Carlos Espinosa | Maqueta Sergio Berrocal Jr

« Lo que más me interesa, oh Providencia, es que me des las ocasiones de emocionarme ». Y el anhelo formulado por Enrique Gómez Carrillo, al partir de su nativa Guatemala, en plegaria tan sencilla, tan ardiente y tan legítima, le fue concedido con largueza, apenas hubo abrazado celosamente la existencia como un amante abraza en la hermosura de su amada un deleite sobrenatural. En 1891 a un París de pomesas había de llegar el adolescente inspirado en sus diecioho años galanos. No puedo sino imaginarlo errabundo por la urbe antigua, tras la huella del ideal con la  misma vitalidad que tributario de la experiencia. Y lo imagino en las encrucijdas callejeras, travesía de muchachas, estudiantes, artistas, bohemios, rivalizando lisamente con todos ellos en el culto de la sinceridad y el desprecio de la imposura.

¿Cómo no presentir el ímpetu de su alma apasionada ? ?Cómo no conmoverse por saberla, entre almas apasionantes, prodigada hasta el extravío ?. Auténtica vida, intensa vida, humana vida en el goce de una libertad ajena a las fementidas bambollas filosóficas. Con el gusto de riesgos y sucesos

?qué sabor hubieran hallado en su carne nunca las especulaciones,las teorías, las hipótesis ? Iría después a transponer en su obra literaria las imágenes memorables que redundaban de sus sentidos, ricas de una poesía efusiva y sentimental acordada por naturaleza con la fugacidad de las cosas. Eso y otras noticias, encuentra el lector a cada instante entre la cincuentena de títulos que nos legó y donde brillan « El Japón heroico y galante », « El evangelio del amor », « Jerusalén y tierra sata », « El encanto de Buenos Aires », etc., etc..

Ante las afables páginas de Gómez Carrillo, aligeradas de toda predisposisión trascendental, muchísimos lectores se habían llamado a escándalo. Extravagante reacción que el gran señor de las letras se vio obligado a juzgar desdeñosamente. Es el motivo de un peculiar deje de ironía, cuando en sus donosas memorias, evocando al principiante que fue, corrobora de si mismo que « ya entonces parecía muy frívolo porque daba más importancia a la sonrisa de una mujer que a un discurso parlamentario ».

Por entonces, asimismo, se ejercitaba sin remisión en el periodismo profesional. En breve tiempo su estilo al par de su reputación cualitatibvamente alcanzaron esplendor ; y tanto que no podrá negársele el papel de jefe de fila que, en la actividad intelectual y artística, le cupo entre aquellos esclarecidos escritores de Indoamérica y España clasificados, ora como « los modernistas », ora como « la generación del98 ».

Muy pronto el corresponsal en París del diario madrileño « El Liberal » absorbería la atención del público por sus crónicas mundanas. Gómez Carrillo había descubierto, para la actualidad efímera que le salía al paso, la expresión perfecta. Su crónica es desde el comienzo el testimonio de su impresión ante el spectáculo de la vida, el testimonio palpitante de un conocimiento personal, resultado directo de su curiosidad, comprensión y crítica. El estmulante lirismo del espíritu suyo.

Como nacido de la experiencia, su conocimiento del mundo está libre de la erudición libresca. Lo que ha leido no encuentra acogida en la memoria mas que en el caso de haber hollado la sensibilidad, de maner que su sensibilidad es la erudita. Aventurándose ésta por lo entrelazamientos y rodeos de la descripción que la tiene entusiasmada, nos déjà el regalo de una prosa como si fuese un encaje, en donde el calado representa flores puras, arabescos semejantes a molicies y caricias, perfiles de ilusión, rasgos honorables y exquisitos a la vez.

Valga de ejemplo algún párrafo acerca de Sadda Yacco, actriz del escenario teatral japonés, diva de una compañía que realizó una gira europea en el primer decenio del siglo XX. En el fragmento citado a continuación, pienso que puede adelantarse atender no sólo al ritmo sino a la suntuosidad de la frase con una soñada aportación de insinuaciones y sugestiones : « La hemos visto a ella, flor carnal, cortesana sensitiva, loto blanco de jardín lejano, vvir, en un instante, toda una existencia de frívolos amores, y luego morir con una sinceridad hasta hoy nunca vista en el teatro. Ni Sarah, ni Rejane, ni la Duse, me produjeron nunca la misma sensación que esta muñeca pálida que mira con ojos de felino amoroso y gorjea una lengua para mi hermética. Vestida de Geisha, entre amplios pliegues de terciopelo negro, sobre el cual pájaros de oro abren las alas y los monstruos rojos se retuercen, siendo mimosa, perversa, sutil, siendo coqueta sin ondulaciones, coqueta y hierática al mismo tiempo, mezcla de cortesana y sacerdotisa, complaciéndose sin sonreir, grave cual un ícono entre sañudos amantes que se disputan a estocadas sus gracias, parece una encarnación de las pecadoras admirables que imaginó Goncourt contemplando las estampas de Utamaro. Y lyego, ya desgreñada, luego, cuando la pasión cruel muerde con ferocidad digna de los monstruos bordados en las mangas, su pobre alma de vendedora de caricias, luego, cuando de la muñeca muerta surge, palpitante, la mujer celosa para vivir una epopeya de dolores, de penas y de angustias en un instante supremo, en un minuto de locura, de fiebre, de vértigo : luego, en el delirio de sus deseos desencadendos, bajo el dominio de sus sentidos que aúllan, en el último límite de su arte, cuando el amor y la muere… etc., etc. ». No pretendo más que alcanzar alguna  noción sobre el modo en que nuestro escritor desenvuelve la frase ; sin necesidad de seguir interrumpo el texto que, con insólita libertad del compás, suscita un vaivén análogo a las variaciones que exhibe la bailarina principal de un ballet clásico y estelar.

Una prosa en desarrollo envolvente por el amor de sutiles sensaciones. Y como no es consecuencia del capricho percibir la idea que en ella se contiene, no hay que leerla entregado a la prosodia. Para entenderla hay que cantarla. Hay que intuir la entonación y atender al juego de flexibilidades y cadencias. Hay que amoldarse al ritmo. Hay que sentir, al contacto de las masas elocutivas, el fino ajuste y la labor de construcción de la prosa a medida que se modula melódica, se irisa impresionista, se yergue plástica.

No llevan a la truculencia ni a la evanescencia los articulados indicios en el trozo de la crónica sobre Sadda Yacco, donde con la carga de aflictivos estados humanos se precisa  un espacio de vida íntima a ejemplo de la que acapara al auditor de un « andante » de Mozart o de un « lied » de Schumann, al punto en que el armónico color del piano, o de la voz, liga suavidades e intensidaes como para hacer desesperar por el definitivo acorde que alivie y hasta libere el alma.

Son fascinantes las vitudes de escritura que pone en ejecución Gómez Carrillo. Estas virtudes, que por activas se demuestran solas y por si mismas, explican que las palabras más comunes se tornasen prestigiosas mientras comunicban la voluptuosidad de su espíritu carnal. Ricas de sentido, sus frases parecerán siempre, a la lectura, joyante pedrería que, circulando, hace aguas por miríadas, en una fantasía de tonos trémulos, sordos y cálidos, translúcidos y felices.

Está claro que su don no es una garra de fiera que se aferra con sensual energía. Su don cobra aliento en las inmensidades del corazón humano. Su don impregnante consuela como si fuera la fragancia del paraiso perdido. Su don tiene una inteligencia ágil como el ensueño y un misterio gozoso como la luz. Su don que vivifica, tgual que un poder flamante y creador, tiene la gracia como nombre.

Bajo el severo cielo de la sintaxis, la oraciones soberanas de soltura dan de si, a veces, hasta parecer romperse ; pero no se rompen y en el aire se recogen casi con indolencia. Son oraciones ni tan cortas ni prolongadas en extremo, cuyas cláusulas modificaoras se van enlazando musicalmente, a la manera de giros balanceados, conorme a una línea de enternecida, esbelta y lánguida ondulación, tendida al vuelo de la gracia.

De la gracia que es una esencia tanto más inefable cuanto más se alza de leve el ánimo que la desata. Por ello, poco importa saber lo que la gracia define en la naturaleza del hombre. Basta con saber que Gómez Carrillo la ofreció sin tasa en sus artículos parisienses, en sus notas de viaje, en su amor madrigalesco por las ciudades visitadas, en sus relatos frívolos y deliciosos. Porque nada más importa que el insigne cronista pudiera comprobar, en vísperas de su partida de este mundo, ocurrida en 1927, la fidelidad a la convicción de sus veintiún años, cuando escribía : « Las ideas me interesan menos que las obras y los sentimientos me preocupan más que las palabras ».