Se suicidó Fidelito y se fue una era de romanticismo en Cuba

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

La gente de mi generación todavía recuerda hoy la imagen feliz de aquel muchacho de 10 años llevado hasta el abrazo de su padre vencedor en plena vía pública, rodeados ambos por un mar de cubanos jubilosos cuando Fidel Castro entraba a La Habana al frente de sus guerrillas en enero de 1959.Pero aquella imagen de Fidelito, como le decíamos todos desde entonces a Fidel Castro Díaz-Balart, reventó en la mañana del jueves pasado, cuando el hijo mayor de Fidel optó por el suicidio tras “varios meses” de atención médica “con motivo de un estado depresivo profundo”, según se informó oficialmente la noche de ese mismo día.

Es la tercera estremecedora muerte de ese tipo de una personalidad pública que recuerde en los casi 60 años transcurridos después de aquel enero inolvidable para los isleños, que entonces en abrumadora mayoría –fueran ricos o pobres, negros o blancos, creyentes o ateos- vieron el comienzo de otra era con la entrada de Fidel tras derrotar a tiros la dictadura de Fulgencio Batista (1901-1973).

Quizá por ello la abrupta muerte de Fidelito, convertido en científico al agitado compás del tiempo, indique para algunos el cierre definitivo de los momentos más románticos de la revolución cubana, y no porque este hombre fuera una figura carismática o bendecida por los focos de la prensa o por los altos cargos políticos que nunca tuvo, sino por aquella imagen cándida del niño abrazado al padre luchador, cuando todo comenzó.

Osvaldo Dorticós, quien como Presidente de la República estuvo junto a Fidel mientras este fue Primer Ministro después del triunfo, se quitó la vida de un balazo en 1983. Menos de tres años antes, Haydée Santamaría, una de las dos mujeres que acompañó al líder en el asalto al Cuartel Monda –inicio de la revolución-, optó también por el suicidio.

Pero esas dos historias tristes y pasadas dicen poco a los cubanos nacidos después de 1959, para quienes Fidelito, además, era apenas un científico muy distante de ellos, al que solo algunos alcanzaron a identificar por última vez en público, cuando en diciembre de 2016 participó en los funerales de su padre, junto con su familia.

Muchos desconocen todavía, porque la prensa oficial no suele hablar del asunto, que fue el único hijo del matrimonio de Fidel con Mirta Díaz-Balart, su primera esposa, que pertenecía a una de las familias más acomodadas de la isla, con la que estuvo casado hasta 1955. Después del triunfo de la revolución se fue de Cuba, fijó su residencia en España y el hijo se mantuvo en contacto con ella.

Y que además era pariente del representante federal Mario Díaz Balart y del ex congresista Lincoln Díaz Balart, integrantes del lobby anticastristas en Estados Unidos, que encabeza ahora el senador Marco Rubio.

Pero aun con ese otro pedigree –los Díaz-Balart respaldaron a Batista como después atacaron a Fidel-, siguió su vida en Cuba apoyando a la revolución desde la ciencia y en las pocas veces que la prensa extranjera logró acercársele con alguna pregunta de ese carácter.

Siguió aquí incluso después de que en junio de 1992 Fidel lo destituyó de su cargo de jefe del programa nuclear con fines energéticos iniciado en 1982 con apoyo soviético por “ineficiencia en el desempeño de sus funciones”.

Lo conocí en Varsovia cuando coincidimos hace algunas décadas y uno de sus asistentes llegó a mi corresponsalía a solicitar revisar, en su nombre, las notas que enviaba de sus actividades en Polonia a la central de mi agencia en La Habana, y que por profesionalidad rechace sin mayores consecuencia, y al hacer este comentario solo conozco que “sus funerales serán organizados por decisión familiar”, como dice el escueto parte oficial, que alude a su larga labor científica puntualizando ,también de manera escueta, que al morir “se desempeñaba como Asesor Científico del Consejo de Estado y era además Vicepresidente de la Academia de Ciencias de Cuba”.

Todo ha sido sorpresivo, como aquel lejano encentro padre-hijo, pero ahora todo es doloroso por la forma de morir. Y también en este tema se dispararán las especulaciones, si el suicidio y su contexto se mantienen encerrados en las frías 109 palabras del informe oficial.

Autor entrada: onmagazzine