Extraordinario Guillermo del Toro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

Don Guillermo, acabo de ver su película, “La forma del agua”, y no sé qué decirle; quiero y no puedo. Es algo mejor que buena. Ni siquiera fabulosa. Es… Permítame, don Guillermo, ¡Viva la madre que le parió!”. No se me enfade. En este fin del mundo de Europa, el fondo del sur de todos los sures, ése es un piropo que se les dedica a los toreros, a las cantaoras, a toda la gente que llega al alma. Hasta al niño que ha hecho algo digno de aplauso. Dicen que incluso a Jesús le dedicó ese requiebro una mujer que le oía sermonear a los fariseos, cerca de Jerusalén tal vez.

“La forma del agua” no es una película, es un compendio, en todo lo que el cine norteamericano no ha dicho en los cuarenta últimos años para enmendar problemas vitales como el racismo, el desprecio al otro, al inferior, al que parece inferior, el desprecio nazi del ser inferior por ellos, ser superiores. La criatura, las criaturas de color negro que todos los días nadan de África a Europa en busca de la redención. Muchos no llegan. Ya van cargados de cadenas, como el ser de la película, el monstruo le llaman los malos, al que hay que matar, descuartizar para verlo por dentro, porque es diferentes. Nada que ver con nosotros, con el hombre perfecto de nuestra civilización blanca y poderosa.

El “bicho”, “el animal”, “la cosa” ha sido capturado por un personaje de los que ya no debieran existir, en un fangal de Brasil. Y lo ha arrastrado hasta la civilización de un laboratorio espacial norteamericano para ver lo que se le puede sacar en favor de nuestra civilización blanca y cristiana. No hay que desperdiciar nada, mi general.

Como siempre hay un general encargado de la operación, que en un momento dado dirá muy elegantemente que quien manda en aquel mundo de piedad es él: “Cuente mis estrellas. Tengo cinco estrellas y puedo hacer lo que me de la real gana. Algo parecido debieron decirle a todos los desgraciados que se opusieron a la invasión de Irán, cuando Bush inició su cruzada cristiana en nombre de Dios. Y el eximio militar explica al malo: “Nosotros (los norteamericanos, los poderosos), vendemos la decencia porque no la utilizamos”.

Entre tanto perverso, hay dos personajes adorables. Un dibujante homosexual y una mujer de la limpieza, fea y muda, que no habla pero no para de pensar. Deciden que el bicho, el ser extraño no puede morir cargado de cadenas en su tanque donde se le mantiene con mil trucos químicos.

De pronto es ET, de pronto es el Séptimo de Caballería aquel que en nuestros gallineros de los cines donde veíamos películas de Oeste llamábamos a grito en voz. Y de pronto se oía el cornetín de mando, y los caballeros vestidos de azul oscuro y polvo blanco se precipitaban para aliviar la injusticia.

No les puedo contar con más precisión la película porque es inenarrable. Se llora, se ríe, se sonríe a medias, se patalea de emoción y sientes que tus ojos van humedeciéndose cuando ella, la mujer, una de las nuestras pese a su sordera, le declara su amor al bicho. Se han escondido en una habitación que han llenado de agua, para que la criatura esté a gusto. Ella se desviste y hacen el amor. Mahler, Bach, Vivaldi. Denle cuerda a quien quiera. Tráiganse a los Beatles y a Frank Sinatra. Que resuciten con ellos.

“La forma del agua” es un himno sostenido al pasado, al pasado que cada uno de nosotros añora, con la música adecuada, hasta con Carmen Miranda. La misma pasión que Woody Allen en “Días de radio” por bandas sonoras que van siguiendo cada trocito de nuestras angustias, de nuestras nostalgias.

La muda ama a la criatura. Y la criatura, que de pronto ya no da miedo, que se ha transformado poquito a poco casi en un caballero de la Mesa Redonda. No falta más que el Rey Arturo para dar su bendición, porque, carajo, se están casando, fundiéndose en la forma del agua.

Y cuando el malo peor de todos los alcanza, a puntito de capturar a la criatura para que sus generales estén felices, y les balea sin compasión todo ha terminado. O casi. En todo caso, las balas les han alcanzado de muerte. Quedan inertes en el suelo del muelle, donde ella, la muda, ha estado esperando la llegada de las lluvias para que el canal se active y Él pueda huir a su tierra, a su mundo donde el fango profundo y viscoso le protegerá.

Pero hay milagros, dice Guillermo del Toro, y la criatura se cura de sus heridas, porque es un dios, un ser mágico, ya no los dijeron al principio pero no lo habíamos creído. Y resucita a la muda, como Jesús que con sus manos mandaba andar al paralítico, multiplicaba los peces y convertía el agua en vino.

La criatura, que a cada plano parece más normal, casi le invitarías a tomar una copa en casa, sana a la muda maravillosa y los dos, gozosos, se arrojan al agua, donde protagonizarán el ballet final.

Una lección de cine, la de un maestro. La mejor película de los últimos años, la que responde a todas nuestras angustias, la que nos pasea por una nueva Jerusalén donde una vez más van a crucificar a Cristo, el amigo de todos. Pero esta vez, los malos perderán y los buenos saldrán vencedores.

Si no ven “La forma del agua”, suicídense, de preferencia en la bañera con agua calentita. Quizá hasta aparezca la criatura y les incorpore a su ballet de vida y esperanza.