Un diálogo de besugos

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es la tercera vez que vivo en Barcelona o en su entorno. En los casi 30 años que totalizan estas estancias en la capital catalana, nunca jamás tuve problemas con el idioma. Al principio me costaba entenderlo, pero avancé totalmente durante mi época ibicenca, aunque es diferente y no solo en la pronunciación. Todavía hoy, como ha sido siempre y como creo que seguirá siendo a pesar delos tiempos que corren, no consigo que mis interlocutores –muchos amigos sobre todo—sigan hablando su idioma cuando se dirigen a mí. Incluso cuando me dirijo en mi estrafalario y pobre catalán, la casi totalidad de los interlocutores –al ver mi dificultad o porque quieren evitar escuchar como se destruye su idioma—pasan automáticamente al castellano, como diciendo: “tío no sufras ni te esfuerces y sobre todo no insistas en destruir nuestra lengua”. Si bien muchos otros se muestran muy agradecidos por mis esfuerzos.

Parece mentira, pero después de tantos años no entiendo cómo ni por qué no hablo un catalán fluído, como lo hago con el francés o el italiano, después de haber vivido en esos países vecinos. Es que casualmente se puede encontrar una explicación, al menos la mía. Si viniera directamente del francés o del italiano , sin pasar por un conocimiento de castellano previo, resultaría mucho más fácil, dado que las raíces son las mismas. Es lo que recomiendo a italianos y franceses recién llegados: pónganse directamente al catalán porque una vez castellanizados después es más difícil, aunque no imposible. En mi caso, empiezo a hablar en catalán y al primer verbo que debo emplear término hablando italiano… raro, pero es así.

Todo esto me recuerda cuando a la corresponsalía de France Presse que ocupé durante más de 15 años en Barcelona, un día llegó un enviado de un semanario francés. Era un periodista importante, uno de los reporteros estrellas, encargado de hacer un reportaje sobre la especie que corría por los ambientes más jacobino que por poco aquí colgaban a los niños de los árboles si no hablaban catalán. Eran los inicios de la inmersión lingüística. Le expliqué que no había ningún problema de convivencia y que en mi caso jamás había sido ni recriminado, ni discriminado, ni nada por no hablar el catalán, que muchos de mis compatriotas hablan con envidiable dominio.

Para que entienda un poco el automatismo que tienen los catalanes para pasar fácilmente de un idioma a otro, le propuse que el domingo viniera a almorzar en casa de mis suegros. Él, mañico de Zaragoza, ella catalana. Sus hijas hablaban a velocidad del rayo en castellano con el padre y en catalán con la madre y los cuatro hablaban del mismo tema en dos lenguas. El tío quedó helado y después lo llevé por bares y kioscos para hacer el ensayo. Se fue antes de lo previsto y medio me reprochó que había venido en busca de ayuda hacia mi persona y que, en realidad, le había aguado por no decir abortado , su reportaje.

Ahora el gobierno central pone en la picota esa inmersión lingüística porque al parecer unos 40 padres quieren que sus hijos reciban educación en castellano. Conociendo el ambiente infantil de las escuelas y su crueldad, no quisiera estar en la piel de esos chicos por un capricho de sus padres.

Es como con todo lo que está pasando en Cataluña, un diálogo de besugos. Un diálogo inexistente. Errores , ignorancia y tozudez por ambas partes.

El presidente español, Mariano Rajoy, parece haber adoptado la estrategia que al parecer tiene bajo su frondoza cabellera su colega Donald Trump. Ir al choque con todo. Cuanto peor , mejor. Patear los jarrones que hay sobre la mesa. En la Italia de los setenta “i neofascisti” practicaban lo que la izquierda decía “strategía della tensione”. Es un método. Pegar donde más duele, sin importar las consecuencias.

En este caso ¿Con qué fin? El de siempre, recaudar votos. Cuánto más golpee a Cataluña, sus valores, sus pasiones, su cultura, más votos obtiene el partido en el poder de un electorado con algo de cateto que siente que hasta el campanario de su pueblo va a terminar invadido por ese idioma “polaco” que es el catalán. La defensa del castellano que está presente en la calle, los patios de colegio, en la televisión, radio y medios escritos. Y la defensa, del otro lado, del catalán con el argumento de que si no lo hacen desaparecerá. Cuando se mantuvo durante el franquismo que hasta metía en la cárcel a quien hablara el idioma de sus padres.

Y se puede aplicar a otros niveles,  territorial , político y económico. Es muy posible que el establishment madrileño y gran parte de la España profunda tema mucho que un alejamiento de Cataluña, convirtiéndose en república independiente, provoque que la gran masa de actividad y dinero que se genera en el Mediterráneo, ya no se vea en el resto de España. Es un miedo justificado.

Y que al ser una república independiente se “rompe” España, como si alguna vez dejó de estar rota en enfrentamientos y desconfianzas mutuas. En mi fuero muy interno me gustaría que los republicanos catalanes se las ingeniaran para pactar un sistema que los aleje de la aspiradora española y en cuanto a lo de independizarse en república, ¿no sería más útil para todos que luchen para transformar también en república la obsoleta y anacrónica monarquía “parlamentaria” que “vive” de todos los españoles?.

Ya algunos pasos interesantes se han dado estos días cuando la number one de Barcelona, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, anunció que desistá de participar junto al rey en una cena previa al Móbil Word Congress, el  congreso mundial de los móviles, el maná económico anual para la capital catalana. Un foro mundial sobre el móvil que inunda la ciudad de ejecutivos, asistentes, expertos, que tienen todos sus gastos pagados y llenan a rebozar los numerosísimos hoteles barceloneses y de alrededores. Lo hizo y lo explicó por carta a la casa del rey, por la situación en la que se encuentra Catalunya, pero sobre todo porque en su habitual discurso de fin de año, Felipe VI ignoró mencionar las palizas desenfrenadas, inútiles y arbitrarias que dio el primero de octubre la policía venída de otras ciudades de España a catalanes que se movilizaban para votar en un supuesto referéndum que ya había sido declarado ilegal. ¿si era ilegal, no era más inteligente ignorarlo?.

Ahora hay un impasse. No hay acuerdos para nombrar presidente de la Generalitat porque unos quieren devolver al poder al anterior, fugado en Bélgica para evitar ser juzgado por rebeldía y otras causas, de escaso valor jurídico, según un sector de la judicatura.

Sea como sea, este diálogo de besugos ni siquiera ha comenzado. El parate general existente se hace palpable en las distintas actividades económicas de todo el territorio: restaurantes, hoteles y tiendas de Barcelona, con una seria caída de presencia turística, el abandono de sedes de empresas importantes, medianas y pequeñas que a la larga podrían llegar a registrar una recesión. Si en Cataluña el parlamento está inutilizado por estas disputas por el poder, lo que prolonga la aplicación de un artículo (155) de la Constitución, mediante el cual se está gobernando Cataluña desde Madrid… en Madrid, con la excusa de estar tan ocupados y preocupados por el monotema catalán, tampoco se mueve una mosca.

La crisis institucional es grave, el gobierno central está debilitado y desacreditado por denuncias de corrupción, tres o cuatro de sus ministros están  impugnados por el parlamento, los jubilados –que en gran parte son los votantes desde hace años del Partido Popular en el poder—se han lanzado a la calle a protestar por la política y miserables aumentos anunciados por el gobierno (0,25%) y el malestar es generalizado entre la juventud.

En la otra barricada, los catalanes independentistas están descendiendo, según las últimas encuestas, acaso por la desilusión después de tantas expectativas creadas mediante promesas o medidas que avanzaban hacia la república, pero que fueron siendo desmontadas por un Tribunal Constitucional activo y rápido en este caso. Bajarán los porcentajes, pero el sentimiento reivindicativo seguramente sigue avanzando y aparenta ser imparable.

  La judicialización de la política en España o la politización de la justicia, son las dos mayores amenazas de la democracia española actual. La convivencia está en peligro y si algo queda de ella es gracias a una ciudadanía que detecta  atónita cómo en ambas partes hay políticos que no responden ni al nivel ni a las expectativas que esperaban de ellos sus votantes.

Autor entrada: onmagazzine