Cuatro Oscars como cuatro soles

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Pensaba contarles la historia de un pobre cineasta mexicano que empezaba en el mundillo cinematográfico norteamericano ganándose la vida barriendo los estudios de Hollywood cuando le vino la fama que da el talento tarde o temprano. Hasta que una noche de muchos años después triunfó, como en cualquier cuento de hadas. Guillermo del Toro no habría podido encarnar a esos personajes de perdedores con garbo que tan bien lucía Cantinflas. Su biografía dice, por el contrario, que es un tipo afortunado, que fue un niño de buena familia, con una carrera estructurada y sin los sobresaltos de la pobreza, prima de la mendicidad.

Le veo en una foto de “Excelsior” de esta mañana de lunes, todavía calentita de la edición que los mexicanos seguramente se leerán y requeteleerán con el café con leche.

Guillermo del Toro es el hombre que con poco más de cincuenta años de edad y cara de niño regordete que nunca rompería una estilográfica Mont Blanc por capricho, ha hecho que todo un país se levante para decir su orgullo. Nada menos que cuatro Oscars se ha llevado de un tirón con su maravillosa película, de maravilla, “Las formas del agua”. Y todavía me parece que le falta algún Oscar.

El premio se ha celebrado seguramente en medio mundo, el otro medio no ha tenido tiempo todavía de ver la película, la más excelsa, la más terriblemente eficaz contra la angustia que he visto en cincuenta años de crítica de cine con carné. Digo esto porque vivo en una isla africana donde si no estás debidamente documentado no eres nadie.

Se confirma así que el cine hecho por mexicanos es hoy por hoy uno de los mejores del mundo y, desde luego, el mejor de América Latina. Porque el realizador ha conseguido algo importante. Se ha olvidado de sus regionalismos y de ese acento que otros cines de Latinoamérica no pueden soltar. Guillermo del Toro ha dado un caché internacional a un cine que durante muchos años fue regional, nacional cuanto más.

Pero ya no cabe duda. Que se dejen los sentimentalismos en el bolsillo. Un mexicano ha conseguido poner una película en el cielo.

La verdad es que no es tan extraordinario si se tiene en cuenta que hace setenta y dos años, México triunfaba ya en un festival de cine internacional, el de Cannes, que se levantaba de las cenizas de la segunda guerra mundial y en 1946 se estrenaba, tras haber fallado en su intento de 1939, año en que estalló la más terrible de las guerras. Era algo fuera de serie. México no estaba en el firmamento de la farándula.

Entonces triunfó “María Candelaria” (Gran Prix y premio a la mejor fotografía) dirigida por El Indio Fernández y con una pareja de lujo, Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Una premiación que se inscribió de forma muy particular en el Festival de Cannes ya que todavía no se llevaba lo de los festivales y el cine mexicano no gozaba de ningún favor en Europa.

En la noche del cuatro de Marzo de 2018, el mexicano Guillermo del Toro ha dejado el talento mexicano muy alto. Su película no es una película cualquiera como alguna que figuran igualmente en las lista de las premiadas en esta edición de los Oscar.

“La forma del agua”, no hay que cansarse de decirlo, es una película mágica. Y encontrar magia en un siglo como el nuestro es difícil. Porque el mundo está en guerra (Siria y decenas de frentes apenas esbozados, sin contar el terrorismo que no cesa) y, en 1946, el mundo acababa de salir de la II Guerra Mundial cuando otra película mexicana era doblemente galardonada en un Festival, el de Cannes, hay que machacarlo, que con el tiempo se convertiría en un referente mundial.

 

Autor entrada: onmagazzine