Mujer, francia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La he conocido en un lugar de intercambios, donde siempre llegas con la esperanza de salir de allí con la sonrisa de la bienaventuranza, contento, satisfecho. Ella ni me había mirado. Estaba en un rincón, con pinta de aburrirse o de llevar allí cierto tiempo esperando. No era la muchacha recién salida de la flor de la vida. Ella más bien daba la impresión de haber vivido mucho. Le noté incluso el gusto a tabaco que dejan las largas esperas. No le fui indiferente porque en seguida me dejó que le cogiera la mano, que la mirara. No era muy cortés, pero esta vez quería estar seguro de no equivocarme. Apenas nos sonreímos pero ella me dijo que se llamaba Françoise. En seguida comprendí que era francesa y me alegré. En este fin del mundo donde vivo entre el mar y África no se encuentran más que nórdicas únicamente preocupadas por dorarse al sol. Gente sin conversación y que hablan entre ellas. Ya pasó aquella época de los años sesenta, principio de los sesenta, de los primeros automóviles baratos que permitían viajar a la clase media.

Esta costa había sido invadida entonces por huestes femeninas llegadas del norte profundo de Europa con un solo objetivo, emparejarse aunque fuese por una hora con uno de los fornidos y guapos pescadores que apenas pescaban y a los que las medidas de retención moral dictadas por el dictador Francisco Franco habían convertido en enamorados locos y en depósitos de hormonas y semen al por mayor.

Ahora la costa es aburrida y vieja. Por eso me alegré tanto de haber encontrado a Françoise metida en su libro de segunda mano e incluso un poco con arrugas del tiempo. Salimos de la mano y nos sentamos a tomar un café. En seguida me contó su vida. Procedía de lo que se llama una buena familia francesa y ella misma había escalado algunas de las más altas cimas de la Administración francesa. Era una mujer importante, interesante y nada desagradable. Tenía todo el encanto que da el saber estar, el estar sabiendo que sabía todo cuanto había que saber.

Me dijo que había sido ministro y que tuvo dos maridos. El segundo todavía le duraba pero le aburría por su tremenda fragilidad pese a que era un escritor de moda, conocido y ganador.

Nos reímos a carcajada cuando me contó cómo el pájaro este, siempre mecido por los brazos de la incertidumbre, quiso cambiar de estilo y entonces devoró todas las obras de Proust, sin darse cuenta que este escritor, que ya había ascendido a los cielos de los clásicos, era un tostón de cuidado.

“A las dos de la mañana –me contó con una bella sonrisa de mujer segura de donde pisa– (desde que tomaba Proust a en dosis masivas Thierry tenía la fea costumbre a vivir de noche) se presentó en mi dormitorio, con su libro en la mano: “Mira, Christine… sí, por favor, lee mi sentencia de muerte” Y ante mis ojos llenos de sueño me enseñó cómo Proust le aconsejaba, por decirlo de algún modo, sobre el arte de la novela, y, lo que sacaba de quicio a mi marido, era que de pronto Proust le aconsejaba imperativamente “los efectos del silencio” y mandaba al carajo a Balzac.”

Fíjate, agregó Thierry hundido, esto significa dos meses de trabajo liquidados. He sido un tonto fiándome de él (de Proust, claro) ¿Qué va a ser de mí?Entendí por qué lo había plantado en plena recepción del Palacio del elíseo y tomado el primer avión que, casualmente, iba a Málaga.

Cuando la acompañé al aeropuerto, oí que la empleada que tomaba su billete de primera clase para París la trataba con sumo respeto y le llamaba Madame Chardenagor.

Nos despedimos con un apretón de manos y entonces comprendí que el libro que aquella tarde había retirado de la mesa de intercambios donde cada cual dejaba y recogía a su antojo era “L’enfant aux loups” de Françoise Chardenagor. No era más que una de esas mujeres ilustradas que son tan frecuentes en Francia, donde el feminismo siempre ha sido triunfante.

El símbolo de la república Francesa es una mujer que no se corta un pelo para enseñar a los pasantes dos opulentos senos. Marie Curie, una de las más ilustres científicas que hubiese parido madre, Premio Nobel cuando las mujeres no estaban bien consideradas en esas esferas, era francesa.

En la Revolución francesa de 1789, la madre de toda las revoluciones pese a la guillotina, las mujeres del pueblo marchaban en cabeza contra las fuerzas de la monarquía, mientras otra mujer, Maria Antonieta, reinaba en Versalles y le atribuyen esta joya literaria cuando supo que el pueblo se había echado a la calle pidiendo pan: “Bon, si no tienen pan que coman pasteles”.

Francia siempre ha sido el reino de la mujer, de la ligera que buscaba el amor a cualquier precio que le pagaran en los bulevares de París, las que hicieron morir de amor sifilítico a Guy de Maupassant que tantos tributos les rindió, hasta las damas del Elíseo, las esposas de los Presidentes de la República, que desde tiempos inmemoriales están también al frente del Estado.

En Francia, la esposa de un Presidente de la República no es, o raramente lo ha sido, una figurita decorativa. Impone su estilo, como la esposa de Pompidou, que introdujo la noción del arte moderno en el viejo Elíseo, la de François Mitterrand, tercermundista convencida que a veces chocaba con la política seguida por su esposo. Solo conozco una excepción, la de la esposa de Charles de Gaulle, que siempre se mantuvo literalmente en su cocina, y no la del Elíseo, sino la de una casita de un pueblo, Colombay- les. Deux- Eglises.

La Francia del siglo XIX fue el país de la galantería. Emile Zola principalmente, tal vez en su calidad de padre del naturalismo literario, es quien más documentos nos ha dejado de este ejercicio del poder femenino en su expresión más carnal. Nana, el personaje que inventó para testificar de lo que la belleza desbocada podía, enseñaba cínicamente a sus amigas a despojar a un multimillonario hasta convertirlo en pobre de solemnidad.

Guy de Maupassant, uno de los cronistas más feministas de toda la literatura francesa, escribió la friolera de 281 relatos sobre la mujer, especialmente sobre todas aquellas que hicieron de Francia el país del amor, con sus tarifas y a veces sus regalos suntuosos, que podían venir de un rey de Inglaterra (se morían por las francesas) o de un marajá de cualquier India.

Hubo también un tiempo en que en América Latina tener una novia francesa era de lo más elegante. Quizá fuese por eso por lo que más de un presidente derrocado elegía París como exilio. Conocía a uno de ellos que había sentado sus reales en una de las más bellas avenidas que rodean el Arco del Triunfo de París. Vamos, que la revolución perdida no le había dejado en paños menores.

Y de Sarah Bernhard a Brigitte Bardot nunca ningún país ha podido competir con la elegancia y la belleza tan particular de la mujer francesa que llevó a un hombre tan rígido y cartesiano como el Presidente Charles de Gaulle a proclamar urbi et orbi que BB era para Francia tan importante como los automóviles Renault. No era precisamente un piropo castizo pero la frase decía lo que quería decir.

Autor entrada: onmagazzine