Matanza de inocentes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Nada dice que Lula podrá volver a presentarse a las elecciones presidenciales de Brasil. Los antiguos coroneles que dominan las riquezas del país no han olvidado y no han perdonado sus dos mandatos que aliviaron un poco el hambre de Brasil. Ese mismo hambre que en el mundo se ha intensificado últimamente, de acuerdo con informes internacionales. Mientras, los malos recuerdos se imponen y van derecho al Río de Janeiro de octubre de 1997, cuando estaba a punto de recibir al Papa Juan Pablo II, quien nada más llegar hizo sonrojarse al Presidente de la República, Fernando Henrique Cardoso, hablando de la suerte que se reservaba a los llamados niños de las calles. Porque alguien había contado seguramente al Papa que hubo un tiempo, mucho antes de que él llegase a la antigua capital de Brasil, en que « exterminadores » no identificados, por supuesto, pero profesionales se tomaban la limpieza por su mano, aunque se decía que era por cuenta de comerciantes exasperados de que los mini mendigos le espantasen a la clientela, y conseguían que una de las más bellas iglesias de Río, la Candelaria, que el siglo pasado mandó construir un portugués que a punto estuvo de ahogarse con su familia cuando hacía la travesía del Atlántico hacia Brasil, se convirtiese en escenario de la terrible crónica de sucesos. Fue en la madrugada de un día de julio de 1993, a la entrada de esta catedral, donde un grupo de niños callejeros descansaban después de haberse buscado la vida durante todo el día por las calles.

Varios siniestros personajes, según los testimonios recogidos entonces, asesinaban durante la madrugada a ocho de aquellos niños sin padre ni madre que los amparasen, disparándoles a bocajarro, sin misericordia, y puede imaginarse que hasta santiguándose.

Cuando el Papa visitó Río de Janeiro en 1997, hizo su paseo por la ciudad, en medio de impresionantes medidas de seguridad. El cortejo, en medio de rascacielos y de una multitud fervorosa, pasó delante de esa iglesia de la Candelaria.

El chófer disminuyó la velocidad justo el tiempo, segundos, que Juan Pablo II tardó en echar una bendición desde su « papamóvil », mientras un helicóptero de la policía rugía impacientemente, con los dedos de los agentes en los gatillos de todo tipo de armas, a escasos metros de las cabezas de los fieles.

Aquella tarde, quienes no habían olvidado la atroz matanza se manifestaron con pancartas alusivas. Como se manifiesta la gente en Brasil, con tranquilidad y buena cerveza, sin ánimo de romper el orden constitucional.

Cuando el público se retiró y sólo quedó del fugaz paso del Papa aceras llenas de papeles y otros detritus, varios muchachos volvieron a ocupar aquella entrada de triste memoria, pero que para ellos era sencillamente el lugar donde duermen. Nunca olvidaré a una chiquilla vista y no vista aquella tarde en la Candelaria.

Con sus brazos en jarra, en un gesto de rabioso desafío, la niña, que no debía de tener más de ocho años y que probablemente hubiese tenido problemas de memoria para recordar quienes eran sus padres y sobre todo dónde estaban, espetaba con voz chillona, pero con gesto de mamá sacada fuera de sus casillas a un chiquillo de su edad: «¿Qué pasa, tío, tú qué te crees que es la vida?»

Desde entonces, la matanza de la Candelaria volvió a tener ecos en otros puntos de Brasil, e incluso en el mismo Río, donde la crónica de sucesos repitió durante algún tiempo reseñas sobre barbaridades similares. Otros cinco chavales – tenían entre 15 y 17 años – eran encontrados al amanecer de un viernes en un barrio carioca. Los habían rematado a tiros la noche anterior, después de bajar de un autobús en el que se habían negado a pagar sus billetes, dijeron los periódicos. Cuando se apearon del vehículo, unos desconocidos, como siempre, armados con revólveres, los esperaban en la oscuridad, donde los asesinaron fríamente. Pero ésta no es más que una reseña de tantas otras sobre esta manera tan expeditiva de “limpieza turística”.

Una gran parte del turismo europeo visita, sin embargo, el nordeste, donde se encuentran las más bellas playas de Brasil y donde « aficionados » italianos, alemanes, franceses y de otras nacionalidades acudían en vuelos directos desde Europa, para desarrollar un infame turismo que está oficialmente fuera de la ley, faltaría más.

Aquella noche de la inolvidable visita a la Candelaria, Juan Pablo II, en el grandioso estadio de Maracaná, lleno como para una final de la Copa de fútbol, tuvo bonitas palabras de recuerdo para esos niños: “Hay muchos huérfanos de padres vivos”.

Y esta advertencia con tono de amenaza: “Las sociedades que se despreocupan de la infancia son inhumanas e irresponsables”.

¿Qué ha quedado de aquellos mensajes?

Estadísticas de la Secretaría Municipal de Asistencia Social y Derechos Humanos señalaba en 2015 la presencia de “513 niños y jóvenes que mendigan en Río de Janeiro”.

Es maravillosa la precisión de los encuestadores que contaron 513 niños no 514 o 516. Juan Pablo II habría quedado satisfecho.