La paella de Rompe escotas

 

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Habíamos dado una mínima paga y señal por el pequeño velero. Teníamos que probarlo y en caso afirmativo,terminar de pagarlo. Ese fin de semana no fuimos a Espalmador en el barco pesquero de la flota del padre de un amigo ibicenco. Uno de los pocos ibicencos “hippies” de ese año setenta, unos desafiantes en pleno franquismo. Cargabamos la barca con bolsas de arroz, recuperábamos la moralla y pescado que no se había vendido en la lonja ni en el mercado, el carnicero ibicenco también hippie traía restos de costillares de cordero, a veces un costillar vacuno. Especias, condimentos especiales, grandes cacerolas y por supuesto parrillas. Eran comilonas de paellas y asados que duraban lo que los ágapes de los romanos, como Tiberio, el más fiestero del Mediterráneo. Se fueron haciendo habituales y se corrió la voz con lo que se producía antes de zarpar situaciones curiosas y cómicas. Como que se presenten en el muelle peludos con oropeles y colgajos, solos o acompañados por auténticas ninfas de largas faldas transparentes, en telas bordadas abandonadas en mercadillos por el avance dela moda y que sabían repararlas y adaptarlas a esos cuerpos de sirena. El Rata, patrón del barco, dictaminaba desde el puente “tu sí, tu novio no”, o “la pelirroja,  tú no. gordita” y algunas subían encantadas con el programa y para ver si eso era leyenda o no. No era leyenda. Generalmente el sábado se llegaba por la tarde, se iniciaban los fuegos, se bebía, se fumaba, había quienes habían sido aceptados por sus instrumentos musicales, onomatopeyas raras, objetos indios que producían música acorde a unos sentidos desbocados gracias a la hierba (generalmente maría), al vino peleón o a las exquisitas y únicas hierbas ibicencas. Un licor de hierbas que crea momentos sublimes, pero que te traes una botella al continente y pierde toda esa capacidad y placer que proporcionaba en su hábitat natural y luego se cenaba, bailaba, se charlaba, se teorizaba, todo era amor, relajación y según la luna, inolvidables noches de sexo y amor compartido.

Pero esa noche de luna creciente no fuimos Agustín y yo. Habíamos confraternizado con un par de holandesas que nos contaron que tenían alquilada una casita frente al mar de Formentera y que esta era la última semana que lo tenían y que podíamos ir a visitarlas porque los maridos habían vuelto por cuestiones de trabajo. No importaba lo hermosas que eran sino que eran libres y querrían llevarse algún souvenir más bonito que las flamencas de cerámica o los sombreros andaluces o mexicanos. Porque a los primeros turistas España, vaya a saber por qué, se los confundía vistiéndolos de mexicanos…

“Vamos, de paso buscamos el velero”… pensamos y dijimos. Subimos a La Dolores, el barco que llevaba a la otra isla pitiusa, y llegamos a la casa, al edén prometido. Téngase en cuenta que estamos hablando de una época en que no había casi teléfonos, no existían los móviles, ni gps ni whatsapp y , sin embargo llegamos. Como aquellas fieras que muestran a la hora de la siesta por televisión que llegan a la hembra en celo a través del olfato. Algo menos bestia porque llevábamos una carga enorme de sentimentalismo y capacidad de enamorarse tremenda. Lo pasamos muy bien, las chicas habían preparado ensaladas  y algunos platos indonesios, que tenían mucha más voluntad que éxito.

El desayuno reparador sí que fue bueno, inolvidable diría. En la playa que era la continuación de la casita, rodeados de lagartijas que venían a chupar la mermelada de nuestros dedos, superando la resaca y consecuencias bajo el tibio sol de la mañana. Y las invitamos a navegar contándoles nuestro siguiente plan para conquistar el Mediterráneo. Empezamos a pensar en los amigos en el islote vecino  y nos vino la morriña. ¿Y si retiramos el barco nosotros (en principio lo debía llevar un marinero si pasaba la prueba, a Ibiza) y vamos a Espalmador?, se le ocurrió a mi amigo premarinero. Agustín, ahora un experto navegante, daba sus primeros pasos en la materia. Yo, que sostengo que el mar es para los peces, asumí la aventura y fuimos al pequeño puerto a buscarlo al naútico. Había poco viento y no sabíamos cómo se salía de esa bahía para llegar a la bocana y enganchar el viento que ya empezaba a soplar. Resultado; me calcé unas patas de rana, una escafandra y un snoker y tratando que no se me vea desde abajo del agua y pataleando iba llevando el velero hacia su desafío de vientos y mareas. Una vez encaminados, la teoría era ir rumbo al Africa (hacia allá que va el viento y luego torcemos impulsados contra el viento… era la teoría del debutante, ante mi horror que me veía extraviado en Libia). Una delicia realmente con viento a favor. Hasta que noté que el frescor de mis pies se estaba convirtiendo en un baño de pies dado que cada vez había más agua en el casco. Eso sí, agua del Mediterráneo.

El diálogo, mientras las holandesas tomaban sol en bolas fue algo así y a los gritos de proa a popa:

–me parece que estamos haciendo aguas…

–no seas cagón, el cagón de siempre. Con la escafandra andá sacando agua, es normal.

–lo hago, pero cada vez hay más agua,

–seguí, no veo desde aquí que sea tan grave

..¿y si pedimos auxilio? (a otros veleros  y lanchas que pasaban)

–ni se te ocurra, será lo último ¿qué van a pensar las minas?

El agua era mucha. El capitán me permitió pedir auxilio sin mucho espaviento. Yo agitaba los brazos como un poseído y los barcos con turistas creían que les daba la bienvenida o qué y sacaban fotos. Mientras el velerito se iba hundiendo, hasta que capotó, es decir dio una vuelta campana. Las ninfas gritaron y trataron de recuperar bolsos y pertenencias. Allí perdí mi carnet de periodista que era entonces de cuero…rescatamos los pasaportes y tratábamos de dar vuelta el casco para volverlo a su posición normal.

Mientras el intento se iba haciendo cada vez más vano, escuché un motor antiguo, chuf, chuf, chuf… y vi una barca pequeña de pescador y un tipo que gritaba “suban rápido, ayuden a subir a las chicas y enganchen el casco a este cabo. Tarea que, por supuesto, hizo Agustín que sabía de nudos porque yo soy inútil y sin los pies en tierra más. Porque ese ambiente es para peces.

Subimos y el pescador me dice; “tú, lánzate y busca el timón que se está yendo porque es lo más caro”. Me sentí Kirk Douglas lanzándose al agua a rescatar una sirena. Empecé a nadar y el maldito timòn se iba cada vez más lejos, a pesar de que entonces al menos nadaba bien. Vi cómo se alejaba la barca y apenas ya sentía el chuf, chuf, chuf y me puse a gritar como loco que no llegaba y que me iba a ahogar porque me estaba cansando. Rompescotas que así nos dijo luego que lo llamaban, me dijo que nadara un poco a la derecha y ahora hacia aquí. Lo hice y me grita “ahora ponte de pie”. El agua me llegaba a la cintura. Me dio cierta vergüenza. Había un banco que los expertos conocían y lo esquivaban. Reposé, dejé ir el timón hacia Africa y volví a la nave salvadora. “En cuanto los vi en el agua me apresuré a ir” dijo con tono grave. “En ese lugar se murió ahogado mi padre, que era un experto marinero porque es uno de los sitios más traicioneros del Mediterráneo”. Casi  me vuelvo a arrojar al agua, pero esta vez con la boca abierta para no seguir sufriendo. “Además, dijo, si iban a Espalmador, iban equivocados”… Ahora con un GPS quizás lo repito…

Rompescotas nos pidió a la tardecita ya que lo ayudaramos a recoger algunas de las redes con la pesca. Cenamos algo que tenía en su barca y nos preparó para dormir. Y viene el momento romántico y aventurero total. Nos hizo recoger mucha alga seca (la famosa posidonia) y le dimos forma de cuadrilátero, sobre el cual extendió las velas y dijo que ese sería nuestro dormitorio. El tenía una cucheta dentro de la barca. Jolgorio, alegría, romanticismo y luz de luna, arrullados por la música de las olas, pensé ya con un sueño por tanta aventura y esfuerzo desde la noche anterior y el día que acababa. El salvador cometió un error, eligiéndome a mi para decirlo. Hicimos entre todos, contentos, un fuego por recomendación de Rompescotas. Cuando ya nos íbamos a acostar, va y me dice, a mí:   tienen que mantener el fuego en lo posible con llamas, aquí hay mucha leña y alga seca… porque si no vienen las ratas y mientras duermen pueden comerles los dedos, los ojos, etc.  Había escuchado algo así sosteniendo la teoría que eran islas dedicadas al Frumento (trigo y de ahí Formentera) que cuando se dejó de cultivar se desarrollaron las ratas con otros alimentos. (en uno de los asados que hicimos en Espalmador una vez el encargado de la parrilla me dijo “espántame ese perro que se morfará algo” y cuando fui a alejarlo, era una rata). Recordando esa  escena no dormí manteniendo el fuego, olvidándome de la holandesa , su amiga, mi amigo, que durmieron a pata suelta.

¿qué me trajo este recuerdo? ¿a qué viene esta tabarra?. Ahora lo explico. Despertaron, yo ayudé al pescador que había madrugado con las primeras luces  y que me dijo que con la clariana ya no venían las ratas y siempre pensé que me vio cagón y por eso me inventó la especie y fuimos a recoger las redes que faltaban.  Recogidas y ya con el chup, chup, chup hacia Ibiza. Rompescotas recuperó algo de pollo que le había quedado, separó calamares, sepias  y gambas de lo recién recogido y se puso a hacer un arroz que terminamos de comer a eso de las 8 de la mañana mientras entrábamos al puerto de Ibiza, sanos y salvos y con el coro de ¡¡¡¡OH AH y Amaising ¡¡¡de las holandesas. Era un arroz paella magistral. No sé si fue la emoción, el hambre, el amanecer o simplemente que era brutal. Durante muchos años quise recuperar ese sabor, la textura de ese grano de arroz, el cariño con el que fue hecho (aunque quizá rutinario para él) y nunca daba con todos esos placeres.

Hasta hoy, en Barcelona, que tuve que ir a un restaurante nuevo para hacerle una crítica y me reencontré con lo que bauticé “arroz de barca” y cómo será que recordé todo esto; que para nosotros fue una experiencia maravillosa que nos unió mucho como amigos, aunque nunca más supimos de las holandesas, ni de mi carnet de periodista argentino , pero sí muchas veces Agustín o yo nos encontrábamos con Rompescotas y compartíamos alguna copa.

Me reencontré con su arroz salvador en Manduka, entre los barrios de Gracia y Sant Gervasi, de Barcelona, en la calle Santjoanistes, 8.

Lo recomiendo mucho. Me emocionó.

Autor entrada: onmagazzine