Jean Baptiste de la Turrerie | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hace muchos años, en un tren catalán, al anunciarse la próxima parada escuché Madame Subirac. Me quedé intrigado, confieso, por saber quién sería esta señora y que debería ser importante para dar su nombre a una estación de tren. Ocioso, me puse a investigar a la manera que se hacía antes que existiera Wikipedia. Preguntando en calles, bares, clubes de barrio y otros lugares donde algunas vidas se convierten en leyenda gracias a esa capacidad fabulosa de la imaginación, la picardía y la conversación. De niña fue Lily, una niña negrita que vivía con su abuelo ya que sus padres habían muerto. Su abuelo había llegado a estas prósperas tierras como esclavo en medio de ese tráfico que los negreros catalanes practicaron siglos pasados. Pero al parecer a poco de estar en estas benignas tierras obtuvo su libertad gracias a un terrateniente del lugar que lo puso a trabajar en sus viñedos. Mientras el abuelo se convertía en un experto en pronosticar el clima y sobre todo en la poda de la viña , paso elemental para el rendimiento de la planta, Lily fue creciendo.

Era, me dijeron algunos viejos del lugar, una niña muy amorosa, servicial, coqueta y muy dedicada al patrón de su abuelo, el poderoso de la comarca, aunque no se llevaba muy bien con los dos hijos del amo, una niña coetánea y un varón algo mayor. No reñían porque ella era muy dócil y no entraba en esas cuestiones.

El pelo renegrido, tremendos ojos negros de mirada acariciadora, una dentadura más que perfecta y siempre dispuesta a adornar una risa única, Lily tenía a todos comprados, menos a sus coetáneos inmediatos, que crecían bajo el mismo techo. Además de belleza, la negrita tenía un don especial: aprendía todo lo que se le enseñaba y su curiosidad la hacía ir más allá de lo que debía saber. Destacaba en los estudios y , de regreso de la escuela del pueblo, no había que decirle que haga los deberes. Se encerraba en su habitación y los cumplía y recién entonces salía a retozar o a ayudar a la ama en sus quehaceres.

Fue pasando el tiempo, me contaron los parroquianos, y cada vez Lily iba cobrando mayor belleza, esbeltez y una actitud que hasta podría decirse que llegaba a ser desafiante.  Por propia decisión no se integraba al grupo de los que podrían ser sus hermanastros , por el solo hecho de vivir bajo las mismas vigas y alimentarse con las mismas exquisiteces que preparaba la condesa de la casa, ayudada por el servicio, mayormente andaluz.

De tanta curiosidad y entrega en su colaboración culinaria, llegó a ser una gran cocinera, pero cocinaba cuando le daba la gana, ya que no tenía obligaciones al respecto. En realidad, Lily vivía como de prestada en una casa de ricos, sin obligaciones más que la de estudiar y ser una mujer de bien, como decía el noble.

Para su suerte, los dos hijos de la familia se casaron jóvenes. Ella con un alemán que se la llevó a su país y él con una rica del pueblo vecino, hija de un industrial integrado en la burguesía  catalana gracias a la fabricación de cajas de cartón, de madera, de corchos y otros elementos claves para la producción del cava, la bebida catalana elaborada según el método champenois, que los franceses no le permitieron llamar champán y mucho menos Champagne.

Una de las ancianas del lugar me contó que una vez, reposando  ante las colinas que preceden la imponente montaña de Montserrat, en un momento de descanso entre el lavado y la colada, la ya adolescente Lily le confesó cuánto le gustaría conocer otros lugares. “A mi me gusta mucho esto, pero en los libros que leo imagino que hay otro mundo que me estoy perdiendo”. En ese momento ocioso, nunca la ya hermosa Lily iba a pensar el mundo que le esperaba.

Ese invierno posterior a la boda de los hermanos, fue mu y duro. El frío y la humedad se habían asociado ese año con el viento. Un navajaso destemplado que parecía sacudir la ya frágil salud de la patrona, la condesa. Una neumonía terminó con ella. Lily estaba por cumplir ya 25 años. Su patrón, mucho más joven que la adinerada difunta, cumpliría 55. Medio siglo muy gastado, no sólo por el duro trabajo en las viñas, las preocupaciones naturales de un viticultor, sino por su vida desenfrenada, donde el póker era la excusa para escapar con señoras que las contentaba poniéndoles un piso en lugares alejados para poder visitarlas asiduamente.

Todo esto pasaba desapercibido para nuestra joven esbelta, que estaba muy unida al conde por el cariño que éste había sentido por su abuelo y la falta que le hizo éste al fallecer de una pulmonía. Pensó que podría reemplazarlo con otro payés que llegara a podar y dominar la viñas como el antiguo esclavo, pero nunca fue así. Y siempre lo echó de menos como compañero y amigo.

Al morir la vieja, los hijos se alejaron del padre y medio que lo abandonaron. Suele suceder cuando los hijos consideran que su padre es un mujeriego o algo así. Ni siquiera venían para su cumpleaños y menos para la festividad de Sant Jordi, su santo.  Así fue que un día, quizás despechado por su prole, casi solo ante la servidumbre, don Jordi decidió proponerle a Lily un viaje y ella eligió París, porque había leído a Proust y quedó prendada con las “madeleines”.

Del viaje no se supo mucho, porque Lily, a partir de entonces, fue más reservada, según los pocos testimonios.

Hube de recurrir a otras fuentes para poder saber algo más, pero fue inútil. Al Jordi se lo veía contento, se levantaba tarde, seguía asistiendo a las “partidas de póker” pero con menos asiduidad. Las malas lenguas , me dijo una interlocutora muy crítica con ellas, decían que se habían convertido en amantes. “¿Qué podría hacer ese viejo con esa belleza”? se preguntaba con algo de envidia un anciano murciano que había oficiado de tractorista en la finca.

La cuestión es que la masía se convirtió en un sitio hermético para extraños y quizás en un nidito de amor junto a la gran chimenea que entronaba al gran sala principal. El conde, de día, seguía con su ritmo, algo más cansino, pero sin dejar que su negocio baje el ritmo de gran prosperidad que le llenaba las arcas.

Pero un buen día, el viudo, ya anciano a pesar de la dulce compañía de la que gozaba , sufrió un infarto. Tuvo secuelas y no resistió el invierno. Los hijos simularon pena y dolor el día del entierro y la supuesta heredera se encaró a Lily y le espetó: “tú lo llevaste a la tumba”. Una frase muy del momento y la situación que a la negrita le causó gracia porque parecía haberla leído en un libro de Agatha Christie.

Días después se presentó un notario en la finca. Pidió hablar con “la señora Lily” o con “Madame Subirac”. “Lily soy yo, pero no sé quién es esa madame”, respondió sorprendida. “Es la misma persona”, respondió un atildado notario. “Tengo en mis manos el testamento del Conde de Subirac, que la hace poseedora de todos sus bienes, una vez descartados sus hijos “por comportamiento indigno” y le entregó una serie de documentos que Lily leyó por encima y pidió al mismo notario que en adelante se hiciera cargo de todo lo que a papeles y poderes fuera necesario.

Desde entonces, dijeron los parroquianos, no la vimos más. Se dice que vive en París en un “petit chateau” de la avenue Foch. Pero al parecer desde allí maneja con sabia maestría la vieja finca, los viñedos y sus rendimientos y produce un excelente cava, comparable con cualquier champagne, el más destacado de los cuales lleva su nombre, Madame Subirac.

Quedé bastante satisfecho con lo logrado, pero en París no pude dar con ella. Ni un rastro, ni amistades, ni salones de beneficiencia. Sólo especulaciones o fabulaciones de que es una hermosa, juguetona y acaudalada noble “española”.

Epílogo:

Días pasados volví a tomar ese tren que hace años me puso en mis sentidos a Madame Subirac. Pero esta vez, además de volver a escuchar ese nombre y seguir intrigado por el hecho de merecer una estación, leí el letrero en el andén. La estación ahora se llama Lavern –Subirats.

Me tendría que dedicar ahora a: 1) hacerme un análisis médico a fondo de mi sistema auditivo, 2) averiguar que tienen que ver los Subirats con la Subirac y 3) investigar si no fueron los hijos del Conde quienes hicieron cambiar el nombre a la estación, por puro despecho.