Cuba: ¿La vida sigue igual?

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Madame Odette había asaltado el coche de caballos que estaba en la parada, en la esquina de uno de los teatros del Boulevard des Italiens. Todavía no se había embalado cuando el señor Swan abrió la portezuela y se fundió en la oscuridad de la cabina. Los caballos sabían el ritmo al que había que galopar. Y acertaron cuando Swan tomó en sus brazos a Odette, tiritando de pasión. Estaba yo metido en estos trances de Marcel Proust que necesitaba casi 700 páginas para que sus personajes llegasen a un final feliz, cuando me acordé de que había habido elecciones en Cuba. ¿Que qué tenía que ver con Proust? No sé ni me interesaría saberlo en esos albores del siglo XX que el viejo Proust con sus magdalenas y su té medio frío retrataba con minucia, paciencia y desesperación.

¿Qué habría hecho Proust si el pasado domingo 12 de marzo de 2018, se hubiese encontrado paseando por el Prado de La Habana mientras la gente iba a votar? Dejé cerrado “Du côté de chez Swann”, en una edición de bolsillo, y apelé a amigos en La Habana, para que me explicasen algo importante: ¿adónde desembocarían estas elecciones cubanas?

La primera respuesta me llegó de un intelectual habanero por el que tengo la mayor estima:

“Las generaciones que en mayoría acompañaron a Castro a levantar una sociedad más inclusiva, coinciden en que el sustituto, sea quien sea, mantendrá la misma línea de cambios moderados iniciada por Raúl porque éste se mantendrá tutelando la transición desde el Partido y mientras viva. Además, si Raúl, con su indiscutible liderazgo, no pudo llegar a este momento en una mejor situación económica, pese a iniciar los cambios casi desde que asumió el mando en 20o6, parece poco probable que su relevo lo logre en cinco años de mandato. La gran incógnita surgirá cuando Raúl desaparezca, y sin tutela, los nuevos líderes se desencadenen. Aquí los opositores cuentan poco en el sentir popular por su carencia de ética política y sus posiciones de entreguismo a Estados Unidos.”

Luego eché mano de un amigo invisible de siempre. Y llegó su respuesta mientras Swan y Madame Odette se ocupaban de cosas más terrenales.

“Gracias a Dios, — me dice mi amigo, uno de los grandes periodistas cubanos, que ha estado en todas las trincheras donde había que estar mientras Fidel Castro montaba la Revolución– soy ateo, por lo que la deuda es tuya. Yo viví en Europa algún tiempo (4 años en la entonces República Democrática Alemana (comunista) y dos en la RFA (República Federal Alemana, lo contrario en materia de filosofía política) y sé que desde allá cuesta trabajo entendernos, incluso a los que como tú quedaron marcados por lejanas experiencias cubanas, que se reflejan de muchas formas. No me es posible responder a tu pregunta (sobre las elecciones) con la profundidad que merece porque necesitaría más tiempo del que dispongo para escribir y tú para leer lo que podría decirte, partiendo de que soy de los que ha hecho lo que ha podido, desde los 12 años, por hacer realidad un sueño y aún lo cree posible, aunque no vaya a verlo realizado en lo que me queda por vivir. Todo parte del convencimiento de un principio que en esencia es rechazar que el hombre sea el lobo del hombre, frase manida pero que sintetiza, a mi juicio, la esencia del capitalismo. Solidaridad, altruismo, bien común, amistad, empatía social, desinterés sin egoísmos, etcétera, etcétera, estarían en la base de eso por lo que muchos, no sólo cubanos, han dado su vida, aquí, allá y acuyá y constituyen la base para explicar, cómo con tantas imperfecciones, errores, limitaciones, obstáculos de todo tipo –propios y ajenos— en el fondo (y no tanto) de la mayoría de los que votamos el domingo lo que queremos es mejorar lo que tenemos pero no darle la espalda a una historia duramente forjada y menos abrazar un futuro como el que ofrece el modelo globalmente imperante. En Europa, quizás Suiza, los Países Nordicos o Lichtenstein puedan ufanarse de lo que pueden mostrar pero están muy lejos de una geografía signada por ser el patio trasero del King Kong del norte, llena de episodios de agresiones, injerencias, abusos, explotación y crímenes de diversa índole que nos han conformado carácter y visión. Esas son algunas razones, recién levantado, que se me ocurren para acercarme a una respuesta de por qué Socialismo no es una mala palabra para la mayoría de los sufragantes cubanos de hoy (en las elecciones del domingo). Confianza en el ser humano y en las enseñanzas de sus mejores exponentes, incluido Jesucristo, es en lo que la humanidad podrá alcanzar más altas cotas de existencia. Recuerdo siempre una expresión atribuida, indistintamente, a Galeano y a Birri: cuando dar cinco pasos hacia el horizonte, la utopía, ésta se aleja cinco pasos; si das diez, se aleja 10 ¿Para qué sirven las utopías? PARA CAMINAR.

Los caballos que llevaban a Swan y a Madame Odette volaban. Quizá hacia el futuro aunque era difícil saber qué futuro.