Mafia y chachachá

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es una auténtica bendición que los italianos, casi ausentes a nivel mundial y desde hace mucho tiempo del cine internacional, sigan fabricando unos deliciosos telefilmes donde la patria de la Mafia más terrible que jamás existió sirve de paraíso a un desarrollo de intrigas policiales, a kilómetros luz de la violencia imparable, tormentosa, enfermiza, que ya es la tónica de toda película norteamericana de acción. Contra los subfusiles automáticos o semi automáticos, los mismos que algunos deliciosos infantes universitarios norteamericanos emplean con toda libertad para asesinar a sus semejantes en los campus, en nombre del principio sacrosanto de que cada norteamericano tiene derecho a llevar un arma, y qué arma, la serie italiana “El comisario Montalbano” es un remanso de paz. Y eso que detrás de todo acto criminal escenificado está la Mafia, la de siempre, la que nació en la Italia de la II Guerra Mundial, años cuarenta del siglo XX, y luego se instaló en Estados Unidos.

El siniestro perfume, siempre tan embriagador, de todo lo que es mafioso, el concepto mismo de la vida, de la muerte, del honor, lo que Mario Puzzo nos descubrió hace ya muchos años y que dio lugar a aquella exitosa serie cinematográfica titulada “El Padrino”. El amargo olor de la muerte en nombre de pseudo preceptos cuasi religiosos de vivir. Y de morir.

El comisario Montalbano es un policía de una pequeña localidad de Sicilia, donde todo el mundo sabe, conoce, que la Mafia que ensangrentó toda la vida italiana durante muchos años, sigue ahí, dentro de palacetes elegantes y solitarios que parecen fortalezas, con sus “soldados” y sus jerarquías instauradas desde siempre por el honor que algunos inventaron cuando el castigo máximo era descargar una luppara (escopeta de cañones recortados) en la cara del pecador.

En ese mundo silencioso, más opaco todavía en la serie televisiva, con pueblos de una belleza inaguantable pero silenciosos como la Mafia en su concepción divina, de vez en cuando aparece el elemento esencial en toda intriga policíaca, desde el comienzo del género a las modernas novelas negras, que cada día son más blancas y desangeladas con la intrusión de escritores de alma nórdica. En ese mundo del silencio, de vez en cuando a lo largo y ancho de una intriga surge la indispensable mujer más o menos fatal sin la cual no hay intriga que valga.

Se presenta la mujer por las buenas, sin que se la espere, en ese mundo en el que hace ya años nos introdujo el escritor italiano Andrea Camilleri, en toda su terrorífica grandeza tratándose de la Mafia. Y se cumple aquella oración del escritor uruguayo Mario Benedetti para el que las piernas de una mujer, las de la suya, le hacían creer en la existencia de Dios. Impresionantes donna que nos lleva al cine italiano de sus mejores tiempos, cuando Silvana Mangano, Sofia Loren, Gina Lollobrígida y tantas otras hacían soñar por una entrada de cine.

Luego, el estilo de mujer lo dictó el mal gusto de Hollywood que después de una época gloriosa que llegó quizá hasta los años sesenta, Kim Bassinger fue una de sus últimas representantes de la mujer sin entrañas pero con el alma de una novicia del convento de los Pájaros de Suiza, dejó el encantamiento a muchachitas sin alma que ni siquiera excitan la imaginación.

El interés de los relatos de Camilleri no está en su desarrollo sino en el ambiente, que los cineastas han plasmado en esas inmensidades de belleza inconmensurable de una Sicilia que tal vez no exista más que en la imaginación de quienes la han concebido así.

Las intrigas son maquiavélicas, llevadas con el talento de una partida de cualquier cosa, y se extienden sin prisas, sin tiroteos insensatos, sin esos ataques desaforados de las películas norteamericanas que han convertido ya hasta la factoría Marvel en un nido de truhanes.

Entre olivos y el azul infinito del mar por el que Ulises vagabundeó seguramente, pasan intrigas, llegan soluciones del atormentado Comisario Montalbano que a ratos parece más bien un monje recién escapado de las profundidades de un monasterio patrocinado por alguna familia de mafiosos para expiar Dios sabe qué culpas.

Durante la guerra fría entre el Este (Unión Soviética) y el Oeste (Estados Unidos), que duró desde el final de la II Guerra Mundial (1945) hasta la caída del muro de Berlín (1989) a los europeos el cine nos acostumbró a películas de propaganda donde reinaban espectaculares mujeres de países del Este, rubias y malévolas, que ponían su cuerpo y su talento al servicio de la política del Kremlin.

En uno de los más recientes capítulos de Montalbano, ellas vuelven a aparecer, probablemente las hijas o las nietas de aquellas vampiresas capaces de todo, ahora convertidas en pobres muchachas traídas al Oeste por mafiosos traficantes de carne. Pero en lugar de moverse en cabarets de perdición y en casinos reales donde solo los agentes del Este y del Oeste podían enfrentarse, son pobres pero bellísimas emigrantes.

Nada mejor que ver a Montalbano, con su perfil de Mussolini exiliado –Mussolini fue dictador de Italia, lo mismo que Hitler de Alemania y Stalin de la Unión Soviética—para creer que hasta en la violencia puede haber paz. Casi nunca saca una pistola, entre otras cosas porque casi nunca la lleva, y la sangre derramada se mide con mucha parsimonia.

Es de imaginar que Montalbano será sobre todo para los italianos un bálsamo, frente a ls brutalidades que conoció Italia cuando la Mafia jugaba a ser la Mafia. Dicen que su último y auténtico padrino, Toto Riina, falleció a los 87 años, hace solo un año. Un tipejo sangriento que llegó a acumular nada menos que 26 condenas de otras 26 cadenas perpetuas. Un capullo de alelí.