Tánger,  Érase una vez

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Quiero imaginarme y no puedo la cara de asombro que pondrán los 123 lectores que me leen en la taiga rusa –según estadísticas de la empresa que rige nuestras comunicaciones- cuando les hable de Tánger. En mi isla africana a mí ya me cuesta imaginar seriamente que Tánger es una ciudad del norte de África que un día fue internacional y que sus habitantes volábamos sobre alfombras fabricadas en Bagdad,

No, amigos de la taiga, Tánger en realidad no existe. Es un invento mío. Fue un invento mío, y de muchos otros, hace muchos años, cuando era un niño y necesitaba algo o alguien que me quisiera y que me protegiese. No es la criatura, la cosa que el mexicano Guillermo del Toro se sacó de un río de Brasil, pero casi.

Me cuentan que, estadísticamente, Tánger existió hasta 1957 más o menos, cuando se fundió geográfica y políticamente en el Reino de Marruecos.

Es curioso que todo el mundo hable de esa ciudad y que nadie la conozca. Porque Tánger fue una ilusión que nos inventamos yo y miles de españoles que se refugiaron en aquel punto de África huyendo de la Guerra Civil española (1936-1939). Y luego la doraron un puñado de intelectuales, españoles y de otros países, que encontraron en aquel punto del globo el lugar ideal para decir, escribir y soñar.

Porque Tánger es el sueño de la niñez de mucho de nosotros, que la conocimos precisamente cuando necesitábamos asirnos a algo agradable y acogedor.

Veo que se publican libros sobre ese punto del globo y no lo entiendo. Todo lo que se dice y se repite es que allí vivieron escritores como Paul Bowles, que allí escribió su maravilloso “El cielo protector”, que allí medraron multimillonarias excéntricas como Barbara Hutton y un sinfín de gente sin nombre ni apellido.

Ahora me dicen que están poniendo de punta en blanco un Tánger que nosotros ya no conoceríamos, con multitud de cosas ricas y destrozonas, como hoteles, edificios, mil cosas que adora el turismo internacional.

En mis entonces nos éramos turistas, éramos refugiados de algo. La mayoría huía de una doctrina política que le corroía la vida y otros de nosotros mismos. Incluso había esos paseantes de intelectuales que escribían y protagonizaban fiestas suntuosas. Pero de eso yo no sé nada.

Lo más que yo conocía era un cine, el Roxy, donde me nutría para contar películas a los lectores del semanario “Cosmópolis”, y las playas que eran el sustento para los jovencitos reporteros que con una mijita de inglés, algo de francés y lo que cupiese de español allí entrevistaban a Robert Cumming, actor y productor norteamericano, Errol Flynn y su esposa

Patricia Wymore, la folclórica española Estrellita Castro, el Príncipe Humberto de Saboya.

Los reporteros sólo tenían que llenarse los zapatos de arena para asegurarse reportajes y entrevistas que reflejadas en los periódicos locales, en francés o en español, les aseguraban la existencia, nada lujosa pero agradable. Era el reino de la versatilidad absoluta, de la vida fácil.

En los lugares elegantes de la medina, en Villa Harris y otros sitios de lujo asegurado oficiaban los artistas y millonarios de todo pelo que hacía tiempo se habían refugiado en aquel portaaviones del Mediterráneo, donde la vida era dulce, sin impuestos y sin las imposiciones de carácter moral o simplemente social que tenían riguroso vigor en la cercana España. Era el oasis, el refugio y hasta el escondite para los desarraigados..

La multimillonaria Barbara Hutton decía sus misas particulares en un suntuoso (me parece que es necesario precisarlo) palacio de la medina, rodeada y protegida por el silencio de los laberintos de callejuelas estrechas y poco seguras. En el puerto, los contrabandistas de todo tipo, cigarrillos americanos, drogas, ejercían su actividad bajo el ojo vigilante de una policía que no vacilaba en convertir sus lanchas rápidas en coladores que como podían se arrastraban hasta los muelles y allí yacían con enormes agujeros en sus costados para regocijo de los paseantes domingueros.

En el cotizado Boulevard Pasteur, uno de los más grandes capos de la leyenda tremendista norteamericana de droga y metralleta Thompson, uno de los mayores de la época de Al Capone, Lucky Luciano tenía un despacho a la vista de todos con una reluciente placa de cobre en el portal donde se leía Import-Export.

A medida que avanzaba el momento de la independencia aumentaban sucesos poco en consonancia con la habitual paz. Secuestros y, tiroteos y ya no exclusivamente en las aguas tangerinas donde el bien y el mal se enfrentaban desde casi siempre por un puñado de cajetillas de tabaco. También había enfrentamientos mafiosos en tierra, como si de pronto se hubiese abierto la veda de la sinrazón.

Otra tarde, cuando caía la sombra del olvido sobre la terraza del casino judío, un griterío interrumpió el nirvana de varios de los que charlaban confiadamente. Volaron sillas, cayeron ruidosamente al suelo algunas mesas. Cuando los camareros volvieron a asomar la cabeza, los notables judíos que hasta ese momento departían con la tranquilidad del justo habían desaparecido. No se sabía exactamente cuántos eran. Nunca más se supo de ellos.

Visto desde la lejanía del infinito tiempo, Tánger aparece difuso en la memoria de muchos de los que vivieron aquellos últimos años de paraíso.

Uno tenía 16 años cuando el Rey de Marruecos decidió que el cuento había terminado, como una Sheherazade despechada a la que empezaban a fastidiarle las mil atenciones del sultán. Yo era de los menos afectados por el desastre del regreso de Tánger a la geografía y al pensamiento marroquí. Dos años antes había salido del Instituto con la peregrina idea de ser periodista. Y cuando comprendí que mi decisión sería de las que duran toda una muerte, arreglé una carpetita azul con elásticos en la que introduje cosas que llevaba años escribiendo, artículos sobre todo y sobre nada y cuentos.

Como sólo hablaba y escribía español me decidí por el semanario “Cosmópolis”, que tenía la redacción en uno de los más rancios edificios del Boulevard Pasteur. El diario “España”, que también se publicaba en la hasta ese momento ciudad internacional, se me antojó demasiado serio para mis pretensiones. Tambien descarté “La Dépêche de Tanger” por estar editado en francés. Y sin pensárselo más me puse el único traje que tenía, la corbata de seda amarilla que alguien debía de haberme regalado en algún cumpleaños y tomé el ascensor.

Me recibió una secretaria joven y rubia como la de las películas que luego vería en el Roxy, con enormes gafas azules que con acento británico de Gibraltar me preguntó muy sonriente qué quería.

Quería ver al director. La señora, metida ya en las carnes de la soltería inminente a falta de macho cabrío, sonrió buscando qué decir.

Pero el muchacho era tan ricamente inocente…

Pensó que quizá luego podría sugerirle que tomasen juntos un café.

El director era un tipo enorme con simpática calva. Debía de pesar todo lo pesable. Su corbata roja se destacaba sobre un chaleco de raya diplomática encorsetado por una americana frondosa donde nadaban las carnes sobrantes. Un pañuelo amarillo, probablemente de seda, anclado a la altura del corazón daba a la imponente humanidad una pinta de bondad sin límites.

El hombre, que hablaba español con un deje gibraltareño, cerró por unos momentos unos ojillos perdidos en un inmenso culito de bebé y en la boca de más abajo dos labios muy finos volvieron a preguntarme con mucho cariño el motivo de la visita.

—Quiero ser periodista.

El director encendió pausadamente un habano tan enorme como él y cuando el humo empezó a circular por el dilatado despacho, deteniéndose en una pila de carpetas que ocultaban casi la mesa, el gigante sonrió con sorpresa y cierta cordialidad.

A Mr. Anthony Taylor ya no le sorprendía casi nada. Había llegado a Tánger un montón de años atrás, tan cargado de ilusiones como el chiquillo que tenía enfrente. Su padre, hombre de pasado empresarial, había recorrido Marruecos de cabo a rabo en los años más difíciles. Guerras y conflictos habían sido sus habituales desafíos. Y los negocios su regla de vida, los legales y los menos refinados legalmente.

Cuentan que el padre, que era un hábil negociante, y que tenía manos que lo convertían todo en oro, o casi, había comprado previamente por cuatro cuartos una serie de casas medio derruidas, que en seis meses convirtió en residencias de lujo a las que incluyó en un campo de golf construido en un enorme terreno que le habían cedido unos pastores hartos de que el agua y la hierba que pudieran servir a sus ovejas procediese del mar. Todavía no se había descubierto la exquisitez del cordero criado con hierbas bañadas por el mar. Desde los áticos de las nuevas construcciones de lujo y mal gusto hollywoodense se gozaba de unas vistas impresionantes sobre parte de la Gruta de Hércules. Y pronto surgió un restaurante, el más lujoso de Tánger, donde la especialidad era ese cordero de sabor inolvidable que el listo del gibraltareño había puesto a la moda. El tráfico de divisas le sirvió también a aquel emprendedor hombre para asegurarse un capital importante que posteriormente emplearía en la compra de un banco familiar judío, cuyos propietarios querían vender a cualquier precio para alejarse de Tánger.

Hijo único, Anthony Taylor ni siquiera tuvo que agacharse para recoger la fortuna que su padre ponía a su disposición. En los años cuarenta para los cincuenta, su banco se había transformado en el más importante de la zona norte de Marruecos. Dicen que la ocupación de la ciudad internacional por Franco ayudó mucho a los dos hombres para asentar su influencia y que cuando se aplicó el estatuto internacional, hacia 1923, los grandes ejes de la actividad económica de la región estaban ampliamente dominadas por el padre.

Más de letras que de ciencias, Taylor Jr. importó maquinaria alemana de imprenta y montó la infraestructura esencial que permitía funcionar a fondo a los varios periódicos que ya se editaban en la zona internacional y, de paso, poner en marcha una impresionante editorial consagrada a la fabricación de libros escolares en tres lenguas que eran importados apenas empaquetados en las modernísimas instalaciones de la imprenta Cosmópolis.

El imperio familiar cobró una notable importancia con la adquisición de las tres primeras emisoras de radio locales. No faltaba más que un periódico para cerrar el círculo y así nació el semanario “Cosmópolis”.

Con gran vista, el viejo Taylor extendió sus negocios por todas las ramas de actividad posible, ocupando posiciones preferentes tanto en el negocio de supermercados como de escuelas privadas, redes de bares algunos de los cuales no lucían precisamente por su virtud y fábricas de todo tipo.

Anthony Taylor había sentado sus inmensas posaderas en una parte de la mesa de reuniones que parecía más bien destinada a acoger a los representantes del Consejo de Seguridad de la ONU y a sus invitados.

Hablaron un rato o, más bien, el muchacho dio respuesta a las preguntas que se le hacían. Finalmente le dijo que tenían una vacante en local y que, si pasaba las pruebas que el redactor jefe le iba a plantear, podía ser suya por un período de tres meses, prorrogable si la prueba les satisfacía. Y ciento veinte pesetas de sueldo semanal.

Don Luis, huido de la guerra de España, como muchos otros tangerinos a los que Franco había obligado al exilio, estaba en Tánger desde 1939. Había llegado sin soltar en ningún momento la esperanza de que aquel viaje sería corto. Que las cosas en España volverían a su cauce antes de que pasara mucho tiempo.

Don Luis había abandonado la dirección de uno de los grandes diarios de Madrid cuando las tropas nacionales estaban a punto de ajustar cuentas de una vez para siempre con los que no comulgaban con ellos. Sin pensárselo demasiado había atravesado el estrecho en compañía de su esposa, una señora de muy buen ver, y un muchachito de pocos años. Y nada más llegar se convirtió en el jefe de Redacción de “Cosmópolis”.

En el tiempo que trabajarían juntos, Don Luis nunca referiría a su joven aprendiz nada de lo que había sido su vida anterior. Era como si al llegar a esta parte del comienzo de África, su documentación de residente en la Zona Internacional le hubiese conferido otra vida.

Pasó el resto del día sometiéndose a las pruebas redaccionales y conociendo al personal del periódico, cuatro redactores, la secretaria que ya había saludado, un recadero y un fotógrafo marroquí, que luego se revelaría como un extraordinario tomador de imágenes..

Cuando cayó la noche, el muchacho tomó de nuevo el ascensor con la misma satisfacción que debía de tener D’Artagnan después de su primera entrevista con el Cardenal Richelieu.

Don Luis fue neto y preciso con él. “No se trata de que salgas a la calle y luego vengas a contarnos lo que has creído o imaginado ver. Tu misión consiste en mirar, indagar si es posible, enterarte por lo menos, de las características de algo que te haya llamado la atención y que creas que merece ser relatado en nuestras columnas. Mira y cuenta, mira y cuenta, sin más, sin comentarios, sin ningún añadido de tu cosecha. A lo más, cuando se trate de personas involucradas en un hecho preciso, procura interrogarlas para verificar lo que te puedan decir”.

Tánger estaba plagado de rufianes, exiliados políticos, refugiados económicos y sencillos padres de familia que lo único que pretendían es tener la fiesta en paz.

Un mundo que yo no alcanzaba a descubrir porque estaba fuera de mi órbita, de mis preocupaciones, se justificaría más tarde cuando por fin supe de la importancia que representaban aquellos tangerinos variopintos.

Pintores malditos, algún escritor marroquí, uno sobre todo, que veinte años después se convertirían en personaje de la literatura nacional. Había sobre todo en aquellos momentos en la ciudad Andrés Vázquez, un español, escritor homosexual de gran casta y borracho de por vida que había hallado en aquella ciudad sin prejuicios el lugar ideal para su vida.

Por supuesto que yo no le conocía ni había oído hablar nunca de él. No le conocí realmente hasta muchos años después, cuando Tánger había dejado de ser para mi un recuerdo y se transformaba en una añoranza mal vivida.

Le “conocí” una tarde de exilio lejano, muy lejano de Tánger, al otro lado del Mediterráneo, adonde ya empezaban a llegar los pateros desesperados con el tesón y la valentía que sólo da el hambre.

Un amigo editor me había recomendado que leyese su libro estrella, “La vida perra de Juanita Narboni”, una novela de las que se escriben una vez en la vida. Fue un descubrimiento y durante semanas no pude quitarme de la cabeza la desgracia de no haber sido lo suficientemente inteligente para conocer el Tánger que compartía a aquel Vázquez marginado pero comprendido por amigos que, afortunadamente, era gente importante.

Leí aquel libro que sólo podía compararse a “El Quijote” siglos después, cuando el autor llevaba años fuera del mundo.

Es cierto que los intelectuales y yo, el reportero sin causa, vivíamos en dos ciudades distintas aunque en un mismo universo, aunque probablemente oíamos los mismos gritos procedentes de los zocos, el mismo bullicio del Boulevard Pasteur y las bocanadas de charlas que se escapaban de bodegas clandestinas donde los marroquíes daban la impresión de tomar botellas de Coca-Cola, en realidad vino tinto primerizo salido de las bodegas de cualquier español.

Entonces yo ya era un reportero de tebeo, lo mismo servía para cubrir una conferencia de prensa política donde actores de la primera línea de los independientes del Partido Istiqlal esbozaban planes para el futuro de Tánger, que me arrodillaba en la playa delante de una estrellita de cine de paso para recoger sus confidencias. Otro de mis puntos preferidos para buscar información era el Hotel Minzah, donde todos los días aterrizaban personajes de muchas madres, desde productores de cine de Hollywood, emperrados en convertir Tánger en una importante zona de rodaje, a reyes por vocación como Emmanuel de Saboya y su recién estrenada esposa. Ambos pasearían su palmito sin que jamás accedieran al trono de Italia.

Los verdaderos magos de la vida tangerina eran ricos cosmopolitas: Paul Bowles y Jane Bowles, Jimi Hemdrix, y el gran pintor Matisse. Barbara Hutton y un montón de personajes protegidos por el pasaporte invisible de la riqueza.

Cuando el día pintaba en bastos, el reportero pasaba unas horas en el cine Roxy, magnífico palacio dedicado al séptimo arte, de donde sacaba la documentación necesaria para componer su columna cinematográfica hecha a base de retazos de documentación de las productoras.

Porque durante mucho tiempo sólo entendía de las películas que le servían la emoción que transmitían, sobre todo a los más sensibles y débiles. Sin embargo, poco a poco, empecé a distinguir entre lo bueno y lo malo aunque fuese todavía muy artesanalmente. Estaba haciendo mi aprendizaje cinematográfico. El Roxy era mi cinemateca.

Hasta que un día me fui dando cuenta de que aquellas cintas que veía únicamente para poder cubrir media página del periódico estaban cambiando mi vida.

Años antes, en Ceuta, cuando no era más que un chiquillo al que le daban unas monedas para ir al cine Apolo con una criada, intuyó que todos los personajes que se movían en la pantalla podían ser sus amigos. Al cabo de unos meses lo fueron. Y cada vez que no podía con un problema se lo contaba a Cary Cooper o a John Wayne mientras ellos limpiaban de indeseables un Kansas City cualquiera.

En Tánger, el cine tomó pronto otra dimensión muy particular. La identificación con el actor o la actriz de turno, aunque no me entusiasmaba demasiado tener que confesar mis cuitas a una mujer, se operaba rápidamente. Y ya podía elegir la película en función de lo que tuviese que consultar con sus intérpretes.

Hasta que al cabo de tres meses comprendí de pronto que ya no estaba solo. Que tenía una serie de amigos con los que siempre podía contar, a los que les podía hablar y aunque no escuchara sus respuestas porque los revólveres repartían pólvora y justicia, sabía que ellos le habían oído con más atención que nadie y que al salir de la sala ya llevaría la solución. O por lo menos el consuelo,

Cuando se lanzaba a la calle, se ponía las orejeras para que nada le distrajese y él pudiese ver para luego contar con toda la fidelidad de la que fuese capaz.

Su mentor tenía una pasión infinita y reservas de cariño de las que él se beneficiaba. Lentamente, pausadamente, con paciencia sin fronteras, le enseñó la mejor manera de emplear las palabras cuando se quiere decir algo y no otra cosa y apoyándose en las dotes que el muchacho tenía con un teclado entre los dedos, trataba de que cada día fuese mejor. “Cosmópolis” se había convertido para él en lo que el “Kansas City Star” fuese para Ernest Hemingway, otro desarraigado de la universidad. Salvo que uno escribió “El viejo y el mar” y el otro solo lo leyó.

Y así pasaron los días, los meses. Como en algunas de aquellas películas norteamericanas que a él le entusiasmaban y a las que alegremente daba en sus “críticas” la mayor puntuación o las mandaba al infierno de los malos, según le hubiese ido la mañana.

Veía algunas de aquellas fantasías como retazos de la vida de otro país, país lejano e inaccesible, y casi nunca le parecían que fuesen solamente el producto de la fantasía de esforzados guionistas que en un rincón del mundo llamado Los Angeles trataban de dar a sus sueños suficiente encanto como para contarlos a los demás.

Los personajes que tenían algún interés en la vida de todos los días, él los encontraba en la sala oscura e incluso más de una vez les musitó sus dudas, sus aciertos y hasta sus esperanzas.

Cuando se tienen diecisiete años, se cree que todos los caminos conducen al paraíso. Su paraíso pasaba por esas pantallas espléndidas donde tres veces por semana recogía los elementos para sus reseñas cinematográficas, que llegó a firmar Mixer para que los lectores comprendiesen que el firmante era un enterado de la palabrería cinematográfica.

Su entrada en el periódico le había hecho descubrir en todo su esplendor aquella magia del cine. En la sala del Roxy reafirmó su fe en algunos de sus personajes más afines y el odio más total hacia otros antipáticos y rufianes. Eran días de infinita esperanza, que él recorría sin sorpresas, como si el hecho de que aquel Kane gibraltareño que tan generosamente le abría las columnas de su semanario fuese finalmente lo más natural del mundo.

En Ceuta, plaza fuerte militar española en el norte de África había comenzado su vida, con años algo amargos, difíciles. Esta circunstancia tal vez le hacía apreciar mejor la bonhomía de esta ciudad donde realmente convivían las tres culturas tradicionalmente enfrentadas, musulmana, judía y cristiana. Daba la impresión de que existía una consigna no escrita: vive y deja vivir.

Tánger era un escaparate en el que se exhibía, sin ninguna cortapisa, el talento, la belleza, el poder, la locura de gente llegada de todos los horizontes.

Él frecuentaba como la cosa más natural del mundo a las fugaces estrellas de cine, a los grandes promotores de la economía. Para todos tenía siempre las preguntas profundas que se había aprendido:

¿le gusta Tánger?, ¿por qué le gusta?… Pura publicidad turística para un enclave fuera del mundo que gobernaba una administración internacional.

Torre de Babel de lenguas y razas sin aparentemente más intenciones que el logro de la felicidad.

Una tarde, con ese entusiasmo que hacía sonreír al señor Taylor, entrevistó a un aburrido farmacéutico del Boulevard Pasteur que ya estaba esperando el último tranvía. Probablemente porque vio la candidez del joven reportero que le interrogaba le contó como un secreto de confesión, y probablemente lo era, que él había sido el último amante de Mata Hari, el último amor, decía él, de la más internacional de las espías exóticas que los franceses fusilaron en 1917. Aquella gente de Francia eran unos desconsiderados que no habían entendido nunca que la jovencita de nacionalidad incierta se ganase la vida vendiendo secretos a los unos y a los otros. Don Raimundo, el boticario, tenía lágrimas en la laringe cuando empezó a hablar de ella. Y cuando terminó contando el brutal fin que le reservaron los desgraciados de los franceses, su pelo blanco se transparentaba de indignación.

Los dos lloraron juntos ante aquel dramón. Contó Don Raimundo que cuando supo que Mata (era el nombre que le daba, decía, en la intimidad) había desaparecido de este mundo, corrió a un barco que salía de Marsella para Tánger y se refugió aquí. José Antonio estaba tan emocionado que ni siquiera tuvo la curiosidad de echar cuentas para calcular la edad con que el boticario decía haber amado a la espía. Finalmente era un detalle sin importancia.

La gran prensa, muchos años después, le enseñaría que la exageración, la falta de rigor y las imprecisiones eran para el periodista como el tomate y el pimiento para el gazpacho.

A su gran sorpresa, la entrevista del boticario apareció a la semana siguiente en “Cosmópolis” con una vistosa llamada en primera plana que incluía un dibujo de la supuesta Mata Hari y una foto de su último amor.

Claro que él ignoraba que aquellos temas de espías y redentores de espías eran puro vino dulce para los lectores, acostumbrados a saber de las mil historias de espías internacionales, pero nada románticos, que durante toda la vida había albergado y albergaba Tánger.

Cuando vio por primera vez la película “Casablanca”, comprendió que, en realidad, toda aquella infantil trama de amores, heroísmo y malos había tenido lugar en Tánger y no en la vecina y provinciana ciudad de Casablanca. Las calles tangerinas estaban llenas de Humphrey Bogart que con una colilla en la comisura de los labios, pero sin el rutilante esmoquin blanco sobre el que lloraba Ingrid Bergman, pasaban la vida en un café esperando algo.

Olía la ciudad a jazmines recién brotados cuando llegó una mañana no demasiado temprana a la Redacción. La secretaria trataba de resolver un crucigrama del diario francés “La Dépêche de Tánger”, y Don Luis revisaba a través de unas gafas pequeñísimas el material que había que mandar a la imprenta para el próximo número.

Se sentó delante de su máquina Royal y empezó a teclear una entrevista con el actor norteamericano Paul Lukas, que iría acompañada de una foto en la que él, siempre él, había aprendido rápidamente que el ego necesitaba comer todos los días, aparecía muy encorbatado al lado del actor, en pijama blanco y babuchas de cuero fino.

“Cuando veo a Gina Lollobrigida me siento más joven”, le había dicho el viejo intérprete de películas como “55 días en Pekín”. Entonces, el reportero no pudo escribir que Lukas había elegido Tánger no para unas vacaciones sino para terminar de vivir porque no lo sabía. Y porque cuando se es tan irreverentemente joven la muerte es algo que no tiene sentido y que sólo aparece de forma abstracta en los titulares de los periódicos. Veinte años después, Paul Lukas moría en Tánger. Pero en aquella entrevista no había querido hablar más que de vida y esperanza.

Terminó de teclear, releyó el texto, sonrió de satisfacción y se puso a elegir la foto que acompañaría la entrevista. No había problema porque el fotógrafo sabía que él siempre tenía que ser el más favorecido y el pobre muchacho se las veía y se las deseaba para apartar de la tentación de su objetivo los muslos de la estrella encontrada en la playa y centrarlo en la sonrisa del reportero.

Ventajas del oficio que le hacían ganar puntos en los bacalitos (tiendas de comestibles marroquíes) de su barrio y entre las moritas, judías y cristianas que eran los verdaderos jazmines de Tánger.

La Redacción empezaba a animarse. En una mesa frente a la suya oficiaba el cronista mundano que a las diez de la mañana ya estaba de punta en blanco, con su traje de novio, la corbata compañera y una rosa roja en la solapa.

Mientras el encargado de los movimientos del puerto pegaba berridos en el teléfono apareció Don Jorge de Montealegre, el personaje más importante del periódico. Era un viejo cronista hípico y todos sabían que el semanario le debía todo su éxito. La gente se apasionaba por los pronósticos de la próxima carrera tanto como por sus pausadas explicaciones sobre el cómo y el por qué de aquellos animalitos sobre los cuales galopaban todos los sábados las esperanzas de los turfistas.

Don Jorge medía casi dos metros y tenía el rostro de Robert Mitchum en sus peores momentos de confidencias en la esquina de una mesa metálica en una comisaría cutre de Nueva York. Cojeaba, lo que resultaba bastante espectacular dada su estatura y la circunstancia de que casi siempre tenía media docena de copas de más. Era una celebridad local y el orgullo de todos los jóvenes periodistas. Se contaba que una tarde habían tenido que agarrarlo entre tres personas para que atravesase los pocos metros que separaban la puerta de la Redacción de su máquina de escribir. Cuando por fin lograron sentarlo apenas podía mantener la cabeza por encima del teclado.

Era una de sus peores borracheras. Pero sólo tardó cinco minutos en consolidarse y en plantar sus larguísimos dedos de pianista sobre el teclado. Contaban que aquella crónica nacida con lágrimas adobadas en la ginebra había sido la más brillante que jamás había escrito.

Pasaron los años y yo con ellos. El sueño de Tánger acabó por decisión internacional y el mío volvió a prenderse en un barco que me llevaba a París con escala en Marsella.