Hubo una vez el amor

Jean-Baptiste de la Turrerie | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Esa noche la iluminaba una luna llena, que se reflejaba con todo su brillo posible en las quietas aguas de las Salinas de Ibiza. Aguas que estaban quietas las noches de verano, hasta la madrugada cuando llegaba la bandada de flamencos rosados, con sus largas patas y sus enormes alas agitando la quietud como para despertar al resto. Y era cuando te ibas, en bicicleta.La luna brillaba tanto que no se podía disfrutar de las estrellas, como todas las otras noches oscuras de ese delicioso rincón de Ibiza, la isla blanca, la isla de gran personalidad y habitada por las gentes más hospitalarias y tolerantes que se puedan en encontrar en la pérfida Europa. Llegabas o llegábamos si te había buscado yo , me había esmerado en prepararte una buena cena, reíamos, llorábamos de risa a veces, te enfadabas, se te pasaba… Fueron algunas de las mejores noches de mi vida en esa época.

Nos llamó mucho la atención la redondez de la luna y después los distintos tonos que iba adoptando mientras hacía su visita nocturna. No es que estuviéramos pendientes, my darling, ya que estábamos en otros menesteres. Nos ambientaba Cher con su “I believe”, tu preferida, pero nos acompañaba en todo y hasta que el CD se quedaba sin su cálida voz, Sade, tu compatriota.

Una noche, que no había luna y algunas antipáticas nubes nos alejaban de las estrellas, recuerdo que me susurraste, “creo que te amo”. Era como disculpándote, porque sabíamos que el amor no podía interponerse entre nuestra diferencia de edad. “Podría ser tu padre”, te dije un día. “De ninguna manera podrías porque no eres negro”, me retrucaste.

Y lo del amor yo lo veía imposible por más que me atraías enormemente y me encantaba pasar horas contigo, disfrutar de tu risa llena de dientes envidiables, gozar con los aromas que emanaba tu piel , mezcla de chocolate, canela, y frutas exóticas. Gozar visualmente con tu escultural belleza física, ir de la mano esquivando los restos de las pocas olas de los alrededores del faro de Ibiza. Verte disfrutar con tu plato preferido, los caracoles, con el erotismo no buscado de tu manera de invitarlos a salir del cascarón para entrar en una de las bocas más lindas que he visto y más cálidas que me han besado. Pero no me era permitido enamorarme de ti, divina perla negra.

Esa noche hablamos mucho, mientras Sade y Cher fueron dando paso a otras voces, otras culturas, distribuídas en esa magia para mí incomprensible de los lectores de CD. Fue una noche loca en la que me preguntabas por qué  no podías estar enamorada de mí y yo tratándote de convencer que no era posible. Que el amor que te correspondía era el de un chico joven, que lo ideal es que tuviera posibles y no estuviera apretado económicamente como yo. No llegamos a un acuerdo ni tras la ronda de boleros que estaban programados en el amplificador. Me dijiste cosas al oído , en inglés, que no entendí, pero imaginé.

Cuando te dije que merecías un rico, me preguntaste si alguna vez me habías pedido algo. Cierto. Nunca nada. Recuerdo que siempre te relacionaba con parte de la letra del “breve espacio en el que no estás”, de Pablo Milanés:  “ yo no sé si volverá/ Nadie sabe, al día siguiente, lo que hará/  Rompe todos mis esquemas/ No confiesa ni una pena…No me pide nada a cambio de lo que da”.

Fue la noche más linda que tuvimos, pero también fue una de las últimas. No por el resultado nulo de la conversación, sino porque  te fuiste a vivir a Madrid y yo a Barcelona. Otra vez el agua y el aceite.

Y Pablo Milanés sigue…Todavía no pregunté “¿te quedarás?”./Temo mucho a la respuesta de un “jamás”./ La prefiero compartida antes que vaciar mi vida, No es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé..”

Mientras duró, fuiste, “lo que yo, simplemente, soñé”. Lástima que duró sólo algo más que aquella luna que nos unía y que veíamos desde el gran  ventanal, sea verano, otoño o invierno.

Estés donde estés, “I miss you”, como dirías tú.

Autor entrada: onmagazzine