El espíritu del gorrión

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

A veces, muchas, nos ocurre como a Gregory Peck en “Recuerda”. Nos despistamos por los callejones sin salida de nuestra torturada mente, más de lo que pensamos, y tenemos pocas ganas de que alguien nos devuelva a la realidad o que la realidad nos devuelva a nosotros. Deberíamos de preservar, antes de ir al asilo psiquiátrico que al parecer ya no se lleva más que en el dominio de la medicina privada, nuestro pasado. Nuestra vida pasada, que es lo único que tenemos. Porque el presente es un esqueleto de lo que fue o es o será quizá y no pudo ser y que además no garantiza nada. Y nuestro futuro es tan fiable como el de algunos políticos que un día se encuentran ante un juez o que antes de ir al juzgado prefieren huir.

Me he pasado la vida huyendo de todos mis fantasmas que no solo me asaltaban en la vida de la noche, que dicen es lo corriente, sino en todos los actos de mi vida diurna, cuando tenía los ojos bien abiertos y sabía, aparentemente, lo que hacía.

Pero a la hora de hacer un balance, como en Wall Street, el mío es negativo pero es el pasado el único que existe. Porque el presente es aleatorio, y de las 12am a las 12 pm puedes encontrarte en otra galaxia. Y del futuro no hablemos. Nadie sabe si lo tendrá y, sobre todo, cómo será.

Un día, hace años, cuando yo todavía creía en la vida, aterricé por casualidad en el aeropuerto Santos Dumont de Río de Janeiro. Un lugar pequeñito –así lo era en el 2000 después de Jesucristo—que me gustaba porque mi avión procedente de Brasilia, capital de Brasil aunque nadie se lo cree, podía terminar el aterrizaje dándole un beso a las aguas de la bahía de Guanabara, baño encantador en el más bello lugar del mundo que empieza en Río y termina en la Patagonia.

Este aeropuerto de pista corta lleva el nombre de ese Santos Dumont que no se distinguió por su arte en los carnavales o por alguna escuela de samba, sino por haber sido el primer hombre que se elevó en el cielo a bordo de lo que entonces se llamaba probablemente aeroplano, el ancestro de nuestros modernos paquebotes del aire. Por precaución digamos que fue el primer brasileño que conseguía tamaña hazaña cuando la aviación se convirtió en el ocio de los ricos.

Tiempos mundanos, porque Santos Dumont, personaje de la nobleza carioca, consiguió su hazaña en La Bagatelle, en París, muy lejos de aquella bahía de ensueño donde quedaría grabado para siempre su nombre de pionero. Y fue en 1909, cuando la belle époque exigía la elegancia para un simple paseo por el bosque de Boulogne, lugar de la hazaña aérea.

Todos los pájaros, o por lo menos los que yo he conocido en sitios elegantes donde el alpiste era servido en cazuelitas de plata con borde de oro, meten la cabeza entre las plumas a la hora de dormir o cuando creen que no pueden hacer nada más que aguantar la tempestad.

Si no eres un gorrión, el más atrevido, el que se lanza en picado cuando ve comida, estás perdido. A menos que aceptes que te metan en una jaula y te mantengan.

Todos los humanos tenemos mucho de mantenidos y poco de gorriones. Nos gusta la facilidad, el confort de no tener que esforzarnos para conseguir la cosa. De escribir sin el ansia de esperar que alguien te compre lo que has ido componiendo en el teclado, que ha pasado a la pantalla del ordenador y finalmente a una hoja en la impresora.

Fuimos gorriones cuando no había más remedio, cuando se necesitaba picaresca para comer todos los días y poder afeitarte cada tres días con una Gilette de las más baratitas. Nos comportamos bravamente, como hacen esos gorriones capaces de todas las audacias para asegurar su sustento y el de sus chiquillos gorriones si es que los tienen.

Pero el tiempo lo estropea todo. Ya no te acuerdas de cuando cada logro era una victoria que celebrabas con un huevo duro y un vaso de agua fresquita. Porque luego, casi siempre, otros se quedaron atrás, llegó los tiempos del champán, de los canapés frescos y apenas recién hechos. Y te volviste comodón, y aceptaste la jaula, porque te lo daban todo. Ya no había que preocuparse. Creo que en Mayo del 68 a eso se le llamaba aburguesarse. La lucha para otros, porque tú ya habías dado suficiente.

Un día te dejaron la jaula abierta y sentiste la tentación de volver a ser aquel gorrión audaz y sin complejos que creía que la vida te lo debía todo. Incluso saltaste al suelo de la terraza donde otros gorriones, los auténticos, los que nunca habían permitido que los metiesen entre rejas, seguían dando saltitos de cine cómico y comiendo lo que tú ni acertabas a ver. Porque los comederos terminan por pasar factura.

Llegas al sibaritismo de querer entrar en Río por el aeropuerto Santos Dumont porque era el aterrizaje más bello del mundo, con vistas de tarjeta postal. Ah, sí, y también porque te habían dicho que allí, en la terminal, había un lugar con una monumental cafetera plateada de otro siglo donde se degustaba el cafezinho más delicioso.

Volviste a la jaula porque finalmente era ese tu destino. Y el más seguro.