¿Black Panther o Black Power?
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ha sido la primera vez que he visto a cosa hecha una película de lo que llaman la factoría Marvel, una especie de reunión de cerebritos para conseguir que el cine sirva de vector a una cierta política, en este caso la de los Estados Unidos, oficialmente basada en la justicia más absolutamente fantasiosa que los norteamericanos brindarían al mundo. Cuando te acuerdas de Guantánamo y otras cárceles secretas sin nombre dudas de tan maravillosas intenciones.

Me impuse el desafío de ver sin rechistar “Black Panther” y perdonen si de vez en cuando se me van los dedos y escribo “Black Power”, porque para los de la generación del 60 y 70, años gloriosos del siglo XX, se parecen mucho.

La película está teniendo un recorrido taquillero que probablemente acabe por desbancar al de los Superman, el único héroe norteamericano que me había parecido decente por su ingenuidad, su falta de chulería y su aparente inocencia, aunque siempre he creído que el volador y la periodista Lois Lane se daban buenos revolcones sin esperarse a que el pastor les bendijese.

La intencionalidad de Superman está clara. Es el más aparente y genuino héroe norteamericano, el único que puede hacer que los más jóvenes, de uno a 100 años, se dejen llevar por la doctrina que sea para considerar que es un muchacho honrado que todo lo que hace es en favor de los demás, altruistamente, aunque se le vea más de la cuenta la bandera norteamericana.

De pronto me meto a analizar “Black Panther” y me quedo al borde de la revelación. Un guión perfecto, como Hollywood sabe hacerlos, personajes que pueden pasar, todo ello a las órdenes de una sola y única idea. Ya no es el poder de Estados Unidos que nos preservará del mal, ahora son afronorteamericanos puros y duros, negros para entendernos, que llevan la voz cantante en un mundo en el que tienen que enfrentarse contra el poder blanco que, desde luego, nunca aparece claramente, e incluso han incluido en la nómina a un caritativo agente de la CIA que les ayuda en su conquista del mundo.

Me asusta que el cine sea tan perverso y que los espectadores o noventa y cinco por ciento de ellos no puedan percatarse desde los primeros planos que estamos asistiendo a la realización de lo que los negros de Estados Unidos no consiguieron terminar en los años sesenta y setenta cuando se llamaban Black Power y tenían líderes visibles y mortales como Malcolm X, que fue asesinado con 40 años en Nueva York.

Los negros radicales de aquellos años llevaron a cabo denodados esfuerzos no para reemplazar el poder blanco por el poder negro sino para conseguir una igualdad que no tenían y que hacía que más de un intelectual de color tuviese que emigrar a toda prisa a Europa, especialmente a Francia, en busca de paz, porque para los blancos norteamericanos el Black Power les olía demasiado mal. Y se llegó al asesinato de un pastor negro extremadamente respetado y valorado, Martin Luther King, en 1963, sin que le dejasen cumplir aquel sueño que decía haber tenido.

Es cierto, las cosas han cambiado. Los Estados Unidos han contado incluso hasta hace poco con un Presidente de color, el honorable Barack Obama, que testimonios de la propia comunidad negra no le señalan precisamente como un líder de las luchas que ellos tienen que llevar a cabo desde que Estados Unidos es un estado moderno, y que pasaba por un asiento en un autobús, un lugar en una escuela o el derecho a mear en el mismo lugar que meaban los blancos.

Ya sé, todo eso es el pasado. Pero cuando se ve el esotérico “Black Panther” se duda de que los negros de los Estados Unidos estén totalmente satisfecho de su suerte. Porque plantea ni más ni menos que un Estado negro, en un lugar desconocido, escondido y mágico, la magia de los seres superiores, dejando en todo momento la impresión y la demostración que el Poder negro que Malcoln X no pudo llevar hasta las fuentes bautismales podría ser realidad. Y entonces entramos en la película en un largo canto místico, con referencias a las religiones africanas e incluso a la santería. Algo así como llegaremos por la vía de la conciencia más que por el camino de las lanzas (léase cohetes teledirigidos).

Que el filme haya sido o sea todavía un taquillazo de armas tomar demuestra el interés del público, y sobre todo del afroamericano, por una película que puede darles esperanzas en un país, los Estados Unidos, donde ser negro no es precisamente ninguna garantía de ascenso social por mucho que estemos ya en el año 2018.

Hace solo medio siglo, o menos, que los negros norteamericanos reclamaban más poder por las armas. Angela Davis, profesora marxista de filosofía, fue expulsada de su universidad por el miedo que el poder blanco tenía a sus pensamientos. Solo pensar era para un negro motivo de descalabro.

Como anécdota, déjenme contarles que el 30 de agosto de 1979, en París, donde todavía no operaban los malditos yihadistas, la actriz norteamericana Jean Seberg había sido hallada muerta en el interior de su automóvil aparcado en una calle. Se dijo, aunque nada se pudo probar, porque a partir de un cierto nivel ni Marvel es capaz de entender algo, que Jean había sido asesinada por servicios secretos norteamericanos sencillamente por haber tenido un idilio con un líder de una organización combatiente negra de las que obedecían al llamado del Black Power. Ya ven que les tenían miedo.

Sería interesante saber si habrá más películas de Marvel con la furia de “Black Panther”. Podría ser la señal de que algo cambia o de que volvemos al pasado. Aunque los argumentos exhibidos en las pantallas enseñen más magia divina y santería adaptada y adaptable que Kalachnikovs en acción. Por el momento.