La abuela cubana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Gracias a un profesor de Arte Dramático cubano y a un historiador español supimos hace un tiempo de la existencia de una mujer que conocíamos vagamente de nombre, Adela Escartín Ayala, por lo visto una actriz de alto copete tanto en España como en Cuba. A media que avanzaban las investigaciones, la confesión del profesor y un mosaico de miles de recortes de periódicos nos fue dando una idea de esa dama del teatro, y también del cine y de   televisión, que en Cuba había sido una primerísima dama de la interpretación y que trabajó y vivió en La Habana cuando ya Fidel Castro había rendido a Batista.

Hasta que nos llegó la noticia definitiva después de muchas verificaciones. Adela, que acababa de fallecer en Madrid a una avanzada edad, era hermana mía, hermana de padre, hermanastra o como ustedes quieran llamarlo. Pero ya era demasiado tarde. No nos quedaba más que imaginar qué hubiese pasado si no nos la hubiesen robado durante todos estos años, porque ella había nacido unos años antes que el Coronel me diese vida a mí, en Ceuta, donde dirigía el entramado militar de Francisco Franco.

Mucho hemos pensado en esta absurda aventura. Es posible incluso que ella y yo nos hubiésemos encontrado en más de una recepción o acto social en La Habana, que yo descubrí en 1985 solamente, cuando ella ya había sido estrella de teatro, de cine y televisión y ya también con un marido a cuestas.

Da mucha rabia no poder poner los relojes en hora para recuperar todo ese tiempo perdido. Porque Adela había tenido un hermano que fue matado al comienzo de la Guerra Civil española, hacia 1936. Le quedaba yo y supongo que le hubiese hecho cierta ilusión aunque este hermano menor hubiese sido concebido con otra mujer que no era su madre. Grandes momentos para un telefilm por lo menos.

Mi amigo argentino-cubano Alfredo Muñoz Unsain,Chango, que hasta su muerte en 2010 fue el decano de los corresponsales extranjeros en La Habana, cuando estar de guardia en Cuba para un periodista extranjero suponía bastantes dificultades, siempre se extrañó, siempre sospechó de mi enamoramiento tardío de Cuba. No lo entendía y siempre bromeábamos con ello.

Ahora ya es demasiado tarde para enterarlo del porqué de aquella pasión cubana mía.

Escarbando en la documentación que nos reveló la existencia de Adela Escartín como hermana y tía de Tony, mi hijo, el principal hacedor de estos descubrimientos, nos ha llegado otra sorpresa mayúscula.

La madre del Coronel era al parecer cubana, asentada en Villa Clara, en cuya capital, Santa Clara, se encuentra enterrado Che Guevara.

Por lo tanto, mi abuela paterna, aunque sea por la puerta de atrás, era cubano.

Lo siento, Hemingway, yo siempre creí que mi adoración por Cuba venía de tu propio amor por la isla y de aquel viejo y el mar que metiste en la playita de Cojimar. Ahora va a resultar que era algo más profundo, más íntimo. Cosas de la vida.

¿Que qué es lo que siento después de descubrir una hermanastra medio cubana y una abuela cubana de Santa Clara? Me da una rabia profunda, una sensación de frustración total, un sentimiento de pérdida, de abandono, de expoliación. Alguien, en la tierra o en el cielo, me ha tomado el pelo.

Me siento tan puñeteramente estafado por la vida que ya no sé a quién pedirle cuentas. Dirigirme a la ONU, que normalmente no sirve para nada, sería ganas de perder mis esperanzas. Quizá diciéndoselo a Donald Trump, o a su amigo norcoreano Kim Jong.un conseguiría por lo menos un par de twists de simpatía. Aunque lo dudo, lo dudo, como aquel Trío los Panchos.

Ya sé que todo esto que les estoy contando en esta mañana nubosa les hará sonreír hasta con posibilidad de un cachondeo jocoso. La verdad es que hasta mí me dan ganas de darme dos o tres cabezazos contra la pared a ver si las ideas fluyen mejor.

Les resumo la situación para que se regodeen un poquito más a mi costa. Tengo ocho años de edad cuando me doy cuenta de que mi papá, el Coronel, me ha abandonado porque tenía otra familia en otro lugar del mundo. Tengo muchísimos años más cuando me entero casualmente de que tengo una hermana que, faltaría más, acaba de fallecer en olor de multitudes. Tengo un añito más cuando arañando sale a relucir la madre del Coronel, que era cubana.

Y yo, compuesto, sin padre, sin hermana y sin abuela. Entiendo que les parezca de lo más cómico y que algunos de los que me quieren tanto salten de gozo.

Es cierto que podía haberme callado, que calladito siempre es mejor. Pero es tanta la rabia, la desilusión, el cabreo hispano y el llanto de Edith Piaf que he preferido contarlo como tantas cosas que yo cuento desde que sé escribir.

Y ahora, cada uno a su casa, a reírse lo que puedan. Que les sea leve