Emigrante rico, emigrante pobre
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

No llegan hasta las orillas de esta isla africana jugándose la vida en un barquichuelo lanzado al mar sin ton ni son, ni tampoco escondidos en las tripas de un camión o metidos en maletas de otros pasajeros. Tienen pasaporte de países poderosos, pujantes y respetados del norte de Europa, amén de Gran Bretaña.Pero, eso sí, la mayoría no son muy afortunados en billetes. Muchos de ellos son la parte menos brillante de la población de la Europa del norte. Tampoco buscan trabajo desesperadamente ni sin desesperar. Llegan con un único objetivo, tomar el sol y beber buenos caldos aprovechando sus dineros, la mayor parte de las veces procedente de una pensión de vejez.

Los británicos suelen asentarse en casitas y vivir de sus pensiones, pero cada día se les hace más difícil porque sus dirigentes se salieron de la Comunidad Europea, con lo que sin nadie lo remedía llegará un momento en que no podrán beneficiarse de los servicios sociales, esenciales para la tercera edad, y además tendrán menos dinero para gastar porque sus pensiones disminuirán. Una especie de Waterloo sin Napoleón.

Los emigrantes del norte, noruegos, finlandeses, daneses y otros muchos que no chapurrean más que inglés y la lengua natal, llegan como a un edén, donde saben que la luz solar no les faltará y que con pocos recursos podrán comer y, sobre todo beber. Porque España es un país bastante más barato que los de los que ellos proceden y que una pensión nórdica da para bastante.

Incluso entre los 26.672 extranjeros que se asientan en mi isla, que solo cuenta un total de 77.486 habitantes (cálculos oficiales de 2016), los hay que solo cuentan pensiones pequeñas, pero que dan para vivir en estas latitudes. En Andalucía, la parte sureña de España, están asentados 127.176 extranjeros.

En total, según las mismas estadísticas, en España residen casi seis millones de extranjeros, de los cuales dos millones y medio pertenecen de derecho a la Unión Europea, con lo que tienen libre circulación. Nada que ver con los extranjeros subsaharianos o norafricanos que después de pasar mil penalidades para llegar jugándose clandestinamente la vida en el mar, son casi siempre devueltos a sus tierras de origen por falta de documentación. Si no se han ahogado en las aguas del intento.

Los nórdicos y otros ingleses llegan en sus vuelos baratos debidamente documentados y debidamente respetados por la comunidad de cafeteros, mayoría de los negocios, donde los recién llegados se dejan sus cuartos sin grandes problemas.

Todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches hasta la hora legal de cierre, los llegados del norte de Europa, de sus más helados rincones donde el sol sale parsimoniosamente y el calor nunca tendrá el vigor y la parsimonia sensual que aquí, en estas playas que se abren por todas partes y a las que muy a menudo siguen llegando los desesperados africanos que no buscan ni sol, ni bebida ni dónde tomar un baño.

En este isla mía se sale a la calle en un perpetuo murmullo de lenguas extranjeras que se cruzan sin abrazarse, mientras la lengua vernácula queda reservada a los nativos, una parte importante de los cuales sirven de mozos a los nórdicos y otros extranjeros que con un poder adquisitivo muchísimo mayor se ganan el aparente respeto de los camareros y camareras que le sirven una copa o un café con la conciencia de que dependen mucho de ellos para seguir viviendo.

Terrible convicción que, según un escritor nacional, Fernando Sánchez Dragó, hará que España, rodeada de costas por casi todas partes, termine por ser un país de meseros.

Ya de mañana, a partir de las nueve, cuando abren los bares de todo tipo y el sol empieza a picar, salvo los raros días de mal tiempo, las terrazas y el interior de los establecimientos del ramo se tiñen de extranjeros, con preferencia nórdica. Encuentran en el fondo de una copa de mal coñac local, pero que da el pego (1,50 euros) o en la primera cerveza de otras muchas hasta que cierren las calles (un euro) y un almuerzo nutritivo (bocadillo, tortilla de patatas y una bebida) cinco euros, la fuerza para resistir a la morriña que les corroe desde que aterrizaron sin conocer la mayoría el pueblo o la ciudad adonde llegaban y sin saber más de las palabras necesarias en español para que les sirvan. En caso contrario recurren al inglés, que por un sueldo escaso los camareros y camareras tienen obligación de chapurrear para servir a estos huéspedes que en nada se parecen a los ricos turistas que aterrizan en otras partes de España o de Europa.

Esas mismas bebidas son más difíciles de encontrar allá en el norte y, sobre todo, cuestan muchísimo más. Aquí, lejos de la patria, emborracharse puede costar un poco más de cinco dólares. El paraíso.

En los bares y cafés, cuanto más cutres más asequibles, estos turistas algo especiales de sol y sed procuran agruparse alrededor de una mesa y entre copa y copa o enormes vasos de cerveza se cuentan, se confían, hablan en su propia lengua, aunque sepan que su compañero de copa barata no les hace caso. Cada uno tiene un pasado, un baúl de penas y algunas alegrías y tratan de compartirlas, pero nunca con los españoles, que ni les entienden y que les desprecian un poco, llamándoles la mayoría de las veces borrachines.

Si han dejado sus vidas a cinco mil kilómetros al norte es porque saben que aquí, en la última frontera de Europa con África, la vida es facilona a condición de no ser muy exigente. De conformarse con el sol gratuito que cae para todos –otros emigrados más poderosos monetariamente frecuentan bares donde hay hasta animadores y de vez en cuando se meten en la iglesia del paseo marítimo en busca de lo que sea—y con esas bebidas que son tan baratas. Tanto que hasta hace poco se organizaban desde Inglaterra fines de semanas en pueblos de las costas españolas donde por un puñado de libras esterlinas te daban derecho a beber todo lo que querías, cubos de bebida, y a hacer todas las locuras que aguantase el cuerpo. Borracheras monumentales, heridos y algo más por saltos a la piscina del hotel desde un piso. El desenfreno barato y dicen que rentable para quienes lo organizaban.

Pero aquí en el sur la población es más estable. Algunos los conoces de vista desde hace años y hasta os saludáis con unas cuantas palabras en una lengua extraña que nadie podría identificar. Es el lenguaje de los desesperados, de los emigrantes que buscan en una copa el misterio de la vida que nunca encontrarán. Y así hasta que aguante el cuerpo.

Beber es morir un poco. Pero agradablemente, con parsimonia, sin prisa, y sin demasiados pensamientos angustiosos, parecen pensar ellos.