Lula en la tormenta perfecta

Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr

Lula, ahora en la cárcel, ha tenido grandes momentos y peores silencios en sus dos presidencias. Y la historia política de Brasil le ignoró mucho tiempo hasta que por fin se impuso y ahora, cuando iba a por un tercer mandato presidencial, llevado por el clamor popular, lo han metido en la cárcel, la mejor manera de dar al traste con sus proyectos. Es cierto que una parte de los brasileños, los más acomodados, los más poderosos, la derecha pura y dura, le han considerado siempre un individuo de clase inferior que no podía estar en el palacio presidencial de Planalto, pese a haber sido elegido Presidente dos veces consecutivas.

Sin siquiera tener en cuenta que sus resultados para sacar de la desesperación y de la hambruna a los más pobres fuesen reconocidos internacionalmente. Ya eran demasiado para los que nunca habían pensado que un pobre desgraciado podría llegar tan alto en un país elitista donde los poderes son cosa de las grandes familias.

Pero los pobres saben ahora que pueden llegar adonde nunca habían llegado. Con o sin Lula, Brasil es el país con el que el planeta entero tiene que contar. Por eso me ha parecido interesante contarles algunas de mis experiencias de Brasil, que reflejan el modo de vivir político.

En la lucha por la presidencia, Fernando Henrique Cardoso (FHC) venció dos veces consecutivas a Luís Inácio Lula da Silva, líder auténtico del único partido serio de la izquierda de Brasil, el Partido dos Trabalhadores, PT.

Los electores brasileños no habían querido nunca identificarse con ese pasado de hambre y sinsabores que fue el de Lula y que es el de la mayoría de los brasileños, que cuando tenían suerte se apiñaban en casas construidas con cuatro ladrillos y un poco de cemento.

Ilusiones perdidas y pateadas en 2002 cuando Lula fue elegido presidente (contra Cardoso) de una forma sorprendente y en 2006, año en que revalidó el título ganado cuando nadie creía en él. Y eso pese a que a los pobres siempre les ha fascinado el que sus enemigos han apodado Dom Fernando el Hermoso, el Rey, el Emperador.

Es la fascinación por Hollywood, por ese mundo virtual centrado en Brasilia, la capital federal, donde políticos sin escrúpulos, jueces todopoderosos, que a veces flirtean con la injusticia más total y la corrupción más profunda, representan los Tres Poderes, nombre de una enorme y psicodélica plaza de piedra que en esta ciudad separa a las dos Cámaras, al Palacio presidencial y al orgulloso edificio del Tribunal Supremo.

Cuando en enero de 1999 se le vinieron abajo los mercados de cambio, el Presidente Fernando Henrique Cardoso comprendió que se le había acabado el camino de rosas por el que había pisado en los cuatro años de su primer mandato y que el comienzo del segundo se presentaba duro de roer.

Repentinamente, mientras él pasaba un fin de semana bonitamente acompañado en una playa del pequeño estado nordestino de Sergipe, el presidente del Banco Central, Gustavo Franco, decidía dimitir, considerando que los planes gubernamentales en cuanto a la estabilidad de la moneda nacional, el real, eran una locura. Dimitió en una mañana del verano tropical y nada más tomar posesión de su cargo, su sucesor, el risueño Chico Lopes, se apresuraba a devaluar ese real que no solamente era el símbolo de los logros económicos del gobierno sino, sobre todo, la moneda más fuerte y estable de América Latina.

FHC estaba ya tocado por los plomos de los especuladores que se habían cebado en la Bolsa de valores de Sao Paulo y habían jugado con el aparente beneplácito del gobierno de Brasilia. Lo más sorprendente es que pese a todos esos disparos contra la economía nacional, muchos de los cuales, como se descubría más tarde, habían sido hechos hasta por íntimos suyos, el Presidente conservaba su legendaria flema, como si en lugar de dirigir el país más extrañamente complicado de toda América y de una buena parte del mundo, estuviese al mando de Gran Bretaña.

Y aunque de vez en cuando adoptaba el tono de Churchill cuando en la II Guerra mundial prometió « sangre, sudor y lágrimas », siempre dejaba sin aliento a los periodistas que ni en los peores momentos le vieron francamente decaído, ya fuese por un exceso de optimismo personal o, como decían sus enemigos, por mero cálculo político. Contra vientos y mareas, y dejando muy atrás a sus adversarios, FHC consiguió un segundo mandato, rompiendo así la tradición republicana de Brasil. Y por mucho que se le critique, guste o no guste, es indiscutible que la reelección dejará su marca en la Presidencia de un Brasil que después de los devaneos de su antecesor, Fernando Collor de Mello, apartado del cargo el 29 de

Diciembre de 1992, por estar envuelto en un enorme escándalo de corrupción, conoció cuatro años de estabilidad monetaria que despertaron inmensas esperanzas pese a la fragilidad sin cuentos de la moneda. Al guapo Collor lo echaron los parlamentarios en una sesión histórica – aunque en realidad había dimitido horas antes de que el Senado pronunciase su impeachment.

Un final curioso, si se tiene en cuenta que Collor había tenido su momento de gloria en el extranjero, precisamente porque se había atrevido a atacar los bastiones de los llamados « maharajás », altos funcionarios brasileños con sueldos millonarios que siguen existiendo pero con los que nadie se mete. Y tanto más curioso fue la caída de Collor si se tiene en cuenta que atracar en Brasil no es delito, a condición de que quienes empuñen las armas sean los poderosos.

Cuando la fracción del PMDB (centrista) que estaba harta de seguir ciegamente a FHC quiso rebelarse en una convención celebrada en la Cámara de Diputados de Brasilia, el que fuera vicepresidente y hasta Presidente interino a la caída de Collor, Itamar Franco, se encaramó al escenario para proclamar sus deseos de ser el candidato de esa rebelión independentista.

Los partidarios del Presidente apenas le dejaron hablar. Entraron en acción en medio de un ensordecedor barullo de gritos y cantos varios y la cabellera blanca del otrora sonriente protagonista del carnaval carioca junto a una procaz desconocida que había olvidado ponerse una braga empezó a agitarse en un desordenado tembleque por encima del micrófono al que intentaba agarrarse desesperadamente. Itamar estuvo a punto de ser arrojado desde el escenario.

También es verdad que FHC había tratado de que la sangre no llegase al río y que hizo lo que pudo para que aceptase otro cargo. Llegó a prometerle la gobernación de su estado natal de Minas Gerais, en el rico e histórico sudeste, lo que Itamar rechazó, al parecer con indignación, pero para el cual fue finalmente elegido en aquellos mismos comicios, cosas del destino o finalmente del maquiavelismo político de su adversario y amigo.

Sea como fuere, Itamar habrá sido sin la más recóndita duda el personaje que mejor y con más valentía plantó cara al Emperador, que los caricaturistas comparaban con un dios todopoderoso, orgulloso y que no quiere compartir nada. Probablemente haya representado en Brasil una de las pocas oportunidades de frenar e incluso de abortar una presidencia absolutista de tipo bonapartista que, de haber dependido únicamente de Cardoso, habría prolongado con un tercer mandato más. Porque en una tierra donde los santos no reconocidos por la Iglesia y donde los profetas de todo pelo siempre han sido conductores de multitudes, FHC tenía la impresión de estar dando a su gente algo que no se merecía, un presidente moderno, « europeo » o « norteamericano », según los gustos, que tuteaba y en sus propias lenguas a los grandes del resto del mundo, los cuales miraban con codicia mal disimulada hacia el potencial económico que representa un país en cuya Amazonía, a juicio de muchos expertos, existe una de las riquezas toda- vía inexplotadas y que será mucho más cotizada que el petróleo dentro de unos cuantos años, el agua pura.

Lula, como se le conoce, como todo el mundo le llama y como él quiere que le llamen, es todo lo contrario de ese Fernando Henrique Cardoso, FHC, tan culto y refinado. Obrero metalúrgico cuando todavía había que pelearse contra una dictadura, Lula se crio en una casa típicamente brasileña, con muchas bocas hambrientas y poco de comer. No se sabe si alguien le dictó su conducta, pero lo cierto es que aunque pueda conocer a Marx de oídas entendió desde chiquillo que en esa vida que le había tocado vivir sus únicas armas para salir adelante eran el valor y el valor.

Cuando todavía los militares se entretenían en colgar por los pulgares a algunos revoltosos y en animar este tipo de pasatiempo aplicándoles corriente eléctrica donde más daño hace, Lula se echó a la calle y consiguió poner en marcha en 1978, siendo ya presidente del sindicato de obreros metalúrgicos de San Bernardo y Diadema (dos barrios de Sao Paulo), la primera huelga de obreros de la región paulista, tradicional pulmón económico de Brasil. Lo metieron preso y se presume que el pedazo de dedo que le falta en la mano izquierda se lo quedaran los milita- res. Dice sin empacho que lo perdió cuando era tornero, oficio que comenzó a aprender a los quince años de edad, después de haber pasado su anterior infancia reventándose de trabajar como vendedor callejero.

Y ser « cameló » en Brasil no tiene nada de realmente elegante. Nacido en 1945, en Garanhuns, un lugar perdido de Pernambuco, en el nordeste, donde el hambre sigue matando a cientos de miles de brasileños todos los años cuando llega el momento de la sequía y el cielo se niega a llorar, lo que sucede casi durante los doce meses del calendario gregoriano, Lula metía miedo a los brasileños aunque fuese el hombre más cariñoso del mundo.

Los miserables lo votaban, porque el hambre les pesa demasiado incluso cuando la resignación se ha convertido en una fórmula de supervivencia y cuando se piensa genéticamente que siempre puede ser peor.

La gente que comía todos los días y la clase media alta casi ni le miraba a la cara. Unos y otros consideraban, tal vez muchos sigan considerándole así, que si un día su Partido dos Trabalhadores (PT) llegase a mandar en Brasil, quitaría el almuerzo a los más pobres y a los otros se les metería en sus casas para echarlos a la calle. Aunque la izquierda brasileña es de un pacifismo atroz, que deja perplejo por la ineficacia que implica, los electores siguen viendo en los izquierdistas a esos monstruos con el cuchillo entre los dientes que durante muchos años dejó en Francia al partido comunista en la estacada, incluso muchísimo antes de que se descubriese que los crímenes perpetrados por el comunismo soviético habían sido todavía más atroces que los del régimen nazi.

Siguiendo con el cuento, nada tiene de extraño que Lula fuese realmente un héroe hemingwayano, un auténtico perdedor al que nada le sale bien. Cuando se presentó a la elección para la Presidencia de la República por primera vez era en 1989 estaba muy bien situado en la última recta de la carrera contra Fernando Collor de Mello, guapo, inteligente y multimillonario. Tanto que estuvo a punto de ganar. Pero en los últimos metros hacia el palacio de Planalto le sacaron a relucir un negocio de amante y de aborto. Y al ex obrero se le cayó el pelo.

Los brasileños se convencieron de que no se puede ser pobre y presidente, que un pobre es forzosamente malo y culpable aunque algún demente quiera probar o pruebe lo contrario. En 1994 Lula volvió a intentarlo contra Fernando Henrique Cardoso. Y una vez más se quedó sin dientes. No contento con ello, cuando FHC hizo reformar la Constitución porque consideraba que con sus cuatro primeros años de gobierno no le había dado tiempo para hacer todo lo que quería, –su segundo mandato lo inauguraría con la caída en picado de la moneda nacional –, el ingenuo Lula volvió al ruedo.

Y contrariamente al dicho de que « a la tercera va la vencida », a él volvió a salirle el tiro por la culata y seguramente pasará a la historia como el hombre que tres veces consecutivas perdió la posibilidad de ser Presidente de Brasil. Fue la única ocasión que la izquierda tuvo hasta entonces de poner en práctica un discurso típico suyo, aunque el PT haya superado ya un poco la etapa de la revolución del proletariado para fijarse metas más en consonancia con la política de globalización que FHC impuso en Brasil.

Ese modernismo lo representaba en 1999, dentro de las filas de la izquierda y del PT, y quizá con miras a la elección presidencial del año 2002, el profesor universitario Cristovam Buarque, que en la campaña del 98 había asesorado a Lula. Era uno de los personajes del PT que más se destacaba. No obstante, aún a sabiendas de que haría falta un milagro para que la izquierda gobernase un día en Brasil, Cristovam Buarque se decía convencido de que la presidencial de 1998, cuando Lula lo intentó por tercera vez, pero realmente contra su voluntad y a sabiendas de que, como él mismo decía, iba a ser sacrificado en « el altar de la izquierda », no era la ocasión ideal para que la izquierda se abriese paso hacia el palacio de Planalto.

Buarque reconocía que el PT estaba trabado por el pasado de la dictadura, cuando este partido surgió como desafío. Pero se radicalizó tanto alrededor del entonces líder petista, Lula, que una parte importante de la dirección nacional llegó a convencerse, quizá también por comodidad, de que el único que podía llevarles a la victoria era él.

« Después de ser un partido de trabajadores – me contaba el universitario – el PT pasó a canalizar las reivindicaciones de los grupos corporativistas, pero sin tener una propuesta clara para todo el país. “Ahora – afirmaba Buarque en aquellas postrimerías de 1999 – está surgiendo un partido que ya no es centro de las reivindicaciones específicas de esos grupos sino un elemento transformador de la sociedad… Pero el culto hacia el fundador del PT es absurdo. Si el cristianismo se hubiese circunscrito al círculo de los doce apóstoles, ya habría acabado. »

En el fondo, le era también difícil escapar a los tópicos de « una mejor distribución de la renta, cuando se sabe que los grandes capitostes del país nunca permitirán que los pobres sean algo más que pobres y que los muertos de hambre del nordeste no paguen religiosamente su cuota anual de cadáveres de la hambruna. Porque para ellos, que tienen el poder entre sus manos, es un argumento electoral.

Toda la izquierda entendía que la única forma de que los brasileños recobrasen algo de dignidad era conseguir que pudiesen ir a la escuela, desde la primaria a la universidad, con lo cual se asegurarían un empleo y un sueldo menos malo. Pero quienes están en el poder también conocían el poder del arma de la enseñanza y el peligro que puede representar. A la universidad iban, por lo tanto y mayoritariamente quienes tenían padres con sueldos más que decentes y podían ayudarles, pese a que muchos estudiantes de condición más que humilde se empeñasen en llegar a las aulas universitarias como medio de emancipación social. Cristovam Buarque es el inventor de la llamada « bolsa escola », que consiste en asegurar a las familias un ingreso mensual por pequeño que sea y en general equivalente al sueldo mínimo interprofesional, alrededor de 150 dólares, a condición de que manden a sus hijos a la escuela. Pero aunque la idea es genial y ya fue adoptada en varios países de América Latina, no pasa de ser una utopía más en el país de las utopías. Muchas familias brasileñas no tienen más remedio que mandar a trabajar a sus niños, a veces en labores tan penosas como el corte de caña de azúcar o las carboneras, para no morirse de hambre.

Con Lula parecía que se estaban arreglando las cosas. Ahora parecería como si los brasileños tuviesen que cantar a coro aquel título de “Volver a empezar”…