Cuando ser periodista cuesta la vida

Por José Dos Santos | Maqueta Sergio Berrocal Jr

“La bolsa o la vida”, amenazaba el ladrón de caminos a sus víctimas en las narraciones ficticias de mi niñez. Hoy, los nuevos malhechores, llámense narcotraficantes, paramilitares o asesinos a sueldo, las mafias o cualquier violento que en el mundo pulula, han asumido una variante mortífera para mi gremio en otros lares: “El periodismo y la muerte”. El asesinato de un equipo clásico en una cobertura de prensa (periodista-fotógrafo-chófer) del diario El Comercio, de Ecuador, ha constituido el más reciente, trágico y cruel episodio de una tendencia cada vez más visible en sociedades convulsionadas por conflictos críticos, en las que la vida deja de ser un valor sagrado para convertirse en algo desechable.

“Maten al mensajero” parece ser la divisa que se impone en muchos de los que ven a los que ejercen la profesión de informar, indagar y opinar como un peligro a sus intereses, o, como es el caso que estremece hoy al mundo, fórmula para amedrentar o moneda de cambio para lograr sus objetivos.

Ecuador vive días de duelo nacional por esos trabajadores de la prensa a los que se deseaba ver vivos y libres no sólo por sus familiares y colegas: fue un reclamo masivo que recorrió la nación, esa que ahora sufre por primera vez un suceso de esa índole.

Hay otras en Latinoamérica, en la que ya casi no es noticia la muerte de un informador, como México y Colombia, que se disputan la cima histórica de la macabra hazaña en nuestra región, como sucedió también en la Argentina de las dictaduras militares.

Las cifras pueden dejar de tener sentido (su repetición parece que los embota) y son las imágenes, los rostros, los que más impactan en el común de las mentes, pero siempre hay que recordar a los 37 asesinados en América Latina en 2017, según el informe anual de la comisión de Investigación de Atentados a Periodistas (Ciap), de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap), y sumárselos a los centenares que cayeron antes en el cumplimiento de sus misiones y los que en este año –incluyendo desaparecidos—enlutan muchas familias y redacciones.

Como se ha visto ahora, junto a los profesionales de la palabra y el lente también corren grandes riesgos sus más cercanos colaboradores. Todos unidos en el cumplimiento de una tarea, el reportero Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra se fusionaron para la historia en un equipo mártir del periodismo mundial.

Por ellos y nuestra profesión, sobre todo cuando se cumple con el corazón limpio y sin intereses mezquinos, habrá que seguir dando la batalla porque la verdad se imponga, caigan las cortinas de la impunidad, la mentira y la manipulación, y que el acceso a la información sea algo más que una consigna vacía.