Belmondo, 85 años de vida y mil de películas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Con la cara de un boxeador desencajado por la mala suerte de un tango musitado por Mario Benedetti en un boliche de Montevideo, la mejor carne argentina, y mejor que la brasileña, Jean-Paul Belmondo fue el estandarte de la nouvelle vague, el movimiento intelectual cinematográfico francés y ya en los sesenta había rodado nada más y nada menos que “A bout de souffle” de Jean-Luc Godard. Era tan insólito como si hubiesen pillado al suizo riéndose con una película de Fu Manchú. En realidad, por muy guiada que pareciera su carrera, también figuró en “Pierrot le fou”, del mismo suizo Godard, Belmondo no estaba para papeles intelectuales o que se le pareciesen. Desde que se asomó a la primera pantalla todos comprendimos que era un “rigolo”, un cachondo, más boxeador en sus ratos perdidos que profesor de la Sorbona.

Y no es que el muchacho fuese un andrajoso bruto ni tuviese un historial de infancia difícil. Era un burgués en la Francia de la burguesía, con un padre arquitecto de reputación, Paul Belmondo, pero había nacido con el físico menos indicado para leer a Proust a la hora de la siesta.

Aunque siempre arrastró “A bout de soufflé” como título mítico, su carrera popular, la que le convirtió en el actor más querido y más respetado de Francia, la hizo a base de mandobles, corriendo por toda la escala de películas hechas para distraer y no para pensar.

Belmondo ha cumplido ya 85 años pero parece que fue ayer cuando le veíamos agarrado a un helicóptero, haciendo acrobacias en un avión, y casi siempre pagando con su cuerpo serrano porque le gustaba el riesgo.

Pero cuando se mete uno en su filmografía se da cuenta que había olvidado la dramática y bella “Léon Morin, prètre” que bajo la dirección de un realizador de peso como Jean Pierre Melville rodó con Emmanuelle Riva. Y entonces no tienes más remedio que admitir que tenía una formación muy seria de actor, tal y como era la moda en aquellos años en París.

Hago hincapié en este detalle porque cuando ves ahora a jovencitos y otros menos jovencitos que no saben moverse y menos hablar aunque ya son estrellas de cine y de televisión da la pena de lo desconocido.

Belmondo era un clásico incluso para su formación, lo que luego le dio en el teatro y en el cine la facilidad de ser capaz de interpretar cualquier personaje sin que se le cayeran la voz o los gestos.

La carrera, la vida, la obra de Belmondo no son la de un muchacho con suerte que se pone delante de una cámara porque la casualidad pasaba por su puerta. Es, pese a su aparente facilidad a la hora de interpretar, la recompensa de enormes esfuerzos para convertirse en el actor más popular de Francia, más que Jean Gabin, aunque de otra generación, o de cualquier otro.

Con él y con los papeles que fue buscando a partir de un cierto momento, “L’homme de Rio”, “Flic ou voyou”, y tantísimos otros, el cine francés saludó la aparición de un actor que sin tener la belleza o la gracia felina de un Jean Marais convertía su fealdad en virtud interpretativa.

Hasta ahora mismo, cuando todavía se permite alguna que otra incursión entre faldas que le ponen al borde del abismo de la pareja, ha sido el personaje de cine más respetado en Francia, pese a que en este país nunca han faltado los grandes actores que se imponían siempre o casi siempre por su propia personalidad.

Describir su carrera es disputar las 24 horas de Le Mans o meterse en el Mustang de Steve McQueen en “Bullit”. Todo a doscientos por hora, con risotadas, majaderías a veces, excelentes guiones siempre y una impecable dicción.

Con Alain Delon formó el tiempo de unas películas una pareja de mafiosos de Marsella de lo más singularmente divertido. Así nació “Borsalino” y sus aberrantes aventuras en los bajos fondos de los años veinte del charleston en una ciudad que incluso ahora sigue siendo el infierno de la policía.

Rivales en las carteleras, amigos o enemigos en los guiones que les daban, Delon y Belmondo constituyeron la pareja por la que cualquier productor pagaría el precio que le pidieran.

Lo que siempre distinguió a Belmondo fue su facilidad de adaptación al medio, la facilidad que tenía para pasar del mundo de los bandidos al universo de los señores acaudalados y remilgados. Y su humor, sin el cual el mito Belmondo no hubiese existido.

Felicidades, Monsieur Belmondo.