Lorca y el amor prohibido

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Pobre Europa mía. Patria de Romeo y Julieta, patria de Federico García Lorca, patria de todos los amores prohibidos cuando la Santa Inquisición te desmembraba en plaza pública para regodeo de los pobres que eran multitud y jugaban con la lepra de la pobreza. Europa del amor, de todos los amores, los lícitos como los prohibidos, patria del perverso Marqués de Sade, patria de Shakespeare que dejó la más bonita historia de amor con su Julieta menor, que hoy diríamos violada por un Romeo no mucho más viejo y se acabaría la leyenda de siglos.Europa se ha vuelto loca, perversamente loca, a manos de una serie de machos cabríos que matan mujeres como en cualquier tango de más, que han dado al amor un tinte de sangre venenosa que cualquier día prohibirá el bolero como máxima expresión del amor entre un hombre y una mujer.

Los otros, los que siguen soñando con la mujer como la exquisitez de sus vidas, tienen que tener cuidado que no lo pillen con un piropo en la boca, con un gesto que no es necesariamente ofensivo. Imagino a las caribeñas con su eterno mi amor y cariño en la boca que ahora sonarían como una provocación.

Ya ni los albañiles españoles, aquellos que tradicionalmente soltaban un requiebro cuando pasaba delante del andamio donde ellos trabajaban una hembra pinturera, tienen derecho a manifestar su cariño y su admiración. Verboten. Lo dice la ley, al menos en Andalucía, sur de España.

Nos hemos vuelto locos. Hace ya unos años, en París, la ciudad del amor según Woody Allen y otros miles de escritores, pintores y hasta dibujantes de comics, un ministro fue sorprendido con una prostituta, que resultó ser menor. Ni se le ocurrió alegar que Julieta, la de Shakespeare, la que todo el mundo pone todavía como ejemplo del verbo amar, no tenía ni siquiera la edad legal para amar. Y se murió de amor, se envenenó de amar.

Ay, Federico García Lorca si hoy se te ocurriese confesar que un día, antes de que los fascistas iletrados del régimen de Franco te mataran de manera vil, como ellos solían matar a los poetas, te llevaste a una mujer al río creyendo que era mozuela. Te harían pedacitos ¿Te diste alguna vez cuenta de la inmoralidad de tu poema, de tu canto al amor, tú al que decían maricón de los de antes:

En las últimas esquinas/toqué sus pechos dormidos,/ se me abrieron de pronto/como ramos de jacintos./El almidón de su enagua/me sonaba en el oído,/como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos/ Sin luz de plata en sus copas/ los árboles han crecido,/y un horizonte de perros /ladra muy lejos del río.

Yo me quité la corbata. 
Ella se quitó el vestido. 
Yo el cinturón con revólver. 
Ella sus cuatro corpiños. 
Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino, 
ni los cristales con luna 
relumbran con ese brillo. 
Sus muslos se me escapaban 
como peces sorprendidos, 
la mitad llenos de lumbre, 
la mitad llenos de frío. 
Aquella noche corrí 
el mejor de los caminos, 
montado en potra de nácar 
sin bridas y sin estribos. 
No quiero decir, por hombre, 
las cosas que ella me dijo. 
La luz del entendimiento 
me hace ser muy comedido. 
Sucia de besos y arena 
yo me la llevé del río. 
Con el aire se batían 
las espadas de los lirios… 

Es para preguntarse si este poema tuyo, probablemente de los más bellos que se han escrito sobre la unión de un hombre y una mujer, lo recitan en las escuelas unos labios que todavía entienden nada de amor.Y, sobre todo, esos versos de 1928, con los bárbaros a punto de llegar, ¿podrán ser considerados en 2017 del mismo modo? ¿Como un himno al amor y no como un desafío a la moral?

 

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