Jesús y Martí

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En mi mundo de adulto solo he tenido un ídolo absoluto, Jesús de Nazaret, No me ha parecido que haya en el infinito de la nada ninguna otra figura que pueda dar un cachito de fe por compasión. Porque Jesús fue un hombre, como el albañil que viene a tu casa, el fontanero que te arregla el lavabo o el electricista de las bombillas. Jesús fue hombre, nada de milagritos ni de alta teología. Ernest Renan, filósofo y teólogo francés del siglo XIX, investigó y escribió “Vida de Jesús”, que nada tiene que ver con las mil y una noches ni con fantasías de una borrachera de verano. Y menos aún con las fantasías de la Iglesia por católica que sea.

“Jesús nació en Nazaret, pequeña ciudad de Galilea, antes de él sin ninguna celebridad. Durante toda su vida fue designado con el nombre de Nazareno”. Así empieza el segundo capítulo del libro, reconocido como la única historia auténtica de Jesucristo, con el título de “Infancia y juventud de Jesús. Sus primeras impresiones”.

Para mí es ese Señor al que yo me dirijo cuando estoy en apuros. No invoco a ese Dios que nadie ha visto, que nadie ha biografiado, sino al hombre que fue crucificado porque era un revolucionario en un mundo de asustadizos romanos y de cobardes fariseos que temían por sus bienes, por sus confortables vidas, que llevaban años engañando a la gente con los mitos que se les ocurrían.

Me he enfadado muchas veces con él. Hemos pasado tiempo peleados, como dos amigos que se han dicho cuatro palabras mal dichas. Pero siempre está ahí cuando lo necesito.

Por esto no entiendo que en la Cuba intelectual una película titulada “Quiero hacer una película”, de un tal Yimit Ramírez, un señor que no conozco, haya provocado tanta emoción, porque al parecer en ella se insulta a José Martí.

Despotricar contra lo que más se admira no puede ser considerado de ningún modo una falta de respeto. Les aseguro que mis broncas con Jesús podrían haber dado algunos sabrosos capítulos a su biógrafo.

Creo que el respeto por algo o alguien es un concepto mucho más infinito. Y, como dicen también los españoles, no insulta el que quiere sino el que puede.

No he visto, repito si ya lo he dicho, que probablemente jamás veré, esa película novel que ha llevado al ICAIC, por los tiempos que corren, tiempos nuevos según me cuentan en Cuba, a portarse como una pandilla de fariseos a los que Jesús volvería a echar a correazos del templo o de la calle del Obispo.

Miren ustedes, señores de la moralidad impoluta, ustedes no quieren, no aman, no saben lo que es amar. Pregúntenle a Jesús y verán como él se lo confirma. Se puede tener una palabra fea, un pensamiento tonto, precisamente con la persona, con el ser que más adora uno. ¿O es que ya no se acuerdan de que sus propias madres, sus propios padres, les han amenazado alguna vez con una zapatilla cuando hacían una trastada siendo niños? ¿Y qué se puede amar más que a un hijo? Si creyera lo que digo podría ir al límite de la argumentación diciendo que Dios dejó crucificar a su propio hijo, Jesús, que era lo que más quería.

Pero eso ya es otra historia u otro cuento.

En un artículo que Yimit Ramírez publica estos días en el digital español Noticine.com, se explica sobre las acusaciones que pesan sobre él. Y escribe un parrafito que cualquier abogado de película norteamericana hubiese adelantado con mucho éxito: “Yo me trabé, me quedé estancado en un pantano de amor a Martí, me enamoré perdidamente y me dio mucha rabia no haberlo conocido en persona. Abandoné la lectura de los otros y me interné en él. Descubrí un nuevo Martí que no era un cielo…”

Luego el autor agrega algunas consideraciones con las que explica su descubrimiento de Martí, dice, como hombre… Aquí podía haberse expresado de otro modo, algo más fino, pero no todos, ni en Cuba, hemos ido a los más exquisitos centros de educación superior.

Autor entrada: onmagazzine