Ser cubano

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Siento pasión por Cuba, una pasión que me trajo en el pasado algunos disgustos, cuando Fidel Castro miraba para el norte y veía al diablo. Ahora que Barak Obama hizo como que Estados Unidos enterraba el hacha de guerra con Cuba, ya no vale la pena. Ni siquiera Donald Trump se ha atrevido, pese a su conocida “bocacía” (de bocaza) a ir más lejos que unos cuantos gritos histéricos, aunque sigue el desastroso bloqueo de la isla que ya dura por lo menos cincuenta años.

Hubo un tiempo en que existió una guerra fría entre el Este (Unión Soviética) y el Oeste (Estados Unidos). Hubo un tiempo en que siendo europeo decirle a alguien que ibas a pedir un visado para visitar Cuba ponía los pelos de punta y ya te miraban mal.

Todos malentendidos. Los cubanos creyeron en los primeros tiempos que yo era una pulga capitalista, y que probablemente mi disfraz de periodista y de cinematográfico no era más que eso, un disfraz, y que siempre seguiría siendo un gusano (¿se han fijado que este bonito término ha desaparecido de los vocabularios?).

El cineasta Pastor Vega, que tenía tanto cachondeo como talento, no paraba de decirme, cuando nos veíamos en París o en La Habana, que tuviese cuidado, que ya me tenían fichado y que ese estigma lo llevaría para siempre. Creo que Pepe Horta, que fue director del Festival de Cine de La Habana, está en una foto en la que Pastor me gastaba esas bromas, que yo me tomaba muy en serio, mientras les fotografiaba con algo de temblor las manos.

Lo peor fue cuando Bush andaba por la Casa Blanca –supongo que sería el padre, pero vamos que el padre y el hijo eran igualitos—y una mañana en que probablemente no había tomado su ración de güisqui empezó a amenazar a Cuba de una forma que solo los norteamericanos saben hacerlo. En Cuba creo que se tomaron muy en serio esas amenazas hasta tal extremo que circuló una carta en la que se pedía al señor Bush, ya no recuerdo en qué términos, que se dejase de bromas, aunque nadie se reía con aquellas vociferaciones llegadas directamente de Washington.

Yo fui uno de los firmantes de la carta, perdido entre miles de intelectuales del mundo entero. Y no es que me hubiese sentido como Emile Zola cuando escribió aquel célebre panfleto titulado “J’accuse” en la primera plana del diario francés L’Aurore para defender al capitán Dreyfus, al que el gobierno quería “perjudicar” acusándole de espía, cuando en realidad su gran problema era ser judío.

Firmé con sumo placer y algo de miedo y al cabo de un tiempo el diario Granma sacó un titular (aquello olía a una particular guerra fría con raíz en el Caribe) que decía algo así como Sergio Berrocal ayuda a Cuba. Me quedé pasmado. No tanto como cuando poco tiempo después me llegó vía Internet una denuncia de un conocido activista cubano, bueno no sé si lo era, por lo menos parecía tendencia disidente, en la que me ponía literalmente a parir, acusándome de ser un individuo poco recomendable.

En síntesis, decía o insinuaba que yo era un vasallo castrista, que elogiaba a Cuba sin saber de qué hablaba y que, claro, es que yo había visto Cuba, agregaba más o menos, desde los automóviles que el ministerio de Exteriores cubano ponía entonces a disposición de sus huéspedes exquisitos.

Yo, que lo más que conocía del transporte habanero eran los Lada de los taxistas, que luego fueron reemplazados por coche japoneses, me cogí un cabreo de campeonato. Le repliqué, en un libro, en un artículo, ya no sé, diciéndole mis verdades, altamente, singularmente y hasta extraordinariamente cabreado. Luego me arrepentí porque ese señor probablemente creía que yo era lo que él decía y en ese caso le asistía toda la razón del mundo para escribirlo.

Le acusé a mi vez de trabajar para Estados Unidos o probablemente y más específicamente para la CIA, de ser un gusano, o algo parecido, tengan en cuenta que aquellas acusaciones le llegaban a un inocente periodista que escribía principalmente de cine y al que solo podía acusársele de haberse enamorado de la Revolución cubana, como uno suele enamorarse, sin demasiado criterio pero con mucha pasión.

Y llegué a escribirle una carta abierta a Bush con toda la chulería del mundo, dándole mi dirección y todos mis datos por si, escribía yo en mi delirio, se atrevían a mandarme un comando de Marines para secuestrarme. Luego me dio más miedo cuando pensé que casi frente a mi casa en el sur de España está el Gibraltar inglés y que a un comando yanqui le sería lo más fácil del mundo venir a darme un escarmiento, sin contar las bases norteamericanas en España. Era, por supuesto, más puro delirio mío, que supongo debió provocar buenos ratos de risa a Pastor Vega que tanto me asustaba con los espías.

Lo malo era que en mis alucinaciones me creía todas esas “amenazas” provocadas por un simple y generoso titular de “Granma”. Ya ven que la letra escrita puede ser peligrosa.

Todo aquello me envalentonó aunque la verdad es que cuando salía a la calle lo hacía con tantas precauciones como cuando en París estuve amenazado durante unos meses por un terrorista de ETA descarriado.

Con el tiempo, y viendo que nadie se molestaba en venir hasta estas tierras perdidas en busca de mí, me reconcilié con mi acusador cubano, que espero siga vivo y contento, y él, más generoso que yo, incluso me invitó a tomar un café en su casa la próxima vez que aterrizara en La Habana. Nunca nos encontramos.

Esta mañana yo solo quería hablarles de las dificultades de ser cubano cuando he visto en la revista Bohemia que los precios de los alimentos vuelven a volar en Cuba. Como en los viejos tiempos. Y he llegado a estas cumbres borrascosas, probablemente porque el tiempo parece anunciar la primavera.

En todo caso, yo me digo que si ser amigo de Cuba era difícil, qué será ser cubano, como todos esos amigos míos –bueno, no tengo tantos, pero sí unos poquitos muy fieles—que se levantan por la mañana en sus casas de la bendita Habana pensando en el precio del tomate.