Elecciones y comienzo de la transición en Cuba

Manolo Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No he olvidado la respuesta de la vasca Yolanda Martínez Calzada cuando le comenté la preocupación de que el menor de mis hijos decidiera radicarse en Madrid: “Aquello no es mejor ni peor que esto, es distinto”. Y casi una década después de aquel razonamiento, al escribir sobre las elecciones generales que se realizarán el domingo 11 de marzo en Cuba, pienso que estas no son mejores ni perores que cualquier otra, simplemente, son distintas.

Ya sé que las autoridades las consideran “unas de las más democráticas del mundo” y que los anticastristas de aquí y de allá opinan lo contrario, pero desde hace mucho tiempo, cuando acudo a ejercer el voto, se me dispara la imagen de que las democracias de cualquier signo se asemejan mucho a los mascarones de proa de los galeones antiguos, tras los que se ocultan lo mismo corsarios que piratas.

Desconozco cómo será -si hay- la democracia de los sauditas, ese reino bendecido por occidente al que Washington nunca le ha declarado la guerra por falta de libertades; es un misterio para mí lo que puede ocurrir en Corea del Norte, satanizada por casi todos;  y me asegura otro amigo que los suecos “son felicísimos” con su modo de vida, pero cuando pongo la vista en lo que me rodea y observo que en Estados Unidos llegó a la presidencia el candidato menos votado por la gente o que en Perú –donde se reunirán en abril muchos gobernante para “reforzar la democracia”-, desde el mandatario actual hasta los anteriores enfrentan cargos o son acusados de corrupción, evoco el mascarón de proa.

Lo de aquí no es ni mejor ni peor que aquello. En la isla rige el partido único –sí, el comunista- y el sistema electoral es una mezcla de participación directa en la base e indirecta y poco entendible por mucho esfuerzo que se haga para explicar, en la medida que el juego se pone bueno, es decir, cuando llega la hora de decidir por los que mandarán desde las alturas del Estado y del gobierno.

El 11 de marzo, más de ocho millones de cubanos están convocados a decidir en las urnas la nueva composición de la Asamblea Nacional (AN), dando inicio a la primera transición generacional en el alto mando de la nación en casi 60 años, que el exilio anticastrista ha solicitado no legitimar.

El mandatario Raúl Castro, 86 años, figura entre los 605 candidatos a diputados de la AN, junto con el ingeniero Miguel Díaz-Canel, 57 años, actual primer vicepresidente y eventual aspirante a la presidencia del Estado y del gobierno, según las insinuaciones de la prensa oficial.

De la renovada AN serán elegidos el 19 de abril los 33 integrantes del Consejo de Estado, que seleccionarán de entre ellos ese mismo día al nuevo presidente de la república. Salvo imprevistos de salud, todo indica que Castro se mantendrá al frente del Partido Comunista de Cuba (PCC) hasta 2021, cuando está concebido el próximo congreso de esa organización, que constitucionalmente es la instancia política directriz de la nación.

Castro fue reelecto en 2016 para un último mando al frente del PCC por lo cual, cuando entregue la presidencia emergerán por primera vez desde 1976 dos figuras claves: una al frente del partido único y otra en las jefaturas del Estado y el gobierno.

Primero Fidel Castro y después Raúl han centralizado la dirección del gobierno, el Estado, el PCC y la comandancia de las fuerzas armadas, por lo que “será interesante constatar la armonía entre esas dos nuevas esferas de poder”, en opinión del politólogo Arturo López-Levy.

El 47,4 por ciento de los aspirantes a una banca en la AN fueron propuestos en asambleas de barrios por sus vecinos y elegidos mediante voto directo y secreto. Los grupos opositores no alcanzaron nominación alguna, aunque se lo propusieron, en el momento más transparente de este proceso. La nominación del resto corrió a cargo de la comisión de candidatura que integran organizaciones sociales afines al PCC, el segmento más criticado, aunque por ley el partido único no puede nominar candidatos.

Por ello muchos cubanos, casi todos partidarios del rumbo que sigue el país desde 1959, abogan, entre otros cambios, por “una mayor participación directa” de la ciudadanía en la nominación de candidatos –se habla de que la proporción llegue a ser de 70 por ciento de nominación directa y dejar el resto a la comisión de candidatura-, quitando protagonismo a esa institución, que ahora tiene el peso de las propuestas.

Quienes estimen que el multipartidismo es sinónimo de democracia, tienen sus razones. Aquí se vivó durante más de medio siglo y el resultado no fue muy distinto al de Perú o al de Estados Unidos. Entonces la isla era “el burdel del Caribe” y la mafia italo-americana avanzaba con el presidente demócrata de turno para que La Habana desplazara a Las Vegas en el ensueño del jugo al por mayor.

Por ello lo veo así, las de aquí simplemente son distintas, ni mejor ni peor.