Ron para uno

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es lo que faltaba. Ni las revistas envueltas en papel cuché, de ese que se parece a las sábanas que Milady mandó poner en su cama para acoger a D’Artagnan, te dejan soñar. Hace años tenían la ineludible obligación de ayudar a evadirte, porque no todo puede ser dale que te pego a la imaginación del trabajador que usa los dedos como garfios de pirata para arrancarle a la máquina la verdad y que se deje embarazar de un cuento.Durante años he soñado, y seguro que algunos de ustedes también, en embarcarme en uno de esos aviones con primera de güisqui a gogo y canapés recién sacados del horno durante las doce horas del vuelo a lo más profundo de África en busca de Stewart Granger y de Deborah Kerr que me hubiesen esperado en el aeropuerto de la selva.

Me llevarían los dos, aunque también hubiese podido ser John Wayne y Elsa Martinelli, rumbo a las profundidades de la sabana, con un calor agobiador, apenas con agua que beber. Y seguro que si no descubríamos las minas del rey Salomón encontraríamos una simpática historia que sonara a Hatari. Andaríamos durante semanas por un mundo jamás pisado por el hombre blanco y al que el hombre negro, bueno el hombre africano, de color, temiese como todos nosotros.

La revista de papel cuché ha dado al traste con mis sueños, maldito bastardo de director sin entrañas. Resulta que ahora puedes internarte en una de esas sabanas de Namibia en un super lujosísimo tren, nada menos que el Shongololo Express, que deja en pañales al Trans Europe Express donde siempre oficiaba Hércules Poirot entre la estación de París y la de Venecia en busca de un crimen en medio de encajes antiguos y bellezas británicas.

Ahora te metes en el Shongololo y ya te sirven las jirafas por las ventanillas, los tigres de Bengala desayunan contigo, por docenas, sin que Sabú haya sido advertido de tamaño despropósito.

Desde que cualquiera puede cruzar los aires por treinta o cuarenta euros, algo más si paga en dólares, los misteriosos viajes se han acabado. Entonces, tu amigo el suizo, que fue jefe de mayordomía en Swiss Air, la mejor compañía de aviación del mundo hasta que la crisis se la llevó, se te echa a llorar en el Café Esperanza, donde Cati acude rauda con un copazo de brandy quitapenas.

Los mentecatos que dirigen el mundo te rompen los sueños, cuando menos te los cascan, con una asquerosa indiferencia llena de billetes. Y Antonio Banderas, estrella internacional, le explica a un reportero baboso y desconsiderado que se ha comprado un avión privado para sus viajes porque, chico, eso de andar por los aeropuertos es terrible…

¿Qué te queda? Ni siquiera el harakiri, porque me han advertido que está prohibido, como suicidarse sanamente está muy mal visto por las enfermeras que tienen miedo de las vomiteras en sus blancos uniformes.

Marx, no el del cine, el otro, el que quería arreglar el mundo con compañeros como Lenin, tendría un fulminante infarto si supiese que ya se ha alcanzado la igualdad. La clase trabajadora ha asaltado las líneas aéreas, qué más da adonde vayan, y tú, que ni eres trabajador ni tienes clase, te refugias en tu televisor esperando que la guapa de la 9 te diga algo bonito, aunque tú sabes que es cosa de cine, que no es para ti.

Jesús ha vuelto a subir a la cruz, para distracción de la plebe. Lo hace todos los años desde hace casi veinte siglos, en un remake de Cecil B. de Mille de su auténtica pasión, la que protagonizó aquel degenerado de Poncio Pilato, el de la falda corta que era una vergüenza. No está escrito lo que hoy le dirían las feministas…

Cari está nerviosa. Resulta que ha perdido una carta que hace dos semanas le di en La Habana. Me la había mandado el editor de Hemingway y yo estaba muy ilusionado.

Seguía nerviosa después del segundo güisqui y después de que me besara y abrazara con desesperación. “¿Te das cuenta de lo que he hecho?”, me preguntaba con toda la ansiedad de su cara bonita. Yo no me daba cuenta de nada porque teniéndola entre mis brazos me sobraban todas las cartas del mundo. Las cartas de todos los editores del mundo.

Se serenó y soltó una de aquellas risotadas suyas que siempre te dejaban al borde de todo. “¡Aqui está la carta!. ¿Te creías que soy tan tonta como para perderla?”.

Las manos me temblaban como a James Stewart en “Vértigo”, cuando ha comprendido que Kim Novak le espera para siempre. “¡Cari, me dice el editor que en tres días y medio, casi cuatro, en la Feria de Francfort han vendido treinta y seis ejemplares de mi libro “Un taxi para La Habana, con parada en Miami”. Y asegura que de Jartum le han pedido catorce ejemplares más para una escuela de guías de montaña! ¡Es la gloria, Cati! ¿Recuerdas lo felices que fuimos en Jartum cuando yo llevaba el uniforme rojo y el caballo blanco?”.

A última hora me decidí por el baño turco con cianuro diluido en el raki.

Cari se casó por fin, me lo dijo en un telegrama urgente, con el heredero de la British Oleo y ahora dice que desayuna todas las mañanas diamantes con mantequilla de Normandía.

¿Entienden ahora por qué nunca quise abrir la puñetera carta?