La insoportable levedad de las tres delicias

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Insoportable, abominable. Ya falsifican hasta el arroz tres delicias. Es el acabose de la caradura sin remedio que aquel manjar sencillo pero eficaz venido de Oriente, que había sobrevivido a todas las guerras asiáticas, desde Indochina hasta Vietnam, también haya caído en manos de falsificadores sin escrúpulos y sin gusto culinario.Ya es más o menos como aquellos relojes de los años cincuenta que llegaban de Taiwan sin transitar por Suiza ni ningún taller cualificado. Pero uno, inocentemente, creía que nadie se atrevería a meterle mano al arroz, manjar relativamente barato que en manos de grandes cocineros orientales se convertía en una exquisitez que ni el finado del Paul Bocuse.

Hay algo espantoso cuando esa moza por la que bebes lo que haya que beber, hasta un absintio si ella se empeña, te pregunta en qué piensas. Y como ni siquiera has sido nunca Fernando Pessoa no puedes contestarle que hay bastante metafísica en no pensar en nada y pasar por un tío culto del mollete.

Pero falsificar el arroz tres delicias… Se te ocurre que ni con la pena capital de antaño pagarían tamaña agresión los aventureros del gusto que agreden tus ilusiones gustativas.

Porque ese arroz del que existen recetas, aunque poca gente da con su esencia, es la ilusión de lo desconocido, de lo que apenas imaginas. Hubo tiempos en que se dijo que el perfume que le caracterizaba y que te transportaba el alma era un producto agregado de no se sabía qué alquimista japonés.

Es como esas mujeres que te miran, te fijan en el fondo de lo más profundo de los ojos, como un oftalmólogo en plena faena, entreabren los labios y vuelven a sonreír en silencio.

Cuando te desesperas es cuando te vienen las imágenes más agradables, como estar en La Habana cenando en aquel salón regio del Hotel Nacional, donde un pianista que parecía salido de una película con Xavier Cugat y sus chihuahuas te hace decirle a tu acompañante aquella cosa bonita que oíste en un tango, otra tarde, en Montevideo sin Benedetti y con mil argentinos por metro cuadrado.

Los que dicen que el tango es triste es porque nunca le han penetrado con uno de esos boleros que te llevaban al infierno de la sinrazón.

Seguramente por eso, o por tantas otras cosas, porque una tarde vi llover y no estabas tú, y ni siquiera había acudido Armando Manzanero, en Europa ya casi nadie sabe lo que es un tango como también hemos perdido de vista a qué sabía un arroz tres delicias cuando te lo servían en aquella callejuela del barrio chino de París.

Y es posible, si no ocurre ya, que cualquier día de estos nos enteremos de que el pato lacado ya no existe más que en la foto del recuerdo.

Así se van las ilusiones. Porque el arroz aquel, que además era barato, y que te aproximaba de los delirios de los fumaderos de opio de cuando la China acogía a intelectuales extranjeros que huían del aburrido Occidente. Era cuando Ava Gardner buscaba refugio en los brazos musculosos de Charlton Heston en la ciudad prohibida de Pekín, donde mil concubinas esperaban turno, como taxis amarillos en Nueva York, para dar placer al emperador, que la mayoría de las veces prefería clasificar los sellos que acababan de llegarle por el Orient Express.

Si algún día vuelvo a París buscaré aquel restaurante chino en el que servían un suntuoso arroz con más de tres delicias, con la geisha de la imaginación que se abría a mil secretos mientras tú hincabas los palillos en los primeros granos, antes de llevártelos a los labios. Entonces ellas, rencorosas, cerraban su albornoz y te sonreían de muerte.

Se acabaron los tangos, se acabaron los boleros, se acabaron los machos y resurgieron las hembras.

Autor entrada: onmagazzine