La bestialidad imperdonable de “Pulp Fiction”

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hace ya cosa de veinticinco años, el mundo entero aplaudió, aplaudimos, la machada de Quentin Tarantino de brindarnos su “Pulp Fiction”, que el tiempo andando, ese tiempo que a veces habría que detener, ha convertido la película del norteamericano en lo que se suele llamar un “filme culto”.

Al cabo de todo ese tiempo transcurrido desde el estreno vuelves a ver la película y entonces ya te parece menos “culta”, más torpe, incluso en su realización, y finalmente puedes pensar incluso que es una auténtica barrabasada, una estupidez de adolescente norteamericano capaz de matar a diecisiete personas, y sube, simplemente porque se encontraba deprimido, nervioso. Ni siquiera borracho, fuera de sí, porque en el último caso era un chaval de solo 19 años, que ni siquiera había tenido tiempo de vivir. Pero si de matar, con alevosía y ni siquiera tuvo la gallardía de pegarse uno de sus tiros.

Con un fusil semiautomático pero con la frialdad de un personaje de “Pulp Fiction”, porque el cine lleva a todo, incluso a la eternidad de la muerte.

Malandrines analfabetos de sentimientos encontrarán mil excusas al criminal, como el propio presidente Donald Trump que lo achaca todo a la enfermedad. Claro, estaba loco, solución cómoda y que permite que la industria de las armas norteamericana siga inflándose de ganar dinero sin que le duela el corazón.

En “Pulp Fiction”, una de las “escenas” que más impactan, entre otras muchas, porque el tremendismo es la marca de fábrica, consiste en ver como Bruce Willis mata a bocajarro a John Travolta que sale del retrete, sin la menor vacilación, con la más repelente frialdad del mundo, sin la más mínima razón. ¿O sería porque Travolta salía del retrete con algo que parecía un libro, o algo que leer, en las manos? Personajes sin piedad, que matan como enseñan a los soldados norteamericanos super entrenados a enfrentar al “enemigo” que es en general gente que ni siquiera habla su misma lengua, gente con la que tampoco puede explicarse. Gente a la que se ha invadido en nombre de la sinrazón que da ser el más fuerte, como en las malas películas del Oeste.

¿Realmente en 2018 tenemos que seguir ese “realismo” trasnochado de un realizador que probablemente no lograría pasar el más elemental examen psiquiátrico, que no vacila en romper la brutalidad seca que ya había experimentado Sam Peckimpack? Pero aquello nos parecía una experiencia. Lo de Tarantino es grave, gravísimo, visto con la luz del mundo en que estamos viviendo en este siglo.

¿Está nuestra sociedad tan enferma para que haya 17 muertos, 20 muertos, cientos de muertos, y que nadie le eche la culpa a la influencia de ese cine nefasto del que Tarantino es una especie de papa negro?

¿Un gran país como Estados Unidos necesita inyectarse sadismo además de todas las drogas del mundo para sentirse a gusto, satisfecho de su supuesta virilidad, de sus cojones como dirían en otros países?

Es espeluznante que los críticos, los que hablamos constantemente de cine no hayamos ya quemado las copias de esas basuras de películas que envenenan a nuevas generaciones so pretexto de belleza trascendental, de imágenes que trascienden. Es lamentable que no pidamos una revisión de los principios más morales para filmar, de la misma manera que se exige en la escritura. Salvo que la imagen vehicula con más rapidez y mayor agudeza cualquier barbaridad.

De la “tontotarantinitis” hay muchos imitadores, que ni siquiera se escudan en el arte. Son todas esas series norteamericanas donde da más miedo ver a un policía que a un delincuente. El poli “perfecto” versado hasta en la adivinación y no digamos en las ciencias exactas siempre apoyadas por enormes fusiles de asalto y la expresión bestial de los actores que salen para matar no para resolver problemas.

Líbranos, Señor, de esa generación de locos del gatillo.

El cine norteamericano ha sido siempre grande, muy grande sin necesidad de engendrar ríos de sangre provocados por el sadismo inútil y sin siquiera el menor pretexto. Matar bestialmente, a lo Tarantino, es, parece ser la religión de tantos directores y guionistas, o que creen serlos, y que basan el interés de las historias que pretenden contar en el número de muertos, aplastados por balas de calibres de guerra, salpicados por toda la sangre del mundo.

El mundo que todos esos payasos imitadores proponen es un mundo sin piedad, un mundo de gentuza que se emborracha con la sangre de los demás, se dopa con toda la cocaína del mundo, se resucita chutándose de la forma más bestial.

Me pregunto si películas como “Pulp Fiction” no anunciaban la llegada del reino de Donald Trump, que en cierto modo me ha recordado al siniestro y magnífico Peter Lorre en “M. El vampiro”, película alemana de Fritz Lang de 1931, cuando el nazismo, la mayor desgracia de la humanidad, tan terrible como el comunismo de Stalin y de Mao Tse Tung, se instalaba en Alemania y se preparaba para pasar factura a toda Europa.

Ver a Peter Lorre buscando niñas bonitas e inocentes para mancillarlas, violarlas, en las aceras de una ciudad alemana, donde Adolf Hitler teje pacientemente su tela política para apoderarse del que hasta entonces ha sido un país tranquilo, trabajador, engendra horror.

Pero nada en comparación con lo que se avecinaba a través de la miseria que estaba también tejiendo su tela de araña desde los bancos y que contribuirá al surgimiento del monstruo con uniforme gris, un monstruo todavía más nefasto que el mismísimo pedófilo encarnado por Peter Lorre.

El mundo, lo que queda de mundo después de Estados Unidos, no puede consentir que su cine se deje contaminar por el delirio asesino de unos pocos, aunque se llamen Quentin Tarantino y hagan gracia a los locos de fast furious, que es como decir nada. Porque el cine es el mundo, y debe ser un reflejo de nuestra sociedad, y en Europa y en otros países, estamos muy lejos, o por lo menos debemos estarlo, de la imbecilidad sanguinolenta elevada al rango de genialidad.

Autor entrada: onmagazzine