Los niños del horror

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ya apenas reaccionamos ante esas imágenes horrendas de niños de la guerra, niños metidos en guerras en las que no tienen nada que ver. Pero que mueren cuando los señores de las bombas dejan caer sus cargas sobre pueblos y ciudades donde ellos están jugando, pensando en que papá llegará pronto. Pero el papá ha caído en una acera derruida dos calles más abajo. Lo han matado no se sabe qué combatientes de la libertad. La libertad de matar. El horror. Ya no nos llevamos las manos a la cabeza viendo los ojos verdes de aquella niña afgana que parecía una modelo de Vogue, arreglada por algún fotógrafo que quería vender su instantánea de guerra. Oiga, perdone, pero es que ya nadie quiere niños muertos en playas desiertas. Ya no interesan a nadie. Busquemos las Barbies del horror a ver si hay más suerte.

Afganistán, Irak, ahora Siria, antes no sé qué y después lo que venga. Que siempre habrá un terreno abonado por la mala baba de los señores de la guerra. Y los niños muertos o atrozmente heridos, quedaban tan bonitos en las fotos de la prensa mundial, donde los compadecías mientras untabas la sedosa mantequilla de Bretaña en una inmensidad de pan tostadito a punto.

Entre la sección de deportes y las cotizaciones de la bolsa estaban a veces las fotos de los niños, pobres niños murmurabas a riesgo de ahogarte, mientras procurabas que no tuviesen que hacerte la respiración artificial con el cacho de pan que corría por tu esófago acompañado del rico café con leche, caliente a punto.

A punto como esos niños –sí, señor, hay que hacer demagogia, hay que apuntar entre las piernas de los lectores, de las lectoras, para que los que puedan despierten—ennegrecidos por la pólvora, por los excrementos de caballos, por el polvo de la calle y que miran a la cámara con ojos horrorizados. Habrá que fotografiarlos en tres dimensiones, con efectos especiales, y pedirle a Guillermo del Toro que nos de algunos trucos de su universo particular para que los lectores o escuchantes lloren, miserables.

Hace muchos años, tantos como la memoria lo permite, fue aquel niño achicharrado por el napalm en una carretera de Vietnam, por la que corría desnudo y loco de terror, con lágrimas en unos ojillos martirizados. Habría que volver a sacarlo, pedirle a los norteamericanos un poquito más de ese siniestro napalm que arruinó Vietnam y gritar “¡Rodando!”.

Ni por esas. Ni por todo el napalm del mundo. Ni todo el napalm que los norteamericanos, tan generosos ellos, regaron en Vietnam y en algún que otro de sus particulares campos de batalla sería suficiente para avivar las conciencias occidentales, sí, la de los que leemos, vemos en la TV y escuchamos. Ni los alaridos más feroces hacen nada en la conciencia humana ya perdida.

A ver, póngame una docena de niños palestinos, sí, tan ricos como aquellos que mataron los israelíes en una playa donde estaban jugando, a menos que estuviesen conspirando contra el gran Israel. Porque todos los palestinos son unos golfos, asesinos, mírenle las caras. Y no digamos de los niños.

Los niños de Irak. Los niños de Afganistán. Los niños de Birmania, donde las matanzas son silenciosas, con la aquiescencia de organismos que deberían combatir a los fascistas dictadores de diamantes. Pero hay que rendirse a la evidencia, los niños del horror ya no despiertan compasión ni indignación.

Y esos otros niños que desde antes de nacer viajan en el vientre de sus madres, que desde lo más profundo de África, con desierto a pie por medio, quieren alcanzar Europa, la costa de la abundancia, exponiéndose para ello a naufragar, a ahogarse en aguas del Mediterráneo. Ellas, las pobres embarazadas, que con un poco de mala suerte, la de los pobres de misericordia, terminarán en el fondo del Mediterráneo, matarile, lile lo. Ellas, las pobres de toda la vida, quieren que sus hijos nazcan en lo que ellos consideran un mundo de abundancia. Y que crezcan libres, lejos del horror que unos negros imponen a otros negros, que unos pobres imponen a otros pobres, porque la maldad no tiene razón.

Pero te aburren todos esos horrores que no tienen nada de elegante, que son pesadísimos a fuerza de repetirlo. Y te refugias en tus recuerdos de egoísmo agradable.

Estáis en el Hotel Nahoum, una institución nacional de Brasilia, en la que llegas a olvidarte que Brasil está compuesto por un grupito de gente que lo tiene casi todo y una inmensa humanidad de los que no tienen casi nada, salvo la sonrisa y el amor por Jesucristo.

No, no crean que les voy a lanzar un discurso progresista sobre el malévolo capitalismo. Lo que sucede es que es una realidad de Brasil. Los pobres se refugian en la religión y su ídolo es Jesús estén donde estén. Aunque no seamos malos del todo y pensemos que tal vez los ricos también lo aman, aunque solo sea por si acaso…

Pero reconozco que nunca pensé en los miserables, la miseria tiene por capital Brasil, mientras nos metíamos entre pecho y espalda unos buchitos de güisqui de la botella que siempre teníamos en la mesa. Con una particularidad: esta botella tenía una discreta escala pegada a un costado que indicaba más o menos indiscretamente el consumo del líquido. Nunca volví a ver tamaña prueba de confianza. Aunque tal vez fuese una forma de luchar contra el alcoholismo… Vaya usted a saber.

A ver, camarero, póngame otro güisqui, doble, y deje la botella y vaya a buscar otra porque el día no acaba.

Aquí tienen esta revista maravillosa y esta niña que parece una modelo de Lacroix. Dicen que es una refugiada de Afganistán o, bueno, ya sabes, un país de esos.

Deje la puñetera botella aquí, ¿es que no ve que estamos muy tristes?.

Autor entrada: onmagazzine