Un tinto con Jesús

Sergio Berrocal |Maqueta Sergio Berrocal Jr

En el estrecho ascensor que sube a la biblioteca de mi isla, una muchacha con el rostro enmarcado por un pañuelo blanco me sonríe con dientes espléndidamente blancos. Es bajita, bien hecha pero su sonrisa puede con todo. La regala como los buenos días del conserje que desde la puerta vigila las subidas y bajadas. Me dice unas palabras graciosas porque me he confundido de piso y entonces empiezo a comprender que el paraíso de Alá no es una leyenda. Tiene que existir y esta chiquilla se ha escapado para venir hasta aquí, pero no a buscar un libro, como yo me pensé. Ha seguido hasta el cuarto piso donde se acumula toda la tristeza del paro juvenil. Pero iba contenta, con la misma alegría que si fueran a darle un premio.

Nada más cruzar su mirada me ha recordado a alguna heroína de una película tunecina que amé cuando tenía edad para amar, allá por los años de esperanza. No era “Les silences du palais” pero el título se le parecía y quizá hasta las heroínas.

Ocurría en un viejo palacio de la casbah de Túnez donde unas muchachas, primas, amigas o quizá hermanas, juegan a los juegos del amor de pura iniciación, de pura provocación, porque son demasiado jóvenes para amar pero no para provocar.

Una de las historias que corría por el palacio era la de un viejo notable que todas las tardes se acercaba allí, cuando las muchachas estaban solas. Las miraba, las gozaba con los ojos y luego una de ellas resucitaba su pene acercándolo a sus muslos virginales que pronto conseguían el milagro impensable de la eyaculación. Mientras el viejo suspiraba de placer, la muchacha, muy hacendosa, siempre sonriente, como mi pasajera del ascensor, limpiaba cuidadosamente el semen de sus muslos con un pañuelo blanco.

El viejo se marchaba y la muchacha sonreía. Aprendizaje o iniciación, quién lo sabe.

Todas esas jovencitas de aquellas películas en las que la acción lenta, precisa, sin prisas, se alojaba en el fondo de palacetes olvidados por el tiempo debían de parecerse a las que seguían a Jesús por Nazaret o por donde quiera que iba predicando aquellas palabras de encantamiento que enfurecían a los fariseos hasta que, por fin, un romano bastardo y afeminado, un tal Poncio Pilatos, decidió que ya estaba harto de que aquel hombre de 33 años ridiculizara a sus soldaditos con faldas de cuero nada apropiadas para el amor pero sí para la guerra contra la belleza.

Cuando buscaba esta mañana una silla donde sentarme en el Café de la Esperanza, donde recalan todos los olvidados de Europa, sobre todo los perdidos del norte, un muchacho con barba primorosamente cincelada y pelo largo de maniquí de Armani me ha ofrecido una sonrisa y un sillón, el único libre en toda la variopinta y bulliciosa terraza, vigilada por un judas cualquiera con gorra, trenza sucia y barba mal tallada.

Le di las gracias y le dije mi nombre por la cortesía versallesca de la que todavía me quedan algunos retales aunque ya hace tiempo que olvidé París y el buen gusto de vivirlo. La camarera trajo dos copas de pie alto, que él había exigido con una sonrisa divina, y me pidió permiso para servirme de la botella de vino tinto que tenía abierta.

Comulgamos en la delectación del Pinot Noir de la botella y me sonrió para ofrecerme su nombre: Jesús dijo. Sonaba más a Oriente Medio que al habitual acento del norte de Europa. Quise bromear: “¿Ahora no me dirá usted que es de Nazaret, de Palestina?, dije.

El hombre parecía que tenía la sonrisa tatuada.

–Pues sí, respondió. Soy palestino y acabo de cumplir 33 años de edad.

–Ya solo le queda decirme que van a crucificarlo… Poncio Pilatos ya no existe – le espeté con toda la insolencia que daba el Pinot Noir.

Se echó a reir:

–Por supuesto que no. Pero todavía quedan muchos Poncio Pilatos.

Y rio con alegría, aunque también me pareció algo de resignación.

Cuando el Pinot Noir desapareció, Jesús ya se había marchado. Tenía un vuelo dentro de dos horas.

Dos días después, las radios no hablaban más que de la nueva intifada que se había organizado cerca de Jerusalén. Heridos, muchos heridos, algún muerto. Investigué y pude saber los nombres de muertos y heridos que figuraban en las listas de organismos internacionales.

En ellas estaba el de un tal Jesús, sin apellido, aunque se mencionaba el lugar de nacimiento, Nazaret.

Un amigo corresponsal en Tel Aviv me consiguió la foto del fallecido. La instantánea, tomada con un teléfono móvil apresurado, no dejaba lugar a dudas. Era Jesús, el mismo con quien yo había compartido la botella de Pinot Noir el día anterior.

Ah, ¿que no se creen mi cuento? Peor para ustedes. Procuren en todo caso no tomarse una botella de Pinot Noir con un desconocido. Por si acaso.