Aquella foto de Kennedy

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Te paras de pronto delante de otra foto, una más de recuerdos impresos, que has visto mil veces en los últimos años. Está tomada en Brasilia, en el momento en que los compañeros de la prensa te dicen adiós, hasta luego o lo que sea, porque ahí termina tu recorrido.Os encontráis en un lujoso hotel donde llegas a olvidarte que Brasil está compuesto por un grupito de gente que lo tiene casi todo y una inmensa humanidad de los que no tienen casi nada, salvo la sonrisa y el amor por Jesucristo.

No, no crean que les voy a lanzar un discurso progresista sobre el malévolo capitalismo. Lo que sucede es que es una realidad de Brasil. Los pobres se refugian en la religión y su ídolo es Jesús estén donde estén. Aunque no seamos malos del todo y pensemos que tal vez los ricos también lo aman, aunque solo sea por si acaso…

Pero reconozco que nunca pensé en los miserables, la miseria tiene por capital Brasil, mientras nos metíamos entre pecho y espalda unos buchitos de güisqui de la botella que siempre teníamos en la mesa. Con una particularidad: esta botella tenía una discreta escala pegada a un costado que indicaba más o menos indiscretamente el consumo del líquido. Nunca volví a ver tamaña prueba de confianza. Aunque tal vez fuese una forma de luchar contra el alcoholismo… Vaya usted a saber.

En la foto en color hay cuatro personajes, un cuadro abstracto de buen gusto, tú, un obispo brasileño de paisano y con barba de joven perdido en la Teología de la Liberación y por último el bellísimo perfil de una muchacha pelirroja que hubiera podido parecerse a Maureen O’Hara.

Una etapa de tu vida se cerraba. Otro paso adelante hacia el infinito.

Otra foto, sin orden cronológico ni concierto. Esta se tomó hace como veinticinco o treinta años en la sede central de la Agencia France Presse en París. Es una instantánea de un pasado en el que los periodistas no disponían todavía de ordenadores y tenían que utilizar máquinas de escribir (estas son Japy) y cuadernillos de papel carbón que permitían tener cinco o seis copias. Lo peor es que, al contrario de lo que sucede con el ordenador, corregir era difícil y por lo tanto había que ser, además de un excelente escribidor, un mecanógrafo acertado. Ahí está Carlos Espinosa, periodista y escritor peruano, cuya prosa parecía llegarle de los cerebros de los más doctos de los dioses incas, y en otro extremo el argentino Luis Garasino, periodista posado y de buen consejo.

La tercera y última está datada en el año 2000 y fue tomada en los jardines del Hotel Nacional de La Habana durante el Festival del Nuevo cine latinoamericano. En ella, la guionista mexicana Lourdes Elizarraras y su esposo, el director Javier Retes. Hay otros señores importantes pero que no han resistido a la mala memoria.

Era cuando la gente tomaba fotos, muchas fotos, porque sabíamos que eran una representación de nuestros recuerdos. Hoy tienen teléfonos en los que almacenan instantáneas que nadie verá ni que les rodearán cuando más falta les hagan.

Al lado de la impresora ha aparecido una revista carcomida por la humedad del baño, el mejor lugar para meditar leyendo. Kennedy está en ella despeinado y Jackie Kennedy tampoco parece salir de la peluquería. Ella le mira sin pose con ojos de preocupación por algo que él dice muy bajito, así parece, mientras el fotógrafo imprime una instantánea más en blanco y negro. Y con esas caras de preocupación, de incertidumbre, quedarán para la eternidad. Eso es lo bueno de la foto. No engaña, testifica, incluso cuando se posa descaradamente da una idea bastante justa del estado de ánimo del fotografiado: “50 años después. Ni fue un presidente sobresaliente ni su mandato estuvo plagado de logros. ¿Cuál fue entonces la clave de su éxito?”, pregunta ingenuamente el redactor. La leyenda, amigo, la leyenda hizo que John F. Kennedy siga en la memoria. Morir asesinado, y sobre todo a tiros, en un descapotable, con Jackie desesperada bajo el sol de Dallas, tiene mucha pegada. Todos los muertos son bellos.

¿Quién se acuerda de James Dean? Probablemente los que recordamos que se mató con un Porsche, que es una forma muy bonita de marcharse. ¿Sus películas? Sí, claro, desde luego, pero en el fondo las hubiésemos recordado menos de haberse muerto de viejo o de cualquier enfermedad.

Es la ley de la vida. Hace falta lo excepcional para llamar la atención. Y las fotos, sobre todo las de blanco y negro, están ahí para que hagamos memoria.

Y eres consciente de que con foto o sin foto tú no pasarás a la posteridad ni nadie te pondrá un pie de foto preguntando por qué o por qué no. Las tuyas, tus fotos, irán a parar a una caja de zapatos donde pasarán el tiempo que pase, esperando que algún curioso las saque y pregunte a una muchacha bonita que será quizá tu nieta: “¿Y este tío quién es?”.