Marilyn, el mito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La pandilla de forajidos que domina el mundo del pensamiento apoyándose en desquiciados de apocalipsis quisieran destruir los mitos, el último refugio para nuestras ilusiones, en un mundo en el que impera la brutalidad física y moral como moneda de cambio en todas las plazas del mundo.Macacos empeñados en que nadie pueda salirse del círculo satánico, so pena de exclusión social. El círculo del desconsuelo, de la desesperanza, que ellos mismos han pintado en sus infiernos diarios para controlar el pensamiento y las intenciones. Prohibamos que echen abajo nuestros mitos, empeñémonos en mantenerlos contra los vientos y las mareas de esos enviados de las tinieblas, empeñados en reducirnos por la tristeza, sabiendo que si derrumban los sueños se acaba la resistencia.

El último mito de nuestras vidas, el que parecía intocable, también quieren echarlo abajo. Porque a nadie le interesan los hechos de un mito, la realidad de sus acciones, la profundidad de sus compromisos. El mito es intocable. Inviolable y al abrigo de todo pecado.

No necesitamos saber que Ulises lo escribió, lo inventó, un ciego llamado Homero en la antigüedad. A nadie le importa ni es condición sine qua non para amarlo.

Ulises y Penélope, la esposa fiel que tejía y destejía y volvía a tejer para no tener que ceder a sus pretendientes, ya no son mitos irreales. Los hemos incorporado a nuestras vivencias y forman parte de nosotros. Poco importa que Ulises rey de Ítaca vagase entre las olas de mil mares o solo del Mediterráneo, que tuviese siempre los vientos contrarios que lo llevaron a islas de desesperación pero también de placer. Que tuviese amantes divinas, que engañase a la pobre Penélope. Las circunstancias eximen de toda culpa.

Pero ya no es solo Ulises al que se trata de echar abajo y volver a encerrarlo en el cuento del ciego griego, que ni nos importa. Lo malo es que ahora, hace ya unos años en verdad, hay gente más moderna, más al tanto de lo que comunicar quiere decir, que se está encargando de apuñalar el mito de Marilyn Monroe.

Marilyn no fue la mejor de las actrices ni la más virginal de las mujeres. Fue mujer y como tal tuvo que defenderse en un mundo de hombres y en círculos de poder, donde el capricho impone la brutalidad. Pero fue única.

Estás leyendo y sientes asco como nunca lo habías sentido. Sabes que el libro está probablemente teleguiado y que mezcla la ficción y una cierta realidad, la de las sucias camarillas de la prensa amarilla. Pero el asco puede con todo.

Es donde la autora de una cosa llamada “Blonde”, mil y pico de páginas, Joyce Caron Ootes, que ha pasado su vida aspirando a un Premio Nobel de Literatura que afortunadamente nadie le ha dado, porque la maldad no debe de tener recompensa, cuenta como si fuera un cuento pero con la intención de que tú lector creas, te convenzas de que es pura verdad lo que escribe, cómo un Presidente, ni se atreve a decir su nombre, se encapricha de una rubia llamada Marilyn y manda a uno de sus perros guardianes que vaya a buscarla, en una playa, en una caseta de playa.

Y entonces no entiendes, crees que no es posible, que un hombre al que medio mundo admiró y hasta amó, hasta llorar su asesinato en Dallas, puede ser el mismo perverso siniestro que Ootes describe muy sibilinamente.

No necesito que me demuestren que Ulises y Penélope no existieron –aunque, ¿quién lo sabe?–. Me importa un carajo. El mito de Ulises está tan vivo, es ya tan palpable, tan nuestro, que ya forma parte de nuestras vidas. El mito no es más que el zaguán de nuestras realidades, muchas de ellas más improbables, más mentirosas que los mitos oficiales. Los necesitamos para seguir adelante en nuestro caminar por un mundo de descerebrados donde la referencia espiritual máxima es Wall Street.

La ilusión, creer, es imprescindible a la vida. Los mitos no son más que muletas que nos ayudan en nuestro Gólgota particular e íntimo.

Pero sin duda hay intereses editoriales y otros para presentarnos a Marilyn Monroe como alguien poco recomendable, una borracha, una depravada vía las drogas, todos ellos argumentos que el célebre FBI de John Edgard Hoover manejó hasta la saciedad en su época gloriosa cuando el Presidente de la nación era John F. Kennedy y la figura del momento la actriz Marilyn Monroe.

Marilyn fue lo que fue. Una actriz de una belleza rara, propia para todas las envidias, para todos los manejos sucios de un depravado como se reconoce que era Hoover, el poderoso patrón de la policía política del reino de los Estados Unidos de América. Y Marilyn fue su víctima. Y cuando se deletrea el pasado del siniestro policía del FBI, John Edgard Hoover, tan repeinadito, tan enfermo en sus miles de complejos que no le dejaban querer la felicidad de nadie. El espadachín que combatía el sexo con todas sus fuerzas. Siempre se odia lo que no se tiene o aquello de lo que no se puede disfrutar.

No se entiende por qué esa escritora norteamericana profesa esa actitud hacia el mito de toda América, al mito del mundo entero. De otro modo no se entendería esas mil páginas cargadas por momentos de espantosas afirmaciones.

Pero da igual. Diga lo que diga esta señora, decreten lo que decreten los jueces del alto tribunal de la verdad que no existe, Marilyn Monroe será siempre nuestro ideal femenino, la mujer que nos hizo vivir ilusionados, la mujer que lucho por sus convicciones probablemente con más rabia que las feministas del siglo XXI. A ella le tocó ser la Mujer, el ídolo envidiado, pateado por la envidia de quienes no entendían que pudiese llegarse tan lejos como ella llegó y sin proponérselo.

Sí. Fue una excepcional actriz porque no hubo otra como ella, mejor que muchas que no se desnudaron jamás, que se sepa, claro, que no supieron amar como ella, que amó al mundo entero con sus ojos de cegata. Quiso y logró elevarse en la vida, en lo social y en lo intelectual. Y tuvo como marido a uno de los hombres más brillantes del sueño intelectual norteamericano, Arthur Miller. Y ella misma escribió, intentó comprender la vida, como ninguna mujer lo ha probado, partiendo desde la ignorancia más supina hasta escribir poemas.

Dan asco, profunda vomitera, esos intentos mata mitos.

¿Creen que me apartarían de Ítaca si algunos de esos escritorzuelos que quiere conseguir la gloria con mentiras “descubriese” que en realidad Ulises tardó tanto en llegar a su palacio porque no amaba a Penélope y porque era la loca de su tripulación?

Nada más que los imbéciles son capaces de tamañas bajezas.

Marilyn Monroe seguirá siendo Marilyn, la Marilyn de todos a los que nos iluminó la vida y la que todavía nos recuerda que ella fuimos nosotros. Porque todos somos hoy Marilyn Monroe.