Batallitas con papel carbónico

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hoy me permitiré oficiar de viejo o persona mayor, como se prefiera. A mi me gusta y no me molesta, viejo. Viejo le decíamos mi hermano y yo a nuestro padre. “Mi querido viejo” es una canción que recomiendo, de Piero, un enorme cantante argentino. Y de estas líneas tiene la culpa el despertarse de un sueño en el cual aparecía un papel carbónico defectuoso Si algún estudiante de periodismo o periodista joven cae en la tentación de leer estas líneas atraído por la trampa del título, se preguntará qué c…… es esto del papel carbónico. Pues, cuando empecé oficialmente el periodismo, en el diario La Nación, era un elemento básico. Era una hoja de papel, generalmente plateado, que se colocaba entre dos hojas, donde se escribía la noticia. De tal forma que el original iba a la mesa de lectura (en ese entonces casi todos gallegos de Galicia que dominaban como nadie el idioma castellano) y la otra te la quedabas y siempre terminaba en un pincho, que formaba parte de la desordenada y hoy insólita mesa de un redactor. El original llegaba con las correcciones correspondientes primero al secretario de redacción, que lo reeleía (a veces leyendo los diarios de hoy me pregunto si alguien leyó eso antes de ser publicado, además del autor… y sobre todo cómo dejó pasarlo…) y después pasaba directamente a la “sala de máquinas”, un sitio en el que hoy alucinarían quienes estén estudiando para oficiar de periodistas. A mi me daba la sensación de entrar en esas imágenes cinematográficas donde unos cuantos remeros –que en el cine siempre eran esclavos—le daban con todas sus fuerzas para que la nave avance. Unas maquinarias que nada tienen que ver con el ordenador en el que estoy escribiendo, se encargaban a la vez –comandadas por una persona agilísima con los dedos—de fundir el plomo que iba cayendo en unos moldes de letras que configuraban el texto definitivo. Eso lo leían al día siguiente los seguidores de La Nación, un diario aún existente, caracterizado por su moderación en aquel entonces. (Tengo la sensación de estar escribiendo un cuento como el que nos contaban de niños de Caperucita roja, en el que había que esforzarse para imaginar un lobo con una abuela en la panza). Pero seguiré.

 En una época tuve la suerte –digo yo ahora—de tener que encargarme de un boletín diario que en nombre del diario se leía por la noche en Radio Municipal. Una suerte porque con esa excusa no podía salir de reportajes, que me gustaba pero jodía porque si era invierno había que soportar ratos de lluvia al frío y si era verano, el insoportable calor húmedo bonaerense. En ese caso debía utilizar dos papeles carbónico, porque otra copia quedaba para no sé quién ni nunca quise saberlo.

Llegué a ese diario donde habían trabajado mi abuelo, mi padre y alguno de mis tíos, después de haberme iniciado en el oficio con mi padre que –después que Perón le clausuraba por ley mordaza la que era la primer agencia de noticias argentina, Andi—ya jubilado creó una agencia de artículos de opinión que semanalmente enviaba con temas candentes a unos 150 diarios del país. Lo que hasta ayer se llamó “newsletter” y hoy podría ser un tuit extenso o un blog o como se llame. La cuestión es que había que hacer 150 copias o más, en papel que daba la imagen que hoy tienen los reciclados, mediante el “mimeógrafo”, otra antigualla que no sé si en las escuelas de periodismo se cuenta lo que era. Era otra maquinaria infernal, ruidosa, que mediante una manivela se hacía girar velozmente y escupía copias perfectas de lo que se había escrito y trasladado previamente a un “stencil”, otra joya. El stencil era una sofisticada página encerada que las teclas de las máquinas de escribir (sí, máquinas de escribir) perforaban para ser puestas en el mimeógrafo que les enviaba tinta mientras giraba como loco para que se imprima en la hoja…

Sigo con Caperucita.

Era yo el encargado de copiar en el stencil lo que escribía mi padre. Quizás deba a ello mucho más que las pesadas y anoréxicas clases de castellano  del colegio que hoy esté escribiendo algo medianamente bien redactado. Y lo “tipeaba” yo porque por una vez, como decía él, le había hecho caso. Me aconsejó estudiar inglés y mecanografía. Me inscribí de mala gana en sendas academias y lo que saqué más claro es lo de escribir al tacto. Me ponía el ejemplo de uno de sus redactores en la agencia –no tengo claro si Jerónimo Jutronich que luego fundó la agencia Telam, la agencia oficial argentina o Luis Clur, acaso el mejor director que luego tuvo el diario Clarin—que era capaz de ir escribiendo una crónica mientras se comunicaba con el teléfono colgado en la oreja y la otra la destinaba a escuchar informativos de radio, escribiendo con la velocidad del rayo. Fui de mala gana a la academia hasta que descubrí que la mayoría del alumnado eran chicas guapísimas que aspiraban a secretarias. Era más barato y sano que una discoteca para ligar…

Eso me facilitó la tarea inicial que tuve –como aspirante porque fui yo quien quiso empezar bien de abajo como era la regla y no acomodado por pertenecer a una saga familiar—en el diario que consistía en otro procedimiento con el que alucinarían hoy los futuros peridiotas. En unas cabinas isonorizadas, claustrofóbicas, recibía el llamado de algún corresponsal de alguna lejana provincia que leía su crónica, que era grabada en un casette (no hace falta que explique qué es, supongo) mientras se escuchaba el relato que después había que desgravar, a velocidad de rayo, mediante auriculares. Un infierno porque había cada uno que redactaba como el culo y había que rehacer su crónica, lo cual luego de publicada traía aparejada la puteada lógica del autor que se creía malinterpretado a veces, pero nunca mejorado.

Toda esa velocidad que les cuenta Caperucita roja, futuros colegas, me ayudaron muchísimo luego en mi carrera de agenciero o de corresponsal. No se imaginan cuánto. Bajo estos dedos agilizados por la Academia Pitman, pasaron noticias como la llegada del hombre a la luna, el secuestro y muerte del presidente argentino Pedro Aramburu, mucho después en Europa,  muerte de Franco en España, el encuentro de Arafat con el papa, y el posterior  atentado a su persona, la muerte de Dalí, la inauguración de los Juegos Olímpicos, pero salvo en las primeras, nunca más debí poner papel carbónico entre dos hojas.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado

Autor entrada: onmagazzine