Hoy es el día de la radio

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hoy es el día de la radio. En el año hay muchos días de… La mayoría papanatismo. Al día de la radio, en cambio, hay que dedicarle mucho pensamiento, reconocimiento y agradecimiento. En mi vida periodística siempre fue mi asignatura pendiente y ahora no hay tiempo para remediarlo. Sin embargo, además de algunas esporádicas actuaciones informativas radiales, me aferro a muchos recuerdos de personajes de la radio y a parte de mi historia familiar. La radio siempre la consideré una suerte de magia. Soy de los que abren un ojo a cualquier hora del sueño y lo primero es encender la radio. Manía o costumbre de corresponsal. La mayoría de mi carrera fue de un periodista extranjero que cuenta lo que sucede en dónde le tocó o eligió vivir. La radio –se lo digo a las nuevas generaciones que la ignoran es la mejor compañía a cualquier edad. Recuerdo aún las radionovelas de las tardes porteñas, cuando me imaginaba a lomo de caballo cabalgando con Poncho Negro o trasladándome por las difíciles selvas por las que hacía sus aventuras Robin Hood, robando a los ricos para dar a los pobres. Dado que se escuchaban de noche, era inevitable que alguna vez entraran en mis sueños, que era cuando veía el antifaz de poncho negro y sus perrerías invadirme oníricamente.

Tuve dos grandes amigos, vividores de intensas emociones, verdaderos compañeros de alegrías y penas, colegas y sin embargo amigos, a quienes sobre todo admiraba sus dotes, su dominio al ponerse al frente del micrófono. El periodista radial es otra cosa. Debe poseer una agilidad mental capaz de opinar o informar inmediatamente de algo imprevisto que ha sucedido, tiene que tener una respuesta pronta y en lo posible brillante a un escucha que interviene en el programa sobre cualquier tema. Mis dos grandes amigos han fallecido y sin embargo no los echo de menos sólo por sus actuaciones radiofónicas sino por las vivencias que tuvimos dentro del estudio o fuera de ellos. Uno era argentino, Germinal Nogués y otro, recientemente fallecido, Rodrigo Mestre, nacido en Jerusalem pero catalán como la sardana. Fueron mis admirados, envidiados, y buenos amigos que más de una vez me invitaron a participar en sus programas. Un tercero, que aún vive, en Taiwan, es un dominicano, Juan Carlos Pichardo, otro domador de micrófonos, aunque en su país es más conocido como hombre de televisión. ¡¡Qué labia, ¡¡¡ que manera amena de atraer oyentes. Otro ídolo envidiado.

No puedo dejar de reconocer este día mi admiración –y no soy ni original ni el único—por Iñaki Gabilondo, para mi el rey de las ondas en España; también un reconocimiento por la intensidad y corrosivo de sus actuaciones, de dos enemigos de las ondas como José María García y Ramón de la Morena, que en un tiempo me tuvieron enganchadísimo al fútbol con sus batallas de medianoche.

Recuerdo con mucha ternura también a mi idolatrado padre. Fundó y dirigió radios. Y tuvo un programa en radio El Mundo, un breve espacio, que escuchábamos la familia casi al completo con suma atención. Eran comentarios sesudos sobre la actualidad, con una calidad de voz y profundidas en las ideas expuestas que admiré desde pequeño.

No obstante mi frustración, debo reconocer cierto protagonismo radiofónico en mi vida, aunque esporádico. Pero por mínimo o efímero, lo recuerdo con mucho cariño y nostalgia. Una de mis primeras entrevistas, a los veinte años, fue a un programa que estaba muy en boga en las noches porteñas, dirigidos soberbiamente por Nucha Amengual. Del diario me enviaron a pasar con ella un programa que creo empezaba a las 23 y terminaba a eso de las tres de la madrugada. Allí descubrí toda la magia que encierra esa especie de pecera que son los estudios de radio, con ese cartelón de SILENCIO, las luces rojas, el cambio que se produce cuando se encendía una de ellas. Silencio y lo único que quedaba de la conversación que permitía la pausa, era un gesto o una sonrisa contenida. Se encendía la verde y se producía la magia y la conductora arrancaba como si nada hubiese pasado y el oyente desde su casa volvía a conectarse. Magia potagia.

Salí muy bien parado de esa entrevista y me prometí que alguna vez haría radio. La ilusión e ingenuidad veinteañera se vio desmentida a lo largo de los años siguientes.

Salvo, repito, mis esporádicas actuaciones. Que eran donde conocía la verdadera adrenalina y esa ansiedad tan típica del cronista ante el hecho que tiene que transmitir, que también lo sentía en mi calidad de escriba pero no tan intensamente. Al ser corresponsal, de diarios o agencias, era conocido en varias redacciones, al menos de nombre. Y cuando algo grave sucedía ya sea en Barcelona, Paris o Roma, alguna o algunas radios me llamaban. De Argentina casi siempre, pero también de Colombia, Venezuela, Uruguay, además de algunos programas en castellano de países europeos o directamente de la Rai italiana donde tengo amigos, aunque nunca de France International de la que siempre esperé alguna llamada. También de Canadá y de Miami.

Me ponía a mil. “A tal hora entramos, tranquilo que lo haces muy bien” me decía uno que creo que me descubrió que me acojonaba. Las agencias son las principales aliadas y proveedoras de las radios, cuando estas no tienen corresponsales por el mundo, como cada vez va siendo más corriente. ¡¡Qué nervios¡¡ y más cuando se entablaba un diálogo con el conductor del programa que a veces tenía tertulianos que querían saber más del tema. Al rato se pasaba y ya empezabas a lamentar que la función acabara, hasta la próxima.

Y tuve una actuación casi radiofónica cuando sucedió el atentado del Papa . Para llegar a mi casa debía inevitablemente pasar por Piazza San Pietro con mi rabiosa “Fiat cinquecento” lo que los miércoles —día de aparición del Sumo pontífice—se enmerdaba el tráfico y mis improperios y blasfemias subían de tono. Como siempre, no sólo entrar en casa encendía la radio que generalmente estaba conectada con la aburrida Radio Vaticana. Pero en ese entonces, Karol Wojtyla, a través del cardenal Samoré, intercedía entre Argentina y Chile para que no se agarraran a h ostias por la disputa del Canal de Beagle.

Fue cuando oí la voz descompuesta del siempre monótono y casi aburrido locutor que decía “no sé que sucede, un fuerte estruendo y la gente corre”. Agarré el teléfono –incómodo porque era de estos pegados a la pared—y pedí comunicación urgente con Argentina porque era corresponsal de una pequeña agencia, aunque casi centenaria.  Conectado a la radio vaticana y enchufada una hasta entonces inútil televisión, me colgué al teléfono y les informé “sabotaje en la audiencia papal”.  El locutor seguiía aturdido pero no daba ninguna pista.

Cometí el error de colgar y decir que me iba a informar y volvía a llamar. Porque la segunda llamada me costó mucho conseguirla y me putée gravemente con el operador que me pedía calma. Y pude decir que se había producido el atentado, un pistolero y aprovechando una audacia del locutor hasta entonces tan prudente y comedido, le usé un comentario suyo en el que decía que “según primeros testimonios, el atacante era de tez oscura, pudiendo ser de origen árabe o latinoamericano”.  Sin malicia pero con morbo, le añadí que no se descartaba que fuera chileno o argentino….

Una información de este tipo sólo tiene probabilidades de éxito por un factor: la velocidad. Con mi teléfono pegado al muro, una mesita donde iba apuntando lo que el sobrio locutor iba soltando (el único que estaba conectado porque en ese entonces los corresponsales o periodistas en la audiencia no tendrían móviles) les fui dando una gran paliza a las otras agencias, a las grandes agencias. Amigos de Ansa y AFP me llamaban para saber de dónde carajo sacaba esas cosas. Que llamaban desesperados de Buenos Aires para pedir más información.

Claro está decir que este momento delicioso dura muy poco. Las grandes agencias dan la noticia rápido, pero después para moverse les lleva un tiempo que yo casi en pantuflas lo tenía dominado. Después se movilizan y aplastan a cualquiera y sacan backrounds, historias de otros atentados, detalles del posible atacante, las condiciones del Papa, etc que yo con mi telefonito adosado no conseguía. Pero con una mezcla de transmisor radiofónico, esa vez sentí que había sido como esos que admiraba escuchando la radio desde la cama.

Feliz día para todos y todas aquellos que trabajan en la radio, con horarios a veces criminales, muy bien remunerados algunos , muy sacrificados la mayoría y que nos hacen compañía día y noche, llueva o truene, haya huelga o no. Solo se interrumpe su labor y caricia auditiva, cuando hay cortes de luz. Pero para eso llegaron los transistores y ahora los móviles o celulares.

Viva la radio, carajo ¡¡¡¡

Autor entrada: onmagazzine