, que los del otro lado, que los de más allá del Atlántico profundo? . Nadie sabe. Pero ahí está con sus 58 años de vida -que no se piensa igual que a los 80 aunque se sienta lo mismo-, después de ser “el único sobreviviente” que llega al resbaladizo Olimpo desde una generación a la que le tocó también enfangarse hasta la cintura, sudar a mares y dormir poco, aunque no tuviera el riesgoso privilegio de festejar los 15 con el retumbar de alguna cuatro bocas en playa Girón. Ahí está, intentando encaminar a la nación por un rumbo tan difícil, como difícil es dejar a un lado la política.